Opinión

Diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu en Nicaragua


En memoria del profesor José “Chepe” Molina

Cuando leí por primera vez “Diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu en el Infierno”, de Maurice Joly, me decía en vida aún “Chepe” que la batalla entre estos teóricos del poder llega hasta donde el otro lo deja, como en su adagio favorito: un buen alumno es el que sabe copiarse, decía con su falso aire de catedrático severo, pero un buen profesor --agregaba con malicia acariciando su barba china-- es aquel que lo descubre.
La obra la empecé en el momento en que el “Pacto Ortega-Alemán” se estaba reactivando en ocasión de las reformas constitucionales desconocidas por el Ejecutivo. Y la terminé, apenas despuntando la Ley Marco (congelando las reformas hasta 2007), a través del acuerdo Bolaños-Ortega en el que, contra todo pronóstico, cuando uno esperaba que el asustado por Zoellick fuera el PLC, Ortega mueve las fichas donde se juega, de nuevo, todo. Pero mantiene las desaforaciones e inhibiciones a discreción, ya sin sus comparsas liberales, que lo posicionen en el Diálogo y en la campaña electoral. Por cierto, dentro de la oferta electoral de Ortega, de llegar a la Presidencia, promete terminar de desbaratarla a favor de una nueva Asamblea Nacional como ejecutiva de asambleas populares de ciudadanos. El tipo desea ardientemente algo para destruirlo. O miente, y en verdad quiere el Ejecutivo para rearticular otra vez el poder alrededor de él o quiere sentarse sobre una rama que aserró él mismo. Y este último caso es incomprensible, a menos que al comandante le encante quebrarse el trasero por puro gusto.
Mientras leía el libro, la batalla entre Maquiavelo y Montesquieu la estaba perdiendo este último en la obra, tanto como en la realidad de Nicaragua. Entonces decidí comentarlo y cambiar, en el título del trabajo, “infierno” por “Nicaragua”, conceptos, al fin y al cabo, francamente intercambiables y equivalentes.
Este texto escrito por un anarquista y prologado por el célebre filósofo francés Jean Francois Revel, reclama su asiento en medio de las más grandes obras de la filosofía política universal. Puedo enviárselo por e-mail a quien me lo solicite a freddyquezada@yahoo.com. Su secreto descansa en cómo Maquiavelo derrota a Montesquieu en su propio terreno, dentro de sus instituciones, en su lenguaje, con sus instrumentos y hasta con sus propias armas. “Chepe” decía que le recordaba un poco al México del PRI en sus mejores momentos.

I. Sobre la obra
Montesquieu critica a Maquiavelo su lógica: “Os reserváis el derecho de deshacer lo que habéis hecho, de quitar lo que habéis dado, de modificar vuestra constitución, sea para bien o para mal, y hasta de hacerla desaparecer por completo si lo juzgáis necesario. No prejuzgo nada acerca de vuestras instituciones, ni de los móviles que en ciertas y determinadas circunstancias pudieran induciros a actuar; os pregunto tan sólo qué garantía mínima, por frágil que ella fuese, podrían hallar los ciudadanos en medio de tan inmensa arbitrariedad y, sobre todo, cómo os imagináis que podrían resignarse a soportarla”.
Maquiavelo replica: “No destruiré directamente las instituciones, sino que les aplicaré, una a una, un golpe de gracia imperceptible que desquiciará su mecanismo. De este modo iré golpeando por turno la organización judicial, el sufragio, la prensa, la libertad individual, la enseñanza.”
El asunto se reduce a que el teórico de la separación de poderes llama a respetar un conjunto de reglas que encierran principios de legitimidad, moral y derecho, para defenderse del poder, separándolo en partes; mientras el florentino invita a romperlas (en el caso de las democracias sin que se note mucho), para precisamente obtener el poder que busca todo político. Las reglas se hicieron para romperlas. El juego se parece a un aforismo célebre entre militares: un buen soldado es aquel que se “libretea” y un buen oficial el que no lo deja.
Le debemos al marxismo la crítica más profunda de una democracia que él bautizó como “burguesa” y que ya nadie la llama por su apellido de casada. Pero lo hizo desde la economía (de aquí su vulgaridad) y desde una ideología prometeica (de aquí su encanto) que él mismo, sin saberlo, compartía con ella. Incluso, en nuestra época, todavía circulan en el área algunos ideólogos revolucionarios (descontentos que quieren hacerse comprar por nuevas oleadas de ingenuos), respondiendo a los fracasos de su doctrina con más sueños todavía (ahora se trata, según ellos, de revoluciones más radicales aún, como las culturales; no pudieron con una y ahora van con otra superior); a las situaciones más complejas, sin salidas, inciertas, caóticas y paradójicas, aconsejan más de lo mismo (mesianismos ya no en nombre de las clases, sino de la Humanidad entera; “luchas más decididas” para beneficio de los más lúcidos; “vuelta a la mística” que ellos mismos derrocharon; “retornos a las éticas” que traicionaron con placer; “regresos a los auténticos paradigmas” que corrompieron; “esta vez sí, no los traicionaremos”, etc.)
Pero hay también teóricos en retirada que regresan a repensar las virtudes de Locke y Montesquieu, ahora que la democracia se presenta de nuevo como soltera, sin apellidos matrimoniales, sin advertir la aparición de un movimiento crítico en su propio terreno: el poder. Y quién mejor que uno de sus más grandes teóricos para rivalizar con los vencedores: Maquiavelo.

II. Sobre Nicaragua
Para el caso de Nicaragua, el cesarismo (o bonapartismo como lo llamaron Marx y Trotsky) ha triunfado, pero ha dejado intacta la apariencia del sistema “democrático” y “legal” que ha pervertido. En la obra de Joly, el héroe es el Ejecutivo. En Nicaragua es el Legislativo, pero las maniobras, las amenazas, los chantajes, los desplazamientos, las pujas, los rejuegos y los tejidos formados, deshechos y vueltos a hacer en todos los poderes, son los mismos. La “judicialización de la política”, es el triunfo de Maquiavelo sobre unas reglas democráticas que dejan abiertas hendijas de lo que no autoriza pero tampoco prohíbe, haciendo de la maniobra y la astucia un arma para quebrarlas, dejando intactas las apariencias. Pero hay diferencias. Las estrategias del poder no sólo giran alrededor del Estado, como en la época de Montesquieu, Maquiavelo y hasta del propio Joly, sino también alrededor de otros actores y en otros escenarios (como los concibió Foucault), que yo me he permitido llamarles “mundos” (ver Cuadro No. 1) como el juego de Mario Bros en el que sortea mil obstáculos para salvarse, matar al dragón y quedarse con la princesa.