Opinión

¿En contra de… o a favor de..?


Somos un país con valores humanos extraordinarios. Ciudadanos con muchas bondades, valores y principios que caracterizan la identidad nacional. Un estado con una riqueza espiritual, moral y material que no ha sido aprovechada en su dimensión real, para beneficio del desarrollo económico y social de todos.
Y en esto último, la clase política criolla está en deuda con sus conciudadanos. A pesar de que en los últimos 25 años se han realizado cinco elecciones de autoridades nacionales (presidente, vicepresidente, diputados nacionales y departamentales), tenemos un país altamente polarizado, políticamente “dividido e intervenido” por petición o intromisión; ideológicamente contaminado y en una transición “eterna” que transita hacia o desde la desgracia, el hambre, la pobreza, el analfabetismo, el desempleo y la corrupción, que corroe y contamina el tejido social y las estructuras de poder, trastocando los valores y principios morales del nicaragüense.
Por ello, surgen preguntas obligadas: ¿Para qué sirve el sistema democrático nicaragüense? ¿El nicaragüense vota a favor de o en contra de? ¿La democracia es la panacea que soluciona los problemas de los nicaragüenses? ¿Democracia es sólo sinónimo de elecciones? ¿Es necesario cambiar las leyes o cambiar la clase política criolla que mal dirige el país y las instituciones nacionales?
Sin querer responder todas las preguntas, la realidad es que seguimos asistiendo a las urnas electorales a votar por determinadas opciones políticas aunque éstas nos “prometan, engañan y alimentan los sueños” de un pueblo que por noble, humano, hospitalario y sufrido, merece un futuro mejor.
Si nos limitamos a las elecciones que se han realizado en los últimos 25 años, la opción de la mayoría de los nicaragüenses es votar por el mal menor, lo menos peor, no por lo mejor. Entonces, estamos votando en contra de…y no a favor de… un proyecto, propuesta u opción que apunte a resolver los problemas impostergables que afectan a la mayoría de los nicaragüenses.
Hemos caído en el círculo vicioso del sandinismo vs. contrarrevolución, del sandinismo vs. “partidos democráticos” (léase derecha unida en contra del sandinismo) y con la bienaventurada presencia e injerencismo norteamericano.
El común denominador de esto es la lucha denodada impulsada por Estados Unidos y sus representantes locales por “evitar” que el sandinismo acceda al poder por la vía electoral. Para ello, hacen uso de diferentes temores disfrazados de fantasmas con nombres diferentes dependiendo de la ocasión: la guerra, el terrorismo, la inversión extranjera, noche negra, regreso al pasado, al atraso y subdesarrollo, entre otros.
Como muestra de lo afirmado es que en la reciente visita del señor Robert Zoellick, Subsecretario de Estado de Estados Unidos, los candidatos de diferentes tendencias y partidos o alianzas (y a petición expresa) coincidieron en la necesidad de unirse en contra de Daniel Ortega, para evitar la victoria electoral sandinista. Y como por arte de magia, en los últimos días, diputados del PLC se reunieron con Montealegre para expresar adhesión a su candidatura, una vez que el “enviado norteamericano” criticara el pacto Alemán – Ortega y cuestionara directa y crudamente al caudillo rojo manchado.
Con relación a ello, me pregunto por qué es necesario esperar que extranjeros vengan a Nicaragua, a “hablar lo que se les viene en gana” y teniendo como público escogido a una comparsa de “fieles discípulos” encabezada por funcionarios de gobierno, para que comiencen los movimientos políticos estratégicos en el país, según las orientaciones del imperio del norte.
Qué interesante ver las coincidencias que tiene en este propósito, candidatos como Eduardo Montealegre, José Antonio Alvarado, Herty Lewites, el APRE, el PLC, Alternativa Cristiana, entre otros. Están en su derecho, pero más que eso están en la obligación de representarnos a nosotros con dignidad y con soluciones a manos para resolver las necesidades urgentes e impostergables de las personas afectadas por este sistema neoliberal salvaje.
En un escrito de Noam Chomsky, titulado “Recurrir al miedo”, se afirma que el marco retórico de la política exterior estadounidense se sustenta en tres pilares: “la suposición de la virtud moral única, la afirmación de su misión de redimir al mundo y la fe en el destino manifiesto de la nación”. Trasladan estos conceptos a los países considerados de la periferia, suprimen el debate razonado y reducen los asuntos políticos a elegir entre el bien y el mal. La población, según la lógica, está obligada a mantener el status quo de los grupos dominantes y poderosos del país, acurrucándose bajo el paraguas de dicho poder por miedo a que su destino y restos de esperanza se esfumen, acelerando la muerte lenta, pero inevitable.
En tal sentido, lo predominante para seleccionar autoridades nacionales no ha sido los intereses de los nicaragüenses, han prevalecido intereses extranjeros que al final demuestran ser inefectivos para resolver los retos y desafíos del país. Esta lógica perversa debe cambiar en las elecciones del 2006. No es contra alguien que debemos votar, es a favor de un proyecto de nación que debemos optar.
Obviamente deben establecerse condiciones básicas para que por un lado, la potencia extranjera nos deje actuar en paz y en conciencia. Además, que los candidatos al presentar sus planes de gobierno, una vez electos, cumplan o sean sancionados por “jugar” con las esperanzas de la población. El mecanismo para asegurar eso es sencillo. Que todos los partidos y postulantes, firmen y se comprometan a que lo que prometen lo cumplirán, para que los planes sean objetivas y no representen un asalto a la imaginación de los electores. Para esto, es necesario que la Asamblea Nacional reforme la Ley Electoral, estableciendo sanciones administrativas y penales por incumplimiento de promesas o por mentir deliberadamente para obtener un beneficio particular. Sólo así el voto dejaría de ser un cheque en blanco para los futuros presidentes, vicepresidentes y diputados.
*Docente UNI, comunicador y amigo.