Opinión

Rubén Darío en Venezuela


Me resulta imposible valorar la presencia de Rubén en la tierra de Bolívar. Es tan grande, que en ocasiones he sentido como si fuera local. Una vez, en cierta población del Estado Bolívar, en medio de una parranda de carnaval, surgió La marcha triunfal con tanta fuerza, como si la argentina Berta Singermann declamara, para venir a la realidad y encontrar que mi compañía, una dama apenas treintañera, era la bella voz llena de pasión, timbres, pausas y teatralidad, propias de comparación. Quedé ahí... Orondo.
Muchas anécdotas similares podría relatar de mis días de bohemia por los bares y restaurantes de aquella Sabana Grande caraqueña, que ya no existen, pero lo que me motivó a esta nota es un trabajo publicado la tarde de hoy por El Mundo, que se titula Lenguaje musical y rubricado por Rafael del Naranco, un caraqueño nacido en Galicia, España, dueño de una pluma envidiable, que lo pone entre mis favoritos. Éste es su escrito:
“La mayoría de las personas hemos aprendido a comunicarnos a través de la poesía; de silencios insondables, que muchas veces quedan entre líneas de una prosa amorosa y sencilla, donde hay versos cortados por una sensación extraña de querencias, recuerdos y melancolía.
Con frecuencia solemos beber de Alberti, Kavanis, Neruda, Machado, Mistral, Durrel, Passoa, y tantos otros que hicieron de la poesía un arte; y es que la destreza con las palabras forma parte de la vida. Será entonces ecuánime afirmar que no hay existencia sin arte, y por ende sin poesía.
Ésta coexiste en algún momento en cualquier persona, aun la más infeliz, y toma formas diversas: alegrías y abatimientos, amor y rabia, esperanza y dolencia, tocando así nuestra sensibilidad para reafirmar nuestra condición humana; y esto lo expresó Rubén Darío con sus “Cantos de Vida y Esperanza”, en su atmósfera “Azul...”, y con melancolía envolvente en sus “Poemas de Otoño” y “Prosas Profanas.
“Yo soy aquel que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana, / en cuya noche un ruiseñor había / que era alondra de luz por la mañana”.
El poeta nicaragüense, de trascendencia universal y maestro del Modernismo, logró una renovación poética de la lengua española, al realizar su literatura en función del arte, de la belleza; donde el oficio mismo estuvo por encima de lo político y material de la época.
Rubén Darío, inmerso en las grandes transformaciones de su tiempo, tomó conciencia intelectual y cultural de sus necesidades: vio el mundo con una nueva sensibilidad, a través de un lenguaje musical de hondo contenido espiritual, y esos matices, entendimientos interiores, expresiones a flor de la propia carne, dieron frutos de extraordinaria esencia humana.
Él vivió por y para la poesía, pero a través de cada uno de sus semejantes, haciendo de cada uno de ellos partícipes de las congojas del alma.
La vida de ese juglar del pueblo de Metapa fue de incansable peregrinaje, disuelta en una aparente alegría de bohemia y sensualidad, donde él escondía toda su tristeza y angustia interior, su lucha entre duda y fe, religión y creencia. Por eso dijo:
“Yo supe de dolor desde mi infancia; / mi juventud... ¿fue juventud la mía? / Sus rosas aún me dejan su fragancia / una fragancia de melancolía...”
Ya en el ocaso de su vida, entre triunfos y caídas, escribió “Cantos de Vida y Esperanza” y “Poemas de Otoño”, sus obras de mayor densidad, en las cuales aflora un sentido reflexivo, con búsqueda de sus raíces hispanoamericanas, llenas de recuerdos, melancolía y evocaciones de una alegre juventud primaveral.
El poeta, casi un ánfora de barro cobrizo, plasmó como nadie la tristeza de quien va al reencuentro consigo mismo, hundido en la angustia existencial del hombre frente a la naturaleza y sus misterios...
Pero la tierra no le hizo temblar. Igual que Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, César Vallejo y Gabriela Mistral, miró al mundo por las celosías del alma, es decir, la ventana entreabierta del corazón.
“En donde vagan tantas parejas de enamorados. / Otoño, donde en sus copas un vago vino queda. / Y viene a desojarte la Primavera, sus rosas”.
Él llegó sorpresivo, doliente, asustadizo y ocre como siempre, pero raudal. Hizo la mejor poesía hispana --con los Machado (Antonio y Manuel)-- del siglo XX. La tejió con sabia de maíz, yuca y brisa caliente del Caribe. Es decir: inventó la América desde Río Grande a Tierra de Fuego”.
Así termina Rafael, a quien fui presentado una vez, hace algunos años, por Guillermo “Fantástico” González, el presentador de televisión y dueño de canal. Lo buscaré para felicitar por tanta belleza sensitiva...
Y así es Rubén, en este país.