Opinión

Educación y desarrollo humano


Ph.D.IDEUCA

Con toda y su enorme importancia para el desarrollo de la gente y del país, la educación no puede ni debe reducirse a un valor puramente instrumental. Al contrario: uno de los logros genuinos de la controvertida “cultura glo­bal” cabalmente consiste en el reconocimiento universal de la educación como derecho de todos los seres humanos para asegurar su desarrollo personal y colectivo. Nada capta mejor este reconocimiento que el concep­to de “desarrollo humano”, donde la vieja valoración de la riqueza como meta obligada de las naciones da paso a una visión más rica y más profunda: el desarrollo no es el alza en el ingreso per cápita, sino el aumento en la cantidad y la calidad de las oportunidades para el ser humano. Y la educación es tanto una oportunidad como una fuente copiosa de oportu­nidades.
En efecto. La educación es el vehículo principal e insustituible para la transmisión de cultura y la cultura es el rasgo más distintivo del Homo Sapiens. Por eso la educación es un aspecto esencial -—tal vez el aspecto esencial-— del desarrollo humano: ser educado es disfrutar de una vida más plena y es disponer de un rango más amplio de oportunidades (alter­nativas ocupacionales, de información de recreación...). Por eso es natural que el índice de desarrollo humano incluya la educación entre las tres oportunidades básicas de la persona, al lado de su esperanza de vida y su nivel de ingreso. También, en el plano conceptual la educación genuina es desarrollo humano, o sea, “desarrollo de la gente, por la gente y para la gente”. Desarrollo de la gente, porque la razón de ser de la educación es el crecimiento interior de la persona. Desarrollo por la gente, pues educar es el modo quizá más rico de darse al otro e influir sobre el otro. Desarrollo para la gente, porque el objetivo último de la educación es ayudar a que el educando pueda poner la plenitud de sus potencialidades y talentos al servicio de sus semejantes. En breve -—y según la afortunada expresión de Savater-— la educación “es sin duda el más humano y el más humanizador de los empeños”.
La educación es, pues, un derecho de todos y es un bien en sí misma. Lo cual no implica que sea un derecho absoluto o irrestricto, pues demanda recursos escasos con posibles usos alternativos. Tampoco implica que sea un bien de consumo puro, pues la “inversión educativa” es muy rentable para el individuo y la sociedad. Ni en tercer lugar implica que sea un bien puramente privado: de hecho, es su alto valor público o social lo que justifica el aporte de la comunidad y el Estado al proceso de educar.
Recientemente fue presentado en la Presidencia de la República el Informe Sobre Desarrollo Humano 2005 centrado en la cooperación internacional ante una encrucijada: ayuda al desarrollo, comercio y seguridad en un mundo desigual.
Como es natural, al escuchar su presentación oficial y analizar el contenido del Informe, uno lanza instintivamente su mirada e interés a ubicar el lugar del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de nuestro país en el universo de 177 países de todo el mundo, y sobre todo a conocer y valorar los distintos indicadores que reflejan la realidad humana, económica y social de nuestro país.
Resulta algo estimulante comprobar que en el ranking mundial hemos mejorado varios puestos al pasar del 121 anterior al 112 actual; que en algunos indicadores estamos un poco por encima de Honduras y Guatemala, algo rezagados respecto a El Salvador y bastante distantes de Costa Rica y Panamá. Así lo comprueba el cuadro siguiente: