Opinión

Ovejas golpeadas por sus pastores


Es poco lo que puede hacer un hombre por otro, cuando trata de guiarlo hacia una verdad suprema. Sobre todo, en una época en que se sospecha de las verdades y más si se agrega el concepto de absoluto, un término muy desacreditado en esa etnia intelectual de “tejedores de telarañas” como llamaba Nietszche a los filósofos.
De hecho, cada hombre es un ente absoluto en su metro cuadrado. Yo pienso que hay una verdad y esta es Jesús o Yeshua. Lo acepto. Pero no es un reconocimiento mío, porque yo lo deseé. Creo que es al contrario. Uno no elige. Lo eligen. Es más, todos somos llamados, por tanto, elegidos. Luego, si he reconocido esa verdad, ¿deberé luchar con todas mis fuerzas para que aquellos que no la tienen ---desde mi perspectiva--- terminen coincidiendo conmigo?
En las iglesias, y así se acostumbró la sociedad circundante, quien no asuma el credo oficial, no era bien visto. Pasa en los partidos de izquierda. Pero con el tiempo las verdades fueron pereciendo por la inercia de sus creyentes. Verdades guardadas en el sótano de las conveniencias, finalmente se tornan preciosas mentiras en tales manos. Total, las diferencias entre un ateo militante y un católico de nombre eran nulas.
En los años 60 y 70 entraron vigorosamente “las sectas” como peyorativamente se vio el fenómeno del pentecostalismo promovido desde los Estados Unidos.
Rápidamente se instalaron y crecieron geométricamente, mientras las iglesias protestantes históricas lo hacían en cámara lenta. Muchos de los líderes pentecostales surgieron de los tradicionales bautistas, nazarenos o centroamericanos.
Notaron rigidez en su teología y ritualismo. Pensaron que las autoridades religiosas no dejaban que “el mover” del Espíritu Santo se manifestara. Por eso, imposibilitados de “hablar en lenguas”, fueron a levantar tienda aparte.
División: la enfermedad del siglo
El proceso de división llegó como un ventarrón a los templos. Era el viento fresco de moda. Y esa pertinaz fragmentación es como un cuento de Borges. Una larga, infinita muralla china de generaciones perdidas o partidas, casi da lo mismo.
Aun, las mismas pentecostalísimas congregaciones siguieron el errático rumbo del crecimiento de las células. Y de estas otras, y así, en un caótico “mover” o “avivamiento”, donde se le achaca al Espíritu Santo situaciones donde, por lógica formal e informal, por sentido común, ya no digamos lo que sostienen las Escrituras, nada tiene que ver.
Ahora, los que una vez acusaron de tradicionalismo a sus iglesias madres, por lo cual se fueron, se ven enfrentados a un episodio que ya antes vivieron, sólo que con los papeles invertidos: ellos son la institución y sus fieles los herejes del trabajo de tantos años.
Es conocido el modelo de pescar en pecera ajena. Las megas iglesias son receptoras de evangélicos reciclados. Hay una iglesia que envía buses hasta Ciudad Sandino para “saquear” las almas de las iglesias locales. Canibalismo pentecostal. “Espíritu saltarín”, dijo Yiye Avila en 1997.
El sentido de la verdad cristiana se ha disipado. La iglesia evangélica ---una tendencia--- ahora se ve como una empresa. Si a un individuo ya no le gustó cualquier detalle de su pastor –su corbata verde---, se reúne con otros, manifiesta su malestar y pronto ya lo vemos hacer tienda aparte, y así aparece la “Iglesia Rosa del Líbano” o “Iglesia de Sión”.
Esta división que hoy se ve perpetua nada tiene que ver con lo que uno lee en las cartas de Pablo, en la narración del doctor Lucas sobre los acontecimientos de Pablo, aunque se le haya titulado “Hechos de los Apóstoles”.
Yo me quedé asombrado cuando el predicador carismático renovado católico Salvador Gómez hizo un llamado a través de EL NUEVO DIARIO a los creyentes evangélicos para que no se atomizaran y reconocieran la voz de su pastor. Es decir, no se vayan de su iglesia. Respeten a su líder. Ni siquiera dijo: vuelvan a la Iglesia Católica.
Sin embargo, desde que el conferencista dijo eso, quizás en 1998, en el inventario de iglesias, muchas han surgido y no propiamente por un trabajo apostólico, sino por pura división. Luego, ante esta “feria” de “iglesias”, ¿debemos nosotros considerar que la verdad está únicamente en la acera evangélica?
