Opinión

Un libro, las pruebas, la verdad


El libro “Caso FACS: atropello a las leyes y los derechos humanos”, * contiene las pruebas y los alegatos jurídicos sobre el juicio que promovieron los miembros de la Junta Directiva de la Fundación César A. Sandino en contra de Edwin Zablah del Carmen, su ex director ejecutivo. Contiene también alegatos de su defensa frente a la contra acusación de Zablah del Carmen, muy típica entre las armas “legales” utilizadas para distraer, retardar o evitar la aplicación de la justicia al verdadero culpable.
En este libro hay una amplia documentación acerca de la forma de cómo se ha torcido la ley durante este proceso, del tráfico de influencias de un partido político que logró poner en movimiento sus ocultos, pero efectivos mecanismos de poder, para manipular leyes y funcionarios judiciales políticamente disciplinados, para quienes la inocencia y la culpabilidad no se juzga según las pruebas, sino según las pagas.
Los argumentos de la acusación contra Zablah del Carmen y, al mismo tiempo, de la defensa de los miembros de la Junta Directiva de la FACS, son de gran valor jurídico; no podía ser de otra forma, dado que se trata de rebatir fallos absurdos, de poner al descubierto las influencias extra legales y hacer relucir la verdad. Sin embargo, al acusado, un individuo que faltó a la ética más elemental en su desempeño administrativo y profesional, le bastó recurrir a la “corte celestial” --como se conoce al equipo de enlace entre los funcionarios judiciales militantes y la cúpula del FSLN--, para quedar “libre” de culpas.
Contra toda lógica, razón y justicia, el defraudador pasó de su condición de acusado a la de acusador, gracias a este bellaco apadrinamiento, en tal situación, su defensor actuante ante los tribunales, el que saca la cara por el espurio aparato partidario, no necesita mucha habilidad para utilizar las leyes, sino del buen manejo de las argucias habituales en un medio judicial corrupto.
Lo que menos le hace falta a un abogado en su condición de comisario político ante el Poder Judicial, es la ética. Cualquiera sea la calidad de su actuación, siempre estará seguro de que jueces y magistrados suplirán sus deficiencias --reales o calculadas-- con preconcebidas interpretaciones y argumentos seudo jurídicos, para que el fallo complazca los intereses de los padrinos políticos y haga “desaparecer” la delincuencia del apadrinado. Es la norma de conducta y de operar del gangsterismo político, en detrimento del Derecho.
Lo dramático de esto, es que, desde el sandinismo oficial, se conspira contra un organismo no gubernamental, cuya función de servicio social se ampara bajo el nombre del Héroe Nacional, al cual todo sandinista está, por lo menos, obligado a respetar, sino no es capaz de honrar su herencia de mística, ética, humanismo y honradez. En este juicio, como en otras actividades, estos valores han sido ex profesamente atropellados. Este juicio no es sólo una forma vil de renegar de tales valores, sino también de algo peor: negociar con ellos para satisfacer mezquinos intereses económicos y de poder, en detrimento de un valor universal: la justicia.
En las páginas de este libro, el concepto y la praxis política no son temas marginales, no podrían serlo, aunque no se les expone explícitamente. El tema político está presente, como lo está en todos los órdenes de la vida social, y en este caso, acusando la baja calidad moral de los objetivos y la naturaleza amoral de quienes negocian con la justicia bajo cobertura política. Está presente el concepto de lo político que da aliento a todo lo que contradice la conformidad, la apatía, la inercia, la complicidad con y ante los privilegios, la injusticia, la deshonestidad, el oportunismo, la deslealtad a las personas y a los principios.
Ahí está implícita la política que anima la lucha contra todo lo que pudiere convocar a las personas a marginar de su conciencia los principios, lo cual, de muchas formas, y en cualquier momento, les inducirá a delinquir alterando las normas legales, éticas y morales.
Es verdad, estas normas son establecidas formal y convencionalmente por el sistema imperante --que no se caracteriza precisamente por ser muy justo--, pero también son normas inseparables de la estructura ideológica de las personas honradas.
Este libro no carece de las argumentaciones retóricas, formales y rituales que caracteriza a la literatura de los documentos jurídicos o legales, dado que se trata de argumentar y contra argumentar dentro de los cánones y la práctica del sistema judicial establecido. Sin embargo, alecciona en cuanto hace ver la política por su lado ético, y sus alegatos contrastan con la marrullería acostumbrada por algunos abogados, jueces y magistrados que, con esa práctica, han creado un fuerte prejuicio hacia su profesión; basta ver cómo y cuántas injusticias cometen los más fuertes --económica y políticamente hablando--, de la mano de un abogado, para justificar al común de las personas que ha llegado a considerar al abogado el prototipo del profesional abusador, deshonesto y mercenario.
Lo real es que no hay motivo para suponer que no existe este tipo de abogado y su estilo de trabajo; en tal caso, el prejuicio deja de serlo para convertirse en un juicio dramáticamente cierto. Además, todas las causas injustas se identifican con el poder político y con quienes pueden pagar los servicios de un abogado; en cambio, es normal que los clientes pobres, cuando pueden pagar un abogado, al final del juicio terminen aún más pobres; si no, tienen que conformarse con la desganada gestión de un defensor de oficio, que es como estar condenado de antemano. Esta clase de justicia tiene origen en sistemas políticos como el nuestro, corruptor de personas e instituciones.
Está claro que no es culpa de la profesión ni del gremio que los individuos tuerzan la finalidad de su ejercicio profesional --de lo cual, sin duda, cada quien es personalmente responsable--, pero el individuo no está solo, antes de él está la institución a la que pertenece, la que le contrata, le condiciona y le instrumentaliza. Sobre todo, cuando la institución tiene como norte de su actividad política satisfacer las ambiciones personales de los jefes de cúpulas partidarias que utilizan la fuerza de su poder político, sin reparar en la condición humana y moral de quienes atropellan o hacen atropellar.
Y aún mucho más antes de atropellar a las personas que les estorban políticamente la consecución de sus fines, el poder político atropella la dignidad de quienes se vale para llevar a cabo sus planes y actividades delictivas; desde este punto de vista, abogados, jueces y magistrados son sus primeras víctimas; el poder político empieza por comerciar con su ética, y los convierte en huérfanos de la moral.
Pero los milagros existen: por increíble que parezca, la pérdida de valores es favorecida por la “ley de la compensación” de los partidos. Quienes pierden sus valores, pasan a la reserva especial de las futuras personalidades del sistema, pues los partidos les abren las puertas para escalar hacia los cargos más elevados, pasando por las judicaturas, hasta llegar a magistrados del tribunal más alto de la justicia terrenal a que puede aspirar un abogado, yendo, sumiso, de la mano de la “corte celestial” que le nombra en el cargo.
Este libro no se complace con señalar a ningún abogado en particular, pero en su narración de los avatares del juicio de la FACS, da la oportunidad de conocerles en el lado torcido del ejercicio profesional. Es como el modelo para orientar acerca de cómo no debe comportarse un profesional del Derecho. Por su lado, la actividad orientada a la defensa de la razón, el derecho y la justicia, de los defensores de los directivos de la FACS, ofrece una lección de ética política o de política con ética.

* Extracto de la presentación del libro citado, el 13 de octubre de 2005, en el Auditorio del Instituto Centroamericano de Historia, de la UCA.