Opinión

El servilismo nunca es respetado


Los que escuchamos el mensaje a la nación del presidente Bolaños el lunes 10 de octubre por la noche, pudimos darnos cuenta de que, para él, la bondad de su gestión se basa más que nada en el gran respaldo internacional que dice tener. Lo dijo varias veces. Ernesto Leal también hizo alarde del respaldo y prestigio de que supuestamente goza el gobierno de la nueva era. Creo que fue el propio presidente quien se aventuró a mencionar todas las agrupaciones políticas mundiales y regionales que lo apoyan. Me parece que los únicos que se quedaron fuera de la lista de tantos supuestos “amigos de Bolaños” fueron el Movimiento de Países no Alineados y el Foro de Sao Paulo.
Con ese tipo de antecedentes en cuanto a prestigio y respaldo internacional, se tenía que dar por descontado que, en la contienda por el escaño de América Latina en el Consejo de Seguridad de la ONU, Nicaragua saldría ganadora, sobretodo si tomamos en cuenta que el Perú de hoy no goza de tanta aceptación internacional como la que dice tener don Enrique.
Entonces, ¿qué es lo que pasó? Nicaragua no sólo no ganó – fue aplastada por Perú con una diferencia de 101 votos. Nicaragua obtuvo apenas 43 votos contra los 144 del Perú. Ese fue el resultado que se obtuvo a pesar de que, según don Enrique, Leal y Caldera, Nicaragua esté tan bien posicionada en cuanto a prestigio se refiere. ¿Cómo hubiera sido si, en vez de tener tanto apoyo internacional y tan maravillosas relaciones con Estados Unidos, más bien Washington estuviera en contra del gobierno de la nueva era? A lo mejor no le hubiera ido tan mal.
Lo que quiero decir con esto es que don Enrique está muy engañado en cuanto a la imagen internacional de su gobierno. En vez de ser visto como un gobierno de dignidad y de principios, que pudiera tener algo que ofrecer a la causa de la paz desde un escaño en el Consejo de Seguridad, el gobierno de don Enrique es visto como un gobierno servil que, al igual que el de Somoza, sólo obedece órdenes y avala hasta los más criminales planes de los yankis sin importarle, para ello, ir en contra de los más fundamentales principios de la Carta. El voto de Nicaragua en el Consejo, sería un voto más para los gringos.
El gran error de don Enrique y de sus consejeros es pensar que por tener el “apoyo” gringo lo tienen todo. Eso fue lo que pensaba el ex presidente Flores de El Salvador y, en mucho menor medida, el Canciller de México. Ninguno de ellos pudo ser electo Secretario General de la OEA precisamente por su “amistad” con Washington.
En el ambiente actual de repudio universal al gobierno de Bush y de toma de conciencia anti-injerencista en América Latina, el patrocinio de Estados Unidos es el beso de la muerte.
Hasta los años ochenta se manejaba que Estados Unidos, mediante sus acostumbradas presiones, intimidaciones, amenazas y torcederas de brazo, podría impedir el acceso de cualquier país al Consejo de Seguridad. Y así había sido hasta que nosotros ganamos un escaño para 1983 y 1984. El “tercio bloqueador” de los yankis se rompió por primera vez. Y no es, como el señor Mauricio Díaz pretende, que hayamos ganado ese escaño por “Carambola”, después de 12 rondas de votaciones. Esa es una solemne mentira con la que el señor Díaz, Director de Organismos y Conferencias en la Cancillería, pretende que su fracaso no sea tan mal visto. Además ganamos en la segunda votación, como se acostumbra.
Cuando Nicaragua lanza la candidatura al Consejo de Seguridad en 1982, el gobierno de Reagan no perdió ni un minuto en promover una feroz campaña, como pocas veces antes se había visto, a favor de República Dominicana que había sido escogido como el mejor contrincante para derrotar a Nicaragua. La realidad interna de nuestro país no era tan sólo de desgaste por las “discusiones políticas intestinas” como las de hoy en que la Cancillería pretende excusar su vergonzosa actuación en la ONU. Lo que Nicaragua tenía en el ’82 era una guerra ideada, armada, financiada y dirigida por los Estados Unidos y respaldada, además, por una gigantesca campaña publicitaria de Reagan contra la Revolución.
Ganar en aquellas circunstancias era algo que para muchos resultaba inconcebible. Recuerdo que cuando me despedí de Daniel y le dije que tenía ganas de competir para el Consejo me contestó: “No te arriesgués innecesariamente. Si no ves que tenemos una muy seria posibilidad de ganar no te lancés. Manejalo con mucha discreción”. Era muy lindo trabajar con Daniel. El siempre ha sido un hombre de visión, de entrega incuestionable a la causa sandinista y que además, goza de un respeto internacional que pocos hombres en la historia de América Latina han alcanzado.
Ciertamente que a mí me tocó dar la batalla en la ONU, allá me desplacé por todo el periodo de la asamblea general y hasta el día que fuimos elegidos. Hablé con todos los cancilleres del mundo allí reunidos en el contexto de encuentros bilaterales de una media hora cada uno. Pero yo no estaba solo. Contaba con un maravilloso equipo de apoyo de cancillería y con Norita Astorga. Pero era nuestro heroico pueblo en armas y Daniel quienes más nos acompañaron e hicieron posible la victoria por la admiración y respeto que el mundo siente por las personas consecuentes. Eso es lo que Nicaragua perdió y que sólo podrá volver a tener con el triunfo de Daniel en las elecciones del 2006. Sólo entonces volveremos a rescatar la dignidad y el verdadero reconocimiento y respeto de los pueblos. Mientras tanto sólo seguiremos recibiendo pruebas de que a los serviles, ni sus “amigos” los respetan.