Opinión

Las manifestaciones


Las manifestaciones dejan recuerdos inolvidables. En medio de impresiones diversas vividas intensamente con camaradas de siempre y otros de un día, la sensación de poder que causa el paso de la marcha masiva, los gritos, cantos y consignas se vuelven referencias que marcan la relevancia política de contextos históricos de gran importancia y la experiencia personal de los individuos en su participación social a todas las edades. En La Plata, Argentina, a principios de los setenta, la izquierda revolucionaria ejercía una influencia dominante previo al retorno de Juan Domingo Perón y los estudiantes eran capaces de organizar manifestaciones en las que todos participaban. En ese entonces, caminando a la par de mis padres y sus amigos memoricé consignas inolvidables. “¡FAR y Montoneros son nuestros compañeros!”, la infaltable “¡El que no salta es un gorilón!”, que como niños nos divertía por su entrega física, y sobre todo, “’Giovenco, compadre, andá a ponerle bombas a la concha de tu madre!”, que seguramente fue la única que nos permitió, a mí y a mi hermano, gritar improperios en presencia de mi madre. Se trataba de insultar a un derechista que murió con su propia bomba cuando quería hacer un atentado contra un militante de la izquierda peronista.
El Primero de Mayo de 1975, en los bulevares de París, se tornó un día mágico con la alegría de saludar el triunfo de Vietnam sobre la intervención yanqui. Todos coreábamos con entusiasmo “¡Ho-Ho-Ho-Chi-Minh!”, rodeados de simpatizantes del Partido Comunista y de la CGT, convencidos de ser también vencedores de un imperialismo decadente y cada participante era un vietnamita más. Los diferentes sectores no dejaban de expresar sus reivindicaciones propias y en esa ocasión regresamos a casa para divertirnos durante un largo tiempo con el grito de las feministas que clamaban: “¡Oui papa, oui chéri, oui patron... Y’en a marre!”, que traducido significa: “¡Sí papá, sí querido, sí patrón... Estamos hartas!”, y que con astucia infantil transformamos en una protesta que decía: “¡Sí mamá, sí abuela, sí profesora... Estamos hartos!”
En otra oportunidad, marchando con el Comité de Solidaridad con Argentina, me encontré con mi mejor amigo que acompañaba a los anarquistas y sus banderas negras. Junto a mi compinche, que se llamaba Yann Macbeth, un nombre imposible, logramos hacer coincidir dos grupos que poco tenían en común, cada uno reforzando el grito del otro. Casi treinta años después, esas anécdotas enriquecen nuestra conversación cada vez que nos encontramos hasta parecernos verdaderos veteranos de una guerra pacífica.
Algunas veces, las manifestaciones podían volverse bastante agitadas y nunca faltaban los gases lacrimógenos. Por tal razón, agradezco a los especialistas que siempre propinaban buenos consejos. Uno de ellos nos enseñó que cuando ocurría una estampida había que pegarse contra la pared para no ser aplastado y evitar meterse en el metro como un montón de tontos que salían de la estación siguiente con los ojos en lágrimas.
En Nicaragua, durante los ochenta, aprendí todos los poemas que las generaciones presentes ignoran. Desde “¡Poder popular!”, “¡Un solo ejército!” y la mítica “¡Sandino vive, vive, vive... la lucha sigue, sigue, sigue!”, hasta la rotunda “¡Dirección Nacional... ordene!” Pero me quedo con la que lleva un típico toque de humor bien nicaragüense: “¿Cuál es la vanguardia del pueblo?... FSLN... ¿Y por aclaración a la reacción animal?... ¡Frente Sandinista de Liberación Nacional!” En todo caso, es gracias a las manifestaciones que en varias ocasiones vi mi foto publicada en los periódicos, tanto en Barricada como en EL NUEVO DIARIO, porque con mis amigos siempre marchaba en las primeras filas. Seguramente participé en centenares de manifestaciones, pero las recuerdo todas como si fuera hoy. Probablemente porque esos cantos aún suenan más fuerte que las protestas que tímidamente se desarrollan en las calles en la actualidad.