Opinión

Deportes y trampas


La reciente clasificación del equipo de béisbol Chicago White Sox a la Serie Mundial de las Ligas Mayores ha despertado el interés por el famoso episodio de las “medias negras” acontecido en 1917, cuando los jugadores del mejor equipo de su época vendieron una Serie Mundial ante los Cincinnati Reds. Ocho grandes estrellas fueron excluidas de por vida del que siempre ha sido llamado el “pasatiempo favorito” norteamericano, y hoy, casi noventa años después, Chicago tiene la oportunidad de reivindicarse.
El mundo de las apuestas clandestinas o legales y otros subterfugios han afectado el deporte organizado desde tiempos eternos. Según el contexto y los intereses económicos, las trampas han sido castigadas con mayor o menor severidad. Es así que en la actualidad, el uso de esteroides por deportistas en los Estados Unidos es penalizado con suspensiones ridículas de diez días, tal es el caso del bateador Rafael Palmeiro, cuando al mismo tiempo el tenista Mariano Puerta corre el riesgo de inhabilitarse de por vida a causa de una reincidencia en el uso de productos dopantes. La marca de jonrones de Barry Bonds está puesta en tela de duda por el consumo de drogas que estimularon su desarrollo físico, productos a los cuales no tuvo acceso el mítico Babe Ruth en sus años de gloria. El mundo del ciclismo aún no termina de combatir los estragos del EPO que no se puede detectar en las orinas sino que en la sangre, y el propio Lance Armstrong se encuentra en el banquillo de los acusados. Por su parte, Pete Rose, poderoso bateador, todavía está fuera del circuito por apostar siendo manager de un equipo.
El fútbol de la elite, a su vez, no escapa de los arreglos sórdidos que alteran los resultados de las grandes competiciones. En los años setenta, Italia fue estremecida por el escándalo del “tottocalcio”, un juego en el que se apostaba a los ganadores de la jornada, cuando se descubrió que varios partidos habían sido arreglados para favorecer apuestas millonarias y el gran goleador mundialista Paolo Rossi, implicado, fue sancionado por dos años antes de ser campeón del mundo en 1982. Los mundiales también sufrieron por lo menos extraños acontecimientos, aunque no a causa de las apuestas, por ejemplo en 1978, cuando Argentina goleó seis a cero a Perú para obtener el pase a la final, y luego en 1982, en un partido en el cual Alemania y Austria pactaron un empate para eliminar a Argelia.
El campeonato francés recibió un duro golpe cuando el reciente campeón de Europa, Marsella, en manos del inescrupuloso empresario Bernard Tapie, fue encontrado culpable en 1993 de comprar a su débil adversario Valenciennes para la obtención del título local y posteriormente fue retrocedido a segunda división. Por supuesto, se trataba de corromper a los equipos pequeños que podían decidir la suerte del torneo, pues los grandes contaban con presupuestos equivalentes y sus intereses deportivos y económicos eran similares. En fin, hace poco tiempo, el campeonato brasileño ha sido sometido a dura prueba a raíz de la confesión de un árbitro sobre toda una serie de partidos arreglados.
El mundo de los negocios crea estrellas a punta de publicidad y promoción, inventa talentos para vender camisetas y otros productos de consumo, todo en detrimento de una sana práctica deportiva. El fútbol, en particular, se ha vuelto una industria en manos de magnates que han llegado al grado de insistir en la creación de una “superliga” que incluya exclusivamente a los clubes más caros de Europa, para evitar los contratiempos que podrían ocasionar los equipos pobres. Afortunadamente, el colombiano Once Caldas y el peruano Cenciano en Sudamérica, y Grecia en el viejo continente han demostrado que ya no existen rivales vencidos antes de iniciar el partido. Es probable que siempre haya dudas sobre los resultados de cualquier competencia en el mundo, tomando en cuenta las enormes sumas de dinero que están en juego y hasta los compromisos políticos de los dirigentes del deporte mundial, algunos siendo altos funcionarios como el derechista Silvio Berlusconi del Milán AC. Por lo menos, los amantes del juego estamos seguros que entre River Plate y Boca Juniors no hay arreglo posible. El último superclásico, jugado en días recientes, culminó cero a cero y los jugadores, como de costumbre, no se regalaron ni un centímetro. Algo es algo.