Opinión

El diablo engañado


Sherlock y Watson simulaban que con sus hocicos se rascaban las orejas el uno al otro, cuando en realidad lo que hacían era decirse secretos. El de Managua los observaba desconfiado, tratando de adivinar qué es lo que se estarían diciendo entre sí, y compartió su curiosidad con el de Masatepe, quien sin poder aguantarse les dijo: “No crean que no nos hemos dado cuenta de que se están secreteando”, a lo que Sherlock respondió: “Pues claro, no se puede engañar al diablo”. Los caminantes, por supuesto, se dieron por aludidos con aquella respuesta que implícitamente los mandaba al infierno, por lo que el de Masatepe comentó: “Eso de que no se puede engañar al diablo no ocurre siempre, por eso al final les voy a contar la leyenda de El diablo engañado”.
“Tantos diablos que hay en esta nuestra política –continuó impertérrito Sherlock al oído de Watson-, que ya el país huele a azufre. Con decirte que ya Fernando- “El Diablo” Zelaya, luce como un Lucifer decrépito y minusválido. Pobrecito, a lo mejor en el infierno tienen asilos relativamente cómodos para diablos en vías de extinción, y de seguro no va a estar solo, pues en Nicaragua ya hay un montón de diablos viejos a punto de retiro, como Fernando Agüero, Domingo Sánchez, Tomás Borge y Jaime Morales Carazo”.
Watson de puro entusiasmo ante aquella visión simpáticamente infernal, ya no se le acercó al oído a Sherlock, sino que en ladrido alto comentó: “Sólo imaginémonos organizado en el infierno, con los ya idos y por llegar, un congreso político con la participación de todos estos personajes: ¡Eso sí sería algo verdaderamente infernal!”. Sherlock estaba cada vez más satisfecho con el aprovechamiento que de su sabiduría hacía su pupilo, por lo que con un enorme orgullo que se le evidenciaba en las bolas de pelos de sus cachetes, dijo feliz: “Elemental, mi querido Watson”.
Mientras tanto el de Managua le contaba al de Masatepe que el otro día lo había invitado a “La Gaviota” Joaquín Solís Piura, quien junto con otros que constituyen un Club Secreto de Galenos del Hospital Militar, celebraban el ascenso a General del Dr. René Darce, con la ausencia de éste para que pudiera ser celebración. Los médicos estaban francamente estremecidos por los acontecimientos políticos de Nicaragua y, en ese momento sobre todo, por la sucia imagen que en el exterior proyecta de nuestra patria la Corte Suprema de Justicia. Recordaba Joaquín que en tiempos de la revolución, pese a que incluso en algunos países lo miraran a uno como sospechoso, era un orgullo ser nicaragüense y mostrar con la frente en alto el pasaporte. Ahora, decía Joaquín alisándose el recuerdo de su blanca cabellera, da vergüenza. Comenzó a caer una llovizna más bulliciosa que real, y todos recordaron que cuando en circunstancias similares llovía, el inolvidable “Conchudo” Sergio Martínez exclamaba gozoso: “Nos encerró la lluvia”, como efectivamente nos encerró aquel domingo.
El de Masatepe disfrutó el relato y dijo que, a propósito de diablo, un día en compañía de Maritza Baltodano de Vargas, pariente cercana del polifacético escritor Andrés Pérez Baltodano y esposa del ingeniebrio Noel Vargas Robleto, este último le había contado la leyenda de “El diablo engañado o de por qué el puente de Tipitapa quedó inconcluso”, la que repetía ahora para refutar la afirmación de Sherlock de que no se puede engañar al diablo:
Sucedió que por aquellos tiempos, cuando aún no existía el puente sobre el río Tipitapa, iba un fuerte ganadero de Boaco, quien se presume es el mismísimo Flavio César Tijerino convertido en poeta después de este suceso, arriando no menos de mil cabezas de ganado. Al llegar al río se encontró con que éste estaba crecido y, agotado como estaba, exclamó: ¡Le daría mi alma al diablo por un puente! El diablo, que se encontraba escondido en el más profundo hoyo de aquellos termales que hervían y emanaban azufre, al oírlo salió feliz y le dijo al desconsolado ganadero: Te tomo la palabra y antes de que cante el gallo tendrás tu puente y, por supuesto, tu alma será mía. Esto afligió aún más al ganadero que veía cómo de inmediato el diablo se puso a trabajar y haciendo grandes esfuerzos acarreaba enormes piedras sobre sus rojas espaldas, colocaba pilotes, hacía andamios, atravesaba pesadas tablas, -que previamente había aserrado- de extremo a extremo y a todo esto, sudaba como un diablo. Entonces el ganadero, iluminado por una feliz idea, interrumpió al diablo y le dijo: Pero que conste, tiene que estar terminado antes de que cante el gallo, de lo contrario, no hay trato, cosa que el diablo aceptó seguro de sí mismo, y con la más diabólica de sus sonrisas redobló sus esfuerzos para terminar el puente.
Aprovechó estas circunstancias el ganadero cuando ya comenzaba a oscurecer y el diablo no lo veía, y consiguió un gallo al que tapó bajo una olla. Cuando mucho antes de la aurora el puente estaba a punto de ser concluido y tomando en cuenta que con lo que ya el diablo había hecho era suficiente para pasar su ganado, fue el ganadero, encendió un candil y destapó la olla. El gallo, al ver aquella luz la confundió con el amanecer y cantó alborozado. El diablo escuchó aquel canto estridente y nefasto para él, pues el puente estaba inconcluso, como hasta nuestros días lo está como si de una obra de Pedrito Carretón se tratara, y se fue a las profundidades de su hoyo como alma que se la lleva el diablo. Ni qué decir que de inmediato aquel hombre astuto, que de esta manera había engañado al diablo, pasó todo su ganado por el trecho terminado, no sin antes jurar jamás volver a ser ganadero.
Jueves 27 de octubre de 2005.