Opinión

La sabia decisión de retirarse a tiempo


En la historia de la humanidad han existido hombres y mujeres que en sus tiempos hicieron excelentes papeles en pos del beneficio de la humanidad, muchos de ellos tuvieron la intuición de saber retirarse a tiempo de sus labores y dejar el paso a nuevas generaciones, y un poco detrás de estas nuevas figuras, los mismos iluminaban con su sabiduría a quienes los sucedieron en el ejercicio de su trabajo. En la Grecia antigua los grandes filósofos tenían escuelas en donde cultivaban a sus sucesores, les enseñaban todo lo que habían aprendido y no tenían problema en esta tarea, ya que estos señores estaban claros que no iban a ser eternos, por ello, lo más sabio era preparar a quienes dejarían la herencia de su legado histórico de conocimiento.
También existieron quienes pensaron que jamás podían ser destituidos, definitivamente que acabaron sus cargos hasta que murieron o hasta que fueron expulsados por la fuerza, nunca por su propia voluntad.
Esto último, en el caso nicaragüense obedece a una cultura española que heredamos en toda su dimensión, especialmente a la figura del caudillismo. Sin embargo, ya desnaturalizada esta figura histórica en la península y bien expuesta por el jurista español Alejandro Nieto en su libro “Corrupción en la España democrática” es claro con esto, que nosotros hemos asumido formas de gobernar idénticas, corregidas y aumentadas en relación con los modelos aprendidos a los conquistadores.
Es precisamente esta cultura la que nos obliga de un forma inconsciente a pensar en la eternidad de un cargo, una vez que estamos allí, comenzamos a tejer una telaraña de argumentos para postrarnos en esa posición social, argumentos que van desde creernos imprescindibles, es decir que no existe otra persona en el mundo que puede hacer algo igual o mejor de lo que nosotros lo estamos haciendo, también salen a luz argumentos fatalistas en cuanto a que relacionados como el primero, estamos convencidos de que si dejamos el puesto en otras manos, entonces todo el proyecto, la institución o lo que sea, se viene definitivamente abajo, fracasa de forma segura.
Todas estas formas de pensamiento tienen un complemento importante, los llamados aduladores o conocidos en el buen lenguaje nica como los “cepillos”, éste es un grupo de personas selectas que están cerca de quien detenta el poder, su trabajo es estar de forma constante convenciendo al “jefecito” de que es lo máximo que le pueda ocurrir a la Institución o el partido, de que la gente lo aclama y lo reclama en el puesto, de que todo lo hace bien y que es necesario, casi mesiánico, que se mantenga en el cargo contra viento y marea, el objetivo final de estas sanguijuelas administrativas es seguir manteniendo sus carguitos que, por supuesto, lo perderían si llega otra administración, obviamente que ellos mismos se subestiman en cuanto al nivel de profesionalismo para un puesto, ya sea de carácter administrativo o político.
En nuestro país, esto es muy frecuente, ocurre a todos los niveles, en estos momentos se refleja de forma evidente en el ámbito político, quienes están al frente de los partidos políticos hacen lo imposible por no dejar los puestos, con su ejército de cepillos se aferran al poder y establecen estrategias maquiavélicas en función de neutralizar cualquier posibilidad de sustitución del llamado líder, que no es más que un vulgar caudillo.
Incluso, los niveles de adoración al poder no tiene diferencias ideológicas, a los llamados revolucionarios se les olvidó por qué hicieron la revolución, es decir contra la figura del Dictador que tenía todo el poder y apoyado directamente por su familia, por otro lado, los llamados “demócratas” liberales no tienen conocimiento básico de las ideas que inspiraron la Revolución francesa en la consolidación de los derechos de carácter individual, que tienen como base el respeto de las ideas de los demás, la igualdad y fomentar el sometimiento de los gobernantes a la Ley, entre otros fundamentos del liberalismo clásico.
Al no existir en nuestros modelos de representación la responsabilidad política, a la hora de los desastres electorales nadie paga las derrotas, perdieron los otros, pero nunca el líder, hace meses lo expuso de manera brillante el doctor Lenín Fisher en un artículo de opinión en este mismo diario. En España, por ejemplo, en una elección pasada renunció el candidato a la Presidencia del Gobierno por el partido de Izquierda Unida cuando perdieron abrumadoramente, ese fue un gesto de honestidad de impensable imitación por los políticos nicaragüenses.
En otro país europeo, uno de los políticos más votados renunció a su cargo cuando terminó su periodo y eso que estaba en los máximos ranking de popularidad para reelegirse, su argumento fue que daba paso a las nuevas generaciones, otro ejemplo digno de seguir.
En nuestro país, a diferencia de la Grecia Clásica, los líderes o quienes están al frente de las Instituciones no se preocupan por preparar sus relevos, por el sencillo hecho de pensar que estarán mucho tiempo en el cargo y que no es conveniente criar cuervos que luego le sacarán los ojos, entonces sucede que cuando las circunstancias les obligan a dejar los cargos, se quedan sin Beatriz ni retrato, no hay continuidad de sus proyectos si lo habían estado haciendo bien, pero tampoco queda nadie que les tape los trapos sucios, si hicieron mal su trabajo.
Por todo ello, a veces no son los mecanismos de elección o de escogencia de los líderes de las instituciones o las organizaciones políticas, esto obedece a mi juicio a una actitud personal, a saber que en la vida es inexorable el relevo natural de las personas, nadie es eterno en un cargo, a su alrededor existen personas igual o mejores que ellos, capaces de sacar adelante los proyectos más ambiciosos, limpiar la imagen de las organizaciones políticas, hay quienes les da miedo asumir sus responsabilidades históricas, y esos pagan luego las consecuencias de su cobardía, con ello fomentan la perpetuidad de quienes se creen los imprescindibles.
Para quienes han hecho bien su trabajo, deben ser maduros en pensar salir por la puerta grande, dejar de creer en los cantos de sirenas de las sanguijuelas que a veces los rodean, deben entender que a veces hay que perder para ganar, y para quienes lo han hecho mal, es preferible que reconozcan su error y den paso a nuevas ideas, es preferible que se retiren, a que los expulsen de las organizaciones, en ambos casos, lo que más les conviene, es tener la sabiduría de saber retirarse a tiempo.
Madrid, octubre de 2005.