Opinión

Paz espiritual para Nicaragua


Quizá fue en uno de sus pródigos momentos de lucidez que nuestro poeta Alfonso Cortés concibió La Canción del Espacio, poema de asombrosa esencia y profundidad metafísica. Trasmutando su locura en genialidad iconoclasta afirma: “Y pensar que todavía creamos que es más grande o más útil la paz mundial que la paz de un solo salvaje…” Semejante admonición no fue fortuita, pues fue en una noche de 1927, año que escribió el poema, cuando lo atrapó el torbellino de la locura en la casa que fue de Rubén, circunstancias excepcionales que angustiaron tanto su espíritu que para él, en este caso, un solo salvaje, la paz mundial careció de total importancia, si es que alguna vez la tuvo para el poeta. Error macizo sería pensar que lo afirmado es sólo producto de su mente perturbada, pues el mensaje está allí, la necesidad de paz está demandada y declarada.
Apartándonos del poeta se puede afirmar que un espíritu poseído por la angustia, el dolor, el temor, el odio, la ira o la venganza es incapaz de vivir en paz, entendiendo por paz, esa condición sine qua non que hombres y mujeres necesitamos para vivir, crear, producir, trabajar, y sobre todo para amar, pues alguien sin paz es un discapacitado para amar, sentimiento que además de humanizar y dinamizar la vida, aplaca y destierra tormentas surgidas de corazones enfermos. La paz crea confianza, seguridad, solidaridad, amistad, esperanza, libertad y fe, esa capacidad de creer en lo que no vemos y que nos conduce a lo sobrenatural, a lo que los creyentes llaman milagros y los agnósticos, casualidades.
Vivir en paz no es igual a vivir sin guerra. En Nicaragua terminó la guerra, pero no vivimos en paz. Cada día se asesina, se viola, se mutila, se arremete, se envidia, se ofende, se ataca, se despoja, se roba, se miente, se engaña, se blasfema y se maldice. Y no puede tener paz quien carga en sus entrañas tales energías destructivas, que día a día y poco a poco lo van devorando hasta arrebatarle la vida como el peor de los cánceres. Aunque aparenten fortaleza, esas personas en su intimidad sufren y lloran y ese dolor los apaga y desvalora, y la vida para alguien devaluado no tiene razón de ser.
En esas circunstancias ocurre lo inimaginable. El suicida estaba angustiado, enloquecido, muerto en vida, entonces qué motivación tenía para seguir viviendo.
El homicida desprecia la vida y la arrebata para robar pequeñeces o vengar ofensas que fue incapaz de perdonar. A diario nos lesionamos por trivialidades que en otras condiciones ni siquiera serían consideradas, pero cuando los espíritus están poseídos por la rabia son suficientes para ensañarse contra padres, madres, hermanos, hijos, amigos, vecinos o desconocidos. La justicia ha sido atropellada y los hombres públicos se prostituyen por gula o ambición. Los muchachos encuentran en las pandillas la protección negada por sus propias familias y empandillados golpean, fracturan, violan, drogan y matan sin saber cuándo ni por qué. Los espíritus despojados de paz padecen guerras internas despiadadas, rumian veneno y son sus jueces más feroces.
El organismo social de Nicaragua necesita con urgencia la paz. Cada nicaragüense debe alcanzar la paz consigo y con los demás, antes que colapsemos como sociedad. Nuestro país carga demasiado rencor acumulado, demasiada sangre derramada, demasiada vida cercenada, demasiada maldición proferida. Cincuenta mil muertos antes y cincuenta mil después son demasiados espíritus mutilados por el odio. Nuestra sanación espiritual es un asunto de vida o muerte. Y no son ni los Zoellick, ni los Travelli ni los caudillos quienes pueden resolver esta situación. Tampoco pueden hacerlo los cargos públicos, el dinero, el poder, ni las drogas. Menos la lujuria o las brujerías.
No es imposible cambiar este estado de cosas, pues nada es imposible para el que todo lo puede. Se debe comenzar perdonando a quienes nos ofendieron y pedir perdón a los que hicimos daño. El perdón es capaz de romper cadenas de oprobio y muerte, de limpiar nuestros males, de erradicar sentimientos venenosos y acercarnos a la Verdad. Y ésta nos hará libres. Para perdonar y alcanzar la paz verdadera se debe buscar a Dios como cada quien lo conciba, a Jesucristo, y creer en su Palabra, que encierra la Verdad y la vida. El espíritu necesita alimentarse de amor, que es la fuerza que anima el universo.
Escrito está: “Así pues, dejen ustedes todo lo impuro y la maldad que tanto abunda y acepten humildemente el mensaje que se ha sembrado en su corazón, pues ese mensaje tiene poder para salvarlos. Pero no basta con oír el mensaje; hay que ponerlo en práctica, pues de lo contrario se estarían engañando ustedes mismos. (Santiago 1:21-22).
Managua, Oct. 8, 2005.