Opinión

Las pestes y la muerte del amor


Entre los signos apocalípticos señalados por los milenaristas se hayan: las pestes, la guerra, el hambre, la muerte. En los aciagos días que vivimos hay dos pandemias globales que están amenazando a la humanidad: el Sida y la gripe aviar. Sobre esta última los expertos prevén que una vez desatada, ejercerá un severo control poblacional, rebajando en unos tantos millones la población de la especie humana. Esto como para satisfacer a los ecólogos profundos.
Aquí en Nicaragua padecemos más o menos endémicamente de dengue, malaria, tuberculosis, cólera, VIH-Sida, más allá de las cifras oficiales, y de politicosis. Ésta es una peste, cuyo virus no se ha clasificado aún, pero cuya sintomatología característica presenta en el ser humano, independiente de su género u opción sexual, signos de una pasión desorbitada por el poder y sus mieles.
Para la epistemología occidental contemporánea, el amor es una invención cultural. Así lo han demostrado George Bataille (Las lágrimas de Eros), Denis de Rougemont (El amor y occidente) o Julia Kristeva (Historias de Amor) y las feministas. Estos estudiosos del amor coinciden en que es una invención cultural y sólo difieren en la periodización. Es decir, en el tiempo que abarca esta construcción y esencialmente lo positivo o negativo de esta ideología para nuestra cultura y para sus géneros.
Para las feministas de discurso radical, el amor-pasión es la ideología construida por el patriarcado para mantener sometida, dominada, explotada, abusada y anulada a la mujer. Y por supuesto abjuran de toda la música romanticoide que suena en las radios desde las extraordinarias rancheras de José Alfredo Jiménez hasta a Puro dolor de Son by Four.
Como Voltaire en relación a Dios, tiendo a creer que si el amor no existiera, pese a toda la enajenación, locura, relación de poder e inevitable desgaste (los divorcios y separaciones son el dato duro), habría que inventarlo. Es un reino fantástico fundado por las culturas hebrea, griega y cristiana, que desde su lado amable siempre se le ha opuesto al poder. El poder para mí sí tiene mucho de maligno y demoníaco.
No niego con esto que el amor occidental tenga un poderoso registro de relación de poder, pero debemos apostarle siempre a sus aristas de Eros (el placer) y ágape (la comunión con la divinidad) para poder sobrevivir como cultura frente un poder antropofágico (que come seres humanos) y que si lo dejamos en su espiral totalitaria, terminará autofágico (comiéndose a sí mismo).
Gabriel García Márquez desde el título de una de sus novelas más célebres acertó sobre los padecimientos de El amor en los tiempos del cólera. Las pestes siempre conspiran contra el amor así como también lo hacen los cuatro jinetes del Apocalipsis. Sólo Werner Herzog, en su magnífica película Nosferatu, logró a través de un vampiro enamorado en busca de su pasión por una bella mujer, en aquella memorable secuencia del desembarco en Virna (fue filmada en una plaza de Ámsterdam), que las millones de ratas que corren por la plaza lleven la peste bubónica que casi destruirían Europa, logrando Herzog una síntesis única. El perverso Herzog, deconstruye la búsqueda del amor al convertirlo en el portador de la peste. ¿Es el amor la peor de las pestes? No lo sé.
Las guerras mundiales en Europa provocadas por el nazismo y las genocidas represiones stalinistas, que no dejaron en pie ningún valor humano, mostraron el rostro del horror supremo cuando lo que existe es la ausencia del amor. Cuando el ser humano se convierte en un número para convertirlo en ceniza, o en el número de un soldado o un disidente a ser triturado por una máquina infernal (los gulags). Ninguna ideología política, ningún ismo a excepción del cristianismo vindica al amor. En la cultura occidental contemporánea el amor está desapareciendo, está muriendo. Las pestes una vez más lo amenazan. Esto podrá alegrar a mucho(a)s, pero a mí me entristece... Así que además de este quejumbroso y sombrío artículo mortis, escribiré unas tantas endechas para un amor feliz.