Opinión

Desde la Plaza Murillo, en La Paz, Bolivia


Caía un atardecer de domingo bajo el resplandor vistoso del sol y las ráfagas de viento frío que se cuelan por los callejones, mientras permanecía sentado desde una banca de la Plaza Murillo, de La Paz, nombre dado en homenaje al líder rebelde Pedro Domingo Murillo que hizo la proclama del 16 de julio de 1809 que desembocó en la independencia del país y que dijo “yo muero, pero la tea que dejo encendida ya nadie la podrá apagar”. En el centro, un monumento de piedra y bronce rodeado de frescos jardines floridos e hileras de verdes arbustos. Veía a la gente caminar y a una multitud de palomas blancas y grises posadas o revoloteando sobre el empedrado o alzando el vuelo hacia alguno de los aleros de los edificios circundantes del centro de la Capital de una Bolivia tan legendaria, rica y extensa, como desigual y heterogénea. A lo lejos, se van elevando los cerros que se extienden cubiertos con numerosas casas de ladrillos de barro y piedra, construidas en una dificultosa ingeniería urbana.
En la Plaza, algunos sentados en las bancas platican o simplemente se incrustan en el entorno colonial y natural, otros caminando, unos sentados en los andenes o en la acera, vendiendo artesanías o comestibles, deambulaban niños jugando; una madre indígena recostada en el suelo arrulla entre sus brazos a un niño de mejillas coloradas y tez morena. Todos de gorro, suéter o chaquetas gruesas, muchos rostros curtidos, unos viejos se adormecen o simplemente cierran los ojos, un grupo de turistas blancos pasan por las aceras atentos al mixto paisaje, toman fotografías.
En un costado está la catedral de gruesas piedras grises, sus elevados campanarios y las majestuosas puertas de legendaria caoba. Contiguo, la Casa de Gobierno, sede del Presidente de la República, Eduardo Rodríguez, que apenas tiene tres meses de desempeñar su cargo y que espera dejarlo en las elecciones constituyentes, aún inciertas, del 4 de diciembre próximo. Un Presidente surgido como relevo emergente después de una movilización popular que obligó a su antecesor, Carlos Mesa, a renunciar después de veintiún meses de gobierno, que a su vez había sustituido a otro, Gonzalo Sánchez de Lozada, que con dificultad pudo cumplir catorce meses. Al otro lado, el Palacio Legislativo, sede del Senado y del Congreso, ambos hermosos edificios pintados de blanco y amarillo en frente de los cuales ondea majestuosa la bandera nacional tricolor y unos soldados elegantemente uniformados hacen guardia de honor. Hace unos días conocí en las noticias, que los señores diputados habían enviado a la Comisión de Ética del Congreso a un grupo de ocho o diez diputados que habían cambiado o pretendían cambiar de bancada, ellos y los medios de comunicación, les llaman ahora “diputados tránsfugas”, dicen han cambiado bandera, opinión y hasta la forma de hablar para pasarse a otro grupo en el oportunismo acostumbrado ante la eminente próxima elección. También discutían sobre si aceptar o no un fallo de la Corte Constitucional que redefine la asignación territorial de escaños en el parlamento de acuerdo al último censo poblacional, lo que le hace perder diputaciones a algunos departamentos y ganar a otros. Mientras unos sostienen es una decisión apegada al marco constitucional, otros dicen que, dado el momento, fue una decisión motivada por el temor que una opción de izquierda gane las próximas elecciones, que según dicen las encuestas, favorece al polémico Evo Morales, líder cocalero, dirigente del Movimiento al Socialismo. Hay quienes dicen es un indígena antisistema, otros hacen circular el miedo, por la inversión extranjera que huirá, por la falta de capacidad de gobernar, por las posiciones extremas, por la retirada de la ayuda del exterior y hasta por el origen común del candidato...
Todo esto pensaba mientras recorría con la vista los vidriales de las ventanas de ambos edificios, me parecía oír el bullicio de sus discusiones y hasta los gritos de los marchistas de las dos grandes manifestaciones que cambiaron gobiernos y sacudieron los simientes políticos del país. Inesperadamente me sacaron de mis pensamientos, un niño se me acercó y me dijo: ¿Le lustro los zapatos?, acepté con un gesto. Dos niños más se juntaron y se sentaron en sus cajas de lustrar junto al compañerito. Ellos platicaban algo, hacían cuentas y hasta reían.
