Opinión

La educación, factor clave en las metas del milenio


IDEUCA
La Asamblea General de las Naciones Unidas, desarrollada el mes pasado, se dirige a las personas y a la humanidad con una mezcla de preocupación y de rutas de salidas para los enormes problemas y nudos críticos que afectan a la gran mayoría de la población mundial.
Casi desde el principio (No. 3), el Documento final de la Cumbre Mundial 2005, centra y concentra el interés de la Asamblea General en reafirmar la Declaración del Milenio aprobada por la Asamblea General el año 2000, cuyos objetivos del desarrollo con sus metas en porcentajes detallados están también formulados desde y para la realidad de nuestro país: Erradicar la pobreza y el hambre; alcanzar la educación primaria universal; promover la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer; reducir la mortalidad infantil; mejorar la salud materna; combatir el SIDA, la malaria y otras enfermedades; asegurar la sostenibilidad ambiental; impulsar una sociedad global para el desarrollo.
Esta es la versión, en forma de desafíos, de nuestro país. Nada de eso nos resulta ajeno, se incrusta en las entrañas mismas de nuestra realidad social. Estamos aparcados en la orilla del subdesarrollo con el imperativo de pasar a la otra orilla, a la del bienestar básico de gran parte de nuestra población con la mirada puesta en la todavía lejanía del desarrollo.
Lo preocupante es comprobar que de momento no contamos con la embarcación adecuada para hacer la travesía. Nuestra barca está muy deteriorada, se tiene que reparar su motor y encontrar quiénes la conduzcan en una dirección correcta. Por otra parte, la carga es demasiado pesada. La pobreza, el hambre, la falta de educación, las condiciones de insalubridad... etc. pesan demasiado para realizar pronto la travesía.
La pobreza en nuestro país tiene muchas expresiones que van desde lo material hasta la pobreza social y política; el hambre asociada normalmente a la falta de alimento se traslada también al hambre de justicia y de gobernabilidad; la salud necesita condiciones apropiadas para las personas, pero también para las sociedades a fin de evitar las epidemias que destruyen la convivencia humana y los valores humanos y éticos.
Sin embargo, no nos podemos quedar aparcados en esta orilla. El río es nuestro y por tanto debe serlo también la otra orilla.
La cumbre en el numeral 11 afirma: “Reconocemos que la buena gobernanza y el imperio de la ley en los planos nacional e internacional son fundamentales para el crecimiento económico sostenido, el desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza y el hambre”.
Este serio recordatorio parece dirigido a nuestro país en el que se atenta contra la buena gobernanza y está ausente el imperio de la ley, con lo cual se hace imposible el crecimiento económico sostenido, el desarrollo humano sostenible y seguirán la pobreza y el hambre destruyendo a muchas personas. La gente pobre siempre pierde, el hambre se instala en ellos como una garrapata.
En este sentido, la Cumbre hace explícita referencia a la educación (Nº 43) con estas palabras: “Destacamos la función indispensable de la educación, tanto escolar como no escolar, en el logro de la erradicación de la pobreza y de los otros objetivos del desarrollo, según lo previsto en la Declaración del Milenio, especialmente la educación básica y la formación destinada a erradicar el analfabetismo, y procuraremos ampliar la educación secundaria y superior, así como la enseñanza profesional y la capacitación técnica, en particular para mujeres y niñas, crear capacidad en materia de recursos humanos e infraestructura y empoderar a quienes viven en la pobreza”.
Este párrafo, compendio apretado de una política educativa global, tiene particular importancia al relacionar directamente, casi como causa y efecto, la educación, tanto escolar como no escolar, con la erradicación de la pobreza y el logro de los demás objetivos de desarrollo y metas del milenio.
En tal sentido si la pobreza constituye la matriz donde se nutren las carencias a cuya solución obligan los objetivos y metas del milenio, la educación se convierte en el factor clave para alcanzarlos. De ahí la trascendencia de la educación en todas sus formas y niveles con énfasis especial en la alfabetización y la educación básica para todos. La lógica trasladada a Nicaragua nos señala que mientras el analfabetismo supere el 20% y la educación primaria no acelere su paso para transitar del 83% de tasa neta actual al 100%, la pobreza estará entre nosotros como un huésped permanente, indeseado y destructor.
En este amplio desafío suena alentador constatar, según información oficial1, que los recursos destinados a financiar salud, educación, protección social y otros programas sociales ha aumentado de C$6.118 a C$11.316 millones de córdobas entre 2001 y 2005, lo que hace que el gasto por habitante pobre se incremente en más de un 66% en el mismo período a la par que los incrementos salariales al personal de educación sean del 81%.
Esto confirma que Nicaragua está en la travesía de lo probable hacia lo presumiblemente cercano respecto al logro de los objetivos y metas del milenio el año 2015. Para ello hace falta incrementar mucho más la inversión en los factores que inciden directamente en la reducción de la pobreza y acelerar el ritmo de esa travesía por parte de todos. Es que la pobreza, en varias de sus manifestaciones, sigue dando señales de pretender aferrarse en amplios sectores de nuestra población.