Opinión

En la cuna del hambre


Óiganles reír, mírenlos, un chigüín y otro asomándose a la puerta de una casa en mitad del camino. Nuestro bus se ha detenido cerca de Labá y lo están reparando. Un adulto les hace muecas para que se rían y lo consigue. No falta mucho para Siuna y después, a Puerto Cabezas. Un camino recorrido muchas veces, y siempre los niños asomados a nuestro paso. Nos han contado su hambre y yo me he acordado de sus risas, como para amortiguar el dolor de la distancia. Y también de otras cosas.
La memoria tiene sus manías y se me vino también la imagen del poeta Miguel Hernández. Cuando estaba en la cárcel, recibió una carta de su esposa en la que ella se lamentaba de que sólo podía comer cebolla y de no tener nada más para alimentar a su hijo. Entonces el poeta escribió una maravilla desde esa cárcel en la que murió, titulada Nanas de la Cebolla. Me acordé de eso, ahora, estando lejos y leyendo las noticias que nos llegan del río Coco, de la Costa y recientemente, desde Granada, por el río Malacatoya. También le prestamos los ojos a Erick. F. Alegría en ese recorrido en documental que hizo por el río Coco, donde sólo han cambiado los carteles de los gobiernos sucesivos, nada más: “obras no palabras”, “gobierno Bolaños, la nueva era” y mucho antes “una obra más del gobierno de Violeta Chamorro”, y mucho antes los carteles de la revolución. Y nada más.
Mientras que se discutía, en un arranque de patriotismo, la soberanía del río San Juan, nuestra soberanía del río Coco era atacada por las ratas y por el hambre: una verdadera invasión a nuestra vergüenza, a nuestra dignidad, llegando a matar incluso a los niños. El PMA se encargará de la cuestión, dijimos, como si ya nada estuviera en nuestras manos, como si nos hubiéramos acostumbrado a olvidar que otras cosas sí las hemos hecho darse la vuelta nosotros mismos otras veces. Como que en Managua, por ejemplo, no hay miles de manos dispuestas a ayudar y un montón de familias con dinero suficiente como para aportar un poco en paliar esta situación.
Es preciso defender la risa de nuestros niños, esa es nuestra auténtica soberanía, la que nos hace libres, nuestra raza, y la insignia patria, que es del color de esa risa. Dice el poeta que sólo puede, desde la cárcel, escribir o desesperarse, le llega el olor de la cebolla y la imagen de su pobre hijo mamando únicamente ese zumo. Desde lejos, salvando una enorme distancia, yo no puedo quitarme de los oídos el ruido de las ratas entrando de noche, en un roer constante como haciendo una herida en mi vergüenza. Algunos niños pueden dormir en hamacas, para que no se contagien del frío del suelo ni se le suban las ratas; hamacas que tejen los viejos pescadores de río, los que pacientemente allanan las horas entre orillas que hablan la misma lengua. Llegar allá es difícil, el paisaje se incrusta en las ventanas con polvo, a veces repta lánguido cuando el bus sortea los baches, a veces huye de la vista como un fugitivo. Pero el paisaje ya se escapa a los nombres, es Nicaragua y no lo es, más bien un territorio que agoniza de puro olvido. Camino de Siuna, después de Río Blanco, donde está la cuna de todos nosotros, de nuestra propia independencia y de nuestra historia, está también la cuna del hambre. Qué vergüenza para un país de tantos sueños. Nuestra soberanía es una vida, cada vida de ese niño. Un 40% afectado por la desnutrición, un 20% con desnutrición severa, dicen las cifras, y no se nos cae el alma. Tendríamos que organizar una auténtica avalancha de ayuda, defendiendo la risa de estos niños, nuestra cuna del hambre donde se hablan otras lenguas.
En esa risa está nuestra libertad, y sigo pensando que, aunque tal vez, no lo veamos, en la Costa Atlántica, como un acto de justicia de la historia, estará el futuro de Nicaragua.
Continúa el poeta diciendo que una mujer morena, resuelta en luna se derrama hilo a hilo sobre la cuna. Es la madre, las madres morenas del pueblo que habitan las orillas del río Coco o los caminos a Puerto Cabezas.
Todavía no hay una sola carretera que nos una a pacíficos y atlánticos, sólo caminos y ríos que más bien nos separan de vernos como un solo destino. Ojalá nunca me olvide de cada palmo de ese trayecto, en buses a riesgo de todo, acariciando el corazón de Nicaragua, y de esos chigüines saliendo de sus casitas de hoja de palma, regalándonos la risa por cada desesperanza.
Bien, si los caminos no nos unen, lo hace el hambre, el abandono de Malacatoya, en Granada, o del río Coco. Ellos no son una palabra, sino nosotros, y no nos queda otra que defenderlos risa por risa, frente a las ratas y al hambre, con avalanchas de ayuda, de comida nuestra, como si cada uno de nosotros fuera mujer morena, y le alcanzásemos el pecho a la boca del hijo para que lo apurase. Qué otra cosa puede significar ahora defender la soberanía y la patria, qué otra cosa sino reivindicar la risa de esos niños, “el porvenir de nuestros huesos y nuestro amor”.

franciscosancho@hotmail.com