Opinión

Prostitución


He tenido la oportunidad de estar cerca de algunas de ellas. He podido hablar, conocer algo más, desde otro ámbito, a muchachas que alquilan su sexo por la noche. Hay mil razones, mil historias, mil locuras y también mil formas de soledad que traen a una joven a la carretera a Masaya, como a cualquier avenida de cualquier ciudad de Latinoamérica, de Europa, del mundo. A causa de un trabajo en el que andaba, me tocó también visitar a algunas de ellas en su amanecer, es decir, cuando se han tenido que levantar con el sol ya muy alto porque hay una niña, una hija que alimentar, o que peinar para que vaya al colegio, o un mujer anciana, una madre que no sabe nada, que no quiere saber nada, pero con la que se vive y se soluciona la comida del día siguiente, a pesar de los pesares.
En alguna ocasión, haciendo entrevistas sobre la enfermedad del SIDA, tuve que acercarme a ese mundo de la prostitución en sus diversas formas: calle, ventas, casas particulares, trastiendas, moteles, carros alquilados para la ocasión, y también bares, discos, e incluso, la prostitución que se da en el campos o entre las casas vecinas de algunos barrios. Y después de todo eso, entiendo a quienes tratan de ayudar a las mujeres, muchas niñas, que entran en la prostitución por considerarla un envilecimiento, una suerte de esclavitud o de humillación, pero por más que lo siento y lo pienso, no considero que esa forma de prostitución sea de las peores. Al menos, no es la peor, tal vez incluso sea la que tiene menos culpa. La gran tragedia es la miseria, la humillación de la pobreza en todos los sentidos, la falta de una opción, la ceguera obligatoria, el desinterés y el abandono. No. La peor forma, la forma más genuina de prostitución es otra, la más dañina, un poco la de todos.
Y esa prostitución es algo que va creciendo de poquito en poquito. Pongamos por ejemplo a cualquiera de nosotros, o mejor un líder, un político, un artista, un empresario, tal vez un sacerdote, en fin, una persona pública por diversos motivos. Al principio, con los ardores de la juventud, nos mueve cualquier ideal de justicia, de solidaridad, de libertad. Entonces nos decimos aquello de que merece la pena vivir por aquello que vale la pena morir. Luego, ese fuego, también poquito a poco, se va consumiendo, una especie de erosión paciente a la que vamos asistiendo dentro de cada uno, pero a la que no se le vigila debidamente.
Al principio, las palabras que defiende esa persona tienen más sentido, porque ya no son palabras, sino que se les siente latir, un corazón, una vida que arrastra a otras. De cuántos líderes no nos hemos dejado emocionar, de cuántos líderes no nos hemos encandilado hasta llegar al punto de disponer de todo lo nuestro por la causa de la que hablaban, nuestra causa. Pero el tiempo ha pasado. Los líderes ya se han subido en muchas tribunas, han presidido muchos actos, han escuchado demasiadas alabanzas, o se han sentido inmensos en los altares. Y el tiempo ha pasado. El ideal ya no es redondo, no tiene música, y el aire que respiran ya no es tan puro. Las cosas no son lo que eran, hay que adaptarse a las situaciones, si revolución, revolucionarios; si neoliberalismo, neoliberales, pero en las palabras no se cambia, y entonces se vuelven sucias, mentiras. Y empiezan los pactos. Acordaremos adormecer una parte de nuestra conciencia para que no nos duele esa parte mientras sonreímos en una foto junto al que nos compra o nos vende. Porque está en venta una buena parte de lo más hermoso en que alguna vez creímos. Una parte de nosotros mismos. A veces, muchas veces, es por dinero. Firmamos con quienes representan lo contrario a lo que creemos, a cambio de dinero.
No se trata de culparnos, se necesita sobrevivir y uno se tiene que tragar la saliva amarga para no escupir donde se está firmando, porque muchas veces no es la vida de uno, sino la de otros que están con uno lo que cuenta: los hijos, las madres enfermas, el miedo. El miedo ante todo. “Cuando no nuestras acciones, son nuestros miedos los que nos hacen traidores”, decía el mejor poeta inglés de todos los tiempos. Nos enseñan a no morder la mano que nos da de comer, aunque sea la misma mano que nos roba y nos obliga a volver a mendigar el pan para los nuestros. Otras veces, es simplemente por conservar poder, creyendo que lo hacemos, doble prostitución por el bien de muchos, creyéndonos que casi por nosotros sale el sol y se esconde en nuestro círculo. Y así, poco a poco. En una mesa de tragos, se recuerdan los tiempos hermosos, del todo por nada, aún se llora con la letra de alguna canción, eso es todo. En la mañana dolor de cabeza, y enseguida volvemos a sedar otro poquito más de la conciencia. Dinero, poder, miedo al futuro, incapacidad de ver otras salidas, ambición, soledad, desesperación, fragilidad, y cien causas más para terminar diciendo que en lugar de prostituirnos, estamos siendo realistas, o prácticos o habilidosos por el bien de otros.
Sin embargo, a veces, he visto en esas muchachas de la prostitución del sexo, no de la conciencia, los gestos de la ternura más grande entre ellas mismas, con sus hijas, y también unos arranques de dignidad en medio de todo, cuando han querido dar un golpe sobre un vehículo al que no querían subirse simplemente porque les habían ofendido esa dignidad. También nosotros, o esos líderes, o esos personajes públicos, a veces, como en un espejo, nos vemos, les vemos en una acción que parece de dignidad, como si de vez en cuando, fuera posible que los sueños vuelvan a vivir nuevos. A uno le gustaría agarrar aire suficiente, valor, para borracho o no, gritar para la historia “Que se rinda tu madre” y después morirse; o mejor aún, vivir como si se hubiera vuelto a nacer. Pero en algunos casos, el tiempo y las noches de alquiler de la conciencia ya han hecho un trabajo muy avanzado y es difícil limpiar el papel donde se firma un pacto. Puede que sea la condición humana.
El problema es que muchos, muchos, han creído tanto y tan limpiamente que han dado lo mejor de sí mismos. Pero casi todos, hemos guardado silencio, alguna vez, algunas veces, nos hemos puesto en alquiler, y nadie nos ha gritado como le gritan a esas muchachas en la carretera a Masaya los carros que pasan, y que al fin y al cabo sólo están vendiendo el sexo, no la conciencia. Nadie. Y a la hora de la verdad, no nos falta una piedra en la mano para ponernos en grupo y lanzarla sobre cualquiera. Menos mal que alguien siempre pregunta, ¿quién lanzará primero? Y entonces, uno se detiene, la deja caer de la mano disimuladamente, como quien no quiere la cosa, volviendo a esconderse y a prometerse que mañana irá en busca nuevamente de las razones que el corazón tiene para vivir, y se aparta del grupo, como si hubiese pasado por allí de casualidad, y se va quedando callado, como si terminara poco a poco de escribir este artículo y se limpia la mano de los restos de la piedra, y pide perdón, y se va en busca del aire del mar.
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