Opinión

Acordémonos de quienes ya no recuerdan


“La libertad sólo existe cuando no es de nadie”. Probablemente tal aseveración del trovador C. Varela contenga tanta verdad que su cumplimiento solamente puede ser alcanzado por unos pocos: los niños y los que ya perdieron su memoria, pues no tienen ataduras de ningún tipo que les haga ver nubarrones grises constantes en esta suerte de vida que nos toca vivir hoy día por culpa de unos poquísimos que se han apoderado del mundo y su suerte.
Mencionamos a quienes han perdido la memoria, y se les llama personas con demencia, la mayoría por culpa del terrible mal de Alzheimer, que según estimados de la Organización Mundial de la Salud podrían andar entre 15 y 20,000 en nuestro país, y que las estadísticas no los registran por diferentes razones. Recientemente se llevó a cabo un censo sobre discapacidad en Nicaragua, de parte del Instituto de Estadísticas y Censos (INEC), donde no se precisa este tipo de discapacidad cognitiva. Estamos acostumbrados a pensar en tal problema solamente cuando vemos a una persona con muletas, bastones, sillas de ruedas, no videntes, pero no pensamos en aquellos que son afectados por problemas mentales, menos aún cuando ya son de la tercera edad. Ya no interesan para las estadísticas.
Lentamente el problema de la demencia por Alzheimer se está convirtiendo en un problema de salud pública, pues la expectativa de vida va en ascenso, aunque los años que se van viviendo no sean con calidad de vida, pues lamentablemente quienes ocupan los sitios superiores en la pirámide poblacional (los mayores de 65 años) son los que menos oportunidades y calidad tienen. Baste nada más revisar las oportunidades de empleo en cualquier lugar y nos damos cuenta que el tope de posibilidades llega a 30 ó 35 años, y si visitamos los hospitales, cualquier emergencia sucedida a un adulto mayor es resuelta en menos de siete minutos, pues los lánguidos recursos existentes no permiten “desperdiciarse” en una persona que ya tiene un pie aquí y el otro cerca de la Aceitera Corona, si es que alcanza todavía.
Y si queremos hablar de economía, tema de moda y de suma importancia, más que lo social en este país, baste nada más saber que el mantenimiento de una estabilidad, no curación, de una persona afectada por demencia del tipo Alzheimer ronda los C$ 6,500 mensuales, sin incluir alimentación adecuada y nutritiva.
En un país con un desempleo real de más del 55% de la población que puede trabajar, donde más de la mitad sobrevive con menos de 34 córdobas diarios, con un costo de la canasta básica de más de 3,000 córdobas, ¿podrá soportar una familia el reto de brindar dignidad a un familiar afectado por tan cruel enfermedad? Lógicamente... No.
No existen políticas de salud que vuelvan a ver esta situación. Tales familias se encuentran tan mal o peor que los indigentes y gente de color arrasados por el huracán Katrina, y que ocupan las 24 horas de programación de los noticieros. Volvamos la mirada a los nuestros. Solidaricémonos con ellos. Están cerca de nuestras casas y no los vemos, o no los queremos ver. Proponemos una campaña de apadrinamiento donde aquellas familias que puedan colaboren con los y las enfermas de Alzheimer aportando medicamentos, alimentos, vitaminas, convivencia social, y cualquier otra manifestación de solidaridad humana y no de compasión o lástima. Igualmente pueden hacerlo los colegios, las empresas, las fábricas, las cooperativas, cada uno según su posibilidad. Recordemos que los océanos se forman a partir de gotas de agua.
No esperemos a mañana. El tiempo pasa, la vida debe vivirse a diario.

*Segundo Vocal. Fundación Alzheimer de Nicaragua.
Telf.: 086-18113.