Opinión

Compartiendo mi nueva vida


Este mes se cumple un año de una colisión automovilística que estuvo a punto de costarme la vida, pero que se conformó con cambiármela para siempre. Como suele pasar en este tipo de casos, existen varias versiones sobre lo que pasó esa noche de lluvia. Sin embargo, las leyes de la física no mienten y el estado en el que quedó el auto en el que mi hermana y yo viajábamos como pasajeras, demuestra que fuimos impactadas por otro vehículo que se desplazaba a gran velocidad, en el cruce de un semáforo, en plena Carretera a Masaya.
Ésta es tal vez una de las pocas certezas que puedo tener sobre el incidente, ya que no recuerdo nada del impacto ni de lo que sucedió durante los tres meses siguientes, los que pasé internada en condición crítica en el Hospital Militar. Lo que significó para mi familia y amigos esperar por semanas y semanas a que despertara del coma causado por una inflamación del tallo cerebral, sin saber en realidad si alguna vez recuperaría la conciencia, es algo que sólo puedo imaginar. Me cuentan que los doctores no daban muchas esperanzas al principio y que mis pulmones --perforados por mis propias costillas, destrozadas por el impacto-- fueron blancos de repetidas infecciones que me pusieron varias veces al borde de la muerte. Supongo, en cualquier caso, que el miedo, la ansiedad y la impotencia de mis seres queridos se debieron haber parecido a lo que yo misma sentí hace un par de meses, cuando mi hermana mayor tuvo que ser operada de la columna para corregir una lesión originada en ese mismo accidente.
El hecho de que hoy pueda compartir esta historia, sin embargo, es tal vez la mejor prueba de lo afortunada que fui. Mi cuerpo resistió, y después de un largo, doloroso y a veces frustrante proceso de rehabilitación --que todavía no concluye-- hoy llevo una vida normal, si bien todavía marcada por el accidente.
Numerosos amigos, e incluso desconocidos, me apoyaron y estuvieron al lado de mi familia en los momentos más difíciles, dando prueba de una solidaridad y desinterés que dice mucho acerca de la calidad humana de los nicaragüenses. De la misma manera, no tengo suficientes palabras para agradecer la entrega y profesionalismo de los doctores, enfermeras y terapeutas que me ayudaron a salir adelante, dándome una segunda oportunidad.
Mi historia, sin embargo, también parece ser un buen ejemplo de algunas de las cosas que están mal en Nicaragua, como por ejemplo un sistema judicial que responde principalmente a intereses económicos y presiones políticas. Esto deja a aquellos que no tienen este tipo de influencias --o a los que deciden no ocuparlas-- en posición de desventaja frente a aquellos que no tienen reparo en aprovechar y profundizar estos vicios del sistema judicial. Y para alguien en una situación algo diferente a la mía, ésta podría ser la diferencia entre la vida y la muerte: yo tuve la fortuna de tener una familia capaz de garantizar que se me proporcionara la mejor atención posible en esas circunstancias, pero otros no son tan afortunados.
Decididos a concentrar su atención y energías en el hospital donde yo me debatía entre la vida y la muerte, mi familia decidió no ir a juicio. Por lo que he podido averiguar ya para entonces eran evidentes las manipulaciones políticas por un lado y las presiones de un importante grupo financiero por el otro. Ejemplos que parecen confirmarlo sobran: a pesar de que las imágenes del accidente, transmitidas por varios canales de televisión parecían confirmar que el conductor del otro auto conducía en estado de ebriedad, la Policía Nacional convenientemente “olvidó” realizarle la prueba de alcoholemia; en el croquis del accidente la misma Policía registró su velocidad en 60 km por hora, aunque el grado de destrucción del vehículo en el que viajaba lo desmintiera. Luego surgieron diferentes “testigos Masaya” dispuestos a afirmar lo que fuera...Aun así, en trámite de mediación, el joven y “respetable banquero” a quien todos responsabilizaban por la gravedad de mis lesiones, aceptó una suspensión de su licencia de conducir por dos años y se comprometió a hacerse cargo de los gastos médicos derivados de mi condición, según sus posibilidades económicas. Luego, sin embargo, presentó una constancia que afirmaba que su salario como gerente de un banco de segundo piso era nada más de seis mil córdobas mensuales, y solamente asumió el equivalente a menos de una semana de internamiento en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Si por lo menos está respetando la prohibición de conducir, es algo que sabrán su familia y amigos. Nunca lo he visto ni he hablado con él, pero me da la impresión que pertenece a ese grupo de personas que está tan acostumbrado a lograr evadir sus responsabilidades, que termina pensando que en realidad no tiene ninguna. A mí, fundamentalmente, me interesa poder comprender qué pasó con esos tres meses de mi vida de los que no tengo recuerdos, continuar y aprovechar esta experiencia para crecer y mejorar como persona. Y me gustaría que Nicaragua estuviera más llena de esos ejemplos de cariño y solidaridad que llenan la primera parte de mi historia, que de esos vicios y prácticas que, tarde o temprano, nos terminan afectando a todos.