Esas calles aledañas, esa Plaza, hace unos meses se llenaron de manifestantes hasta que el anterior Presidente se fue y, unos años atrás, igualmente la tranquilidad de La Paz se alteró por los tranques y manifestaciones violentas que provocaron decenas de muertos, hasta que el presidente Lozada, electo a mediados de 2002 también tuvo que abandonar esa hermosa y majestuosa casa que ahora estaba enfrente de mí. Un alto edificio esquinero de uno de los extremos presenta aún los orificios de los disparos, la pared cascada por las marcas de la violencia que de un extremo a otro se cruzaron. Comentarios escuchados dicen que todos estos acontecimientos son la expresión de la crisis del modelo oligárquico de la partidocracia boliviana.
Una señora mayor se sentó a mi lado en la misma banca. Falda negra larga y gruesa, suéter tejido de lana, algo raído, una bufanda café, pelo negro de largas trenzas, un sombrero sobre su cabeza, su piel morena y facciones rústicas e indígenas, llevaba un bolso tejido de coloridos hilos. Me dijo: Señor, vendo sándwiches de jamón y queso. Pregunté el precio, me hizo una rebaja por dos. Se los di a los niños que estaban sentados enfrente para que lo compartieran.
Al otro lado de la acera está el Cine Plaza, un cine medio descuidado por el transcurrir del tiempo, pienso ha de ser de mediados del siglo pasado, exhibe una película boliviana llamada “Sena Quina”(un juego popular de azar con dados), es una divertida obra llena de regionalismos y crítica social, se refiere a un hombre del campo que viene a la ciudad con un poco de dinero para comprar algo para un negocio de cangrejos de río que quiere desarrollar con su prometida en un pequeño pueblo del sur. Termina estafado y después se recupera estafando él también. En una de las imágenes, campesinos cocaleros tienen colgada en la pared de su rancho un cuadro, cuando los soldados patrullan la zona, es el rostro de Bush, cuando se van, dan vuelta al cuadro y es Evo.
Una pequeña cafetería en la esquina ofrece reposterías, café y té. Unas cuantas mesas y un radio encendido sintoniza una emisora local con música variada. Una joven pareja, indiferente a todo, se besa y abraza ocasionalmente mientras consumen una taza caliente de mate de coca, otros mayorcitos sorben su bebida sin comentarios y con la vista distraída en lo desconocido.
El niño ha terminado de lustrar. Los otros han compartido el emparedado y me comentan algo. Ellos usan una especie de pasamontañas oscuro, una gorra encima y por un orificio dejan ver sus ojos, dicen por el frío y también por el molesto olor de la cera y las pastas de lustrar. El niño me da su precio, veo sus manos teñidas, es el doble de lo que cobra normalmente. Me ha oído el acento extranjero y ha querido ser vivo, arribista, aprovecharse del intruso ingenuo que además le ha comprado un pedazo de pan extra, pero al fin de cuenta plenamente justificado. El otro niño mayorcito a su lado se levanta, le dice: No hagás eso con el señor, él ha sido bueno con nosotros. Le toma el brazo. El niño se niega, insiste, eso cuesta, la cera es cara. Finalmente accede, abre un pequeño frasco de plástico, saca unas monedas y me las da. La honestidad y el agradecimiento saltan, aun en medio de las actitudes mezquinas. Me da un consejo: No use la cartera allí, en la bolsa trasera, llévela mejor adelante, alguien se la puede arrebatar.
Me levanto y les saludo. Me retiro caminando con las manos en la bolsa de la chaqueta, sopla un escurridizo viento frío. En eso un prolongado sonido de clarín suena, son las seis de la tarde. Unos elegantes soldados vestidos de gala azul y rojo están firmes a la par de las astas de diez banderas, una inmensa bandera nacional y nueve más que representan los nueve departamentos del país. De los muchos que andan por la plaza, unos se ponen de pie, otros prefieren permanecer sentados. Un nuevo toque de clarín se escucha y las banderas de la patria son arreadas.
Me acuerdo del gas natural que abarrota el subsuelo de Bolivia, tanta riqueza, la causa quizás de tanta división. En algún momento de la película dicen: “Es el gas el motivo por el que los bolivianos nos hemos dividido”.
Un taxista me dice: Yo no creo en los partidos, ni soy político, pero votaré por el tal Evo, él dice tantas cosas, vamos a ver qué hace de lo que dice cuando esté allí, es bueno que le presten la guitarra para ver qué toca. Otro me pregunta: ¿Usted aún no ha conocido Bolivia? Vea, si usté va por allí, se dará cuenta de lo grande que és y de las tantas riquezas que tiene, entonces, usté se va a preguntar ¿pero qué les pasa a estos bolivianos que tienen tanta pobreza y desempleo?

fjbautista@yahoo.com. La Paz, Bolivia.