Ninguna iglesia es depositaria de la verdad en tanto institución regida por hombres. Ecclesia es asamblea. Ser de una parcela religiosa ---y también hay latifundios religiosos--- lo puede volver a uno demasiado relativo. Al fin y al cabo, son numerosos los nombres de las denominaciones. Los nombres de Dios son muchos, pero su verdad se consolida en una: Cristo.
Yo no creo que la Verdad se esparza en tucos. Cada quien por su lado con lo que considera “su” verdad. A Jesús no se le puede “astillar” como hacen los brasileños del “Pare de sufrir”.
Se habla de los dobles discursos en la arena política. Sin embargo, el mismo se mantiene en el ámbito religioso. Pero la verdad que proclamara Cristo, como el arte puro ---diría Rubén Darío: Ego sun lux et verita et vita --- no es ni parecido a un terrible proceso de agotamiento por fraccionalismo. O ese constante ir y venir de una parcela a otra.
Parábola del lustrador caído
Se suponía que los administradores de la fe divina en la Tierra eran la reserva moral de una sociedad. Ahora vemos que estos operadores evangélicos ---un ex presidente de la Alianza Evangélica y otro directivo actual---...se abrazan y festejan a un ex presidente que faltó espectacularmente al VIII Mandamiento de la Ley del Sinaí.
Un día me encontré con un hombre. Se gana la vida sacando brillo al calzado. Lo noté triste. “Ando caído”, me dijo en La Meseta de Los Pueblos. En el lenguaje evangélico, un hombre “destituido de la gloria de Dios”. Su pecado: se echó sus tragos.
Noté su dolor. Sentía que había hecho mal, según se le ha enseñado.
También sé que una vez, en una iglesia pentecostal, asistió una conocida cantante. Buscaba a Dios. El pastor, al reconocerla, comenzó a hablar en contra de los famosos, de esa gente vanidosa, bla, bla, bla.
Una vez, me encontré al mismo pastor, y al cuestionarle que por qué buscaban el respaldo para “x” cosa al ex presidente que arrasó con el VIII Mandamiento, me dijo de lo más campante: --- Él es el que manda---.
El problema del “caído” y de la vocalista es que no mandan. Pasa en el mundo, ¿por qué no en las iglesias?
Hay pastores que mantienen a las jóvenes sometidas al remedo de lo que entienden en su precaria teología sobre lo que es la fe cristiana. No les permiten el uso de pantalones o faldas relativamente cortas, pintarse la cara, en fin, lo que debe hacer una mujer. Hasta las reprimen: pecado terrible escuchar a Lennon, “Polvo sobre el viento”... ¡Ah, grrr música mundana!
Esta es una pequeña muestra de los “enormes pecados” que con tanta vehemencia se atacan desde un púlpito: el lustrador “caído”, la cantante “vanidosa” y la chavala empantalonada. Otros incluso detestan el cabello corto en una dama.
El tabú de los jerarcas
No obstante, cuando un “jerarca” pentecostal mantiene unas excelentes relaciones con un podrido político, no importan cuánto haya robado al Estado, es decir a todo un pueblo; o uno de ellos haya sido denunciado por acoso sexual, como saben muchos, pero callan y hasta apoyan su seudo liderazgo, el silencio o la indiferencia o simplemente el tema se sabe, pero no se toca. Un tabú.
Advertí que hay en este mundo creyentes ingenuos de iglesias donde la verdad ha sido mal contada. Cristianos que viven sometidos a un estilo de vida que los “de arriba” ni siquiera son capaces de soportar ni siquiera un par de días en la semana. ¿Luego, yo deberé comportarme como los fariseos?
Marcos Witt, en su prédica “Ensancha 2006”, en Guatemala, dijo: “Hay muchas ovejas por toda América Latina más golpeadas por sus pastores que por la vida misma. Esto me tiene muy triste, porque son sus ovejas y Dios va a reclamar eso de nuestras manos; son sus ovejas, su ministerio, su reino, el honor, y la Gloria”.
Un joven teólogo me comentó en un bus camino a Carazo que hay una tendencia entre los pastores en mantener amedrentadas a sus ovejas. De tal forma, que aunque se predique una verdad, hay dos mundos: el de los creyentes y el de sus guías. En el primero de estos mundos, las reglas son inflexibles, duras, férreas. En la otra esfera, la rigidez desaparece. Se saluda al ladrón de este siglo, se le abraza como héroe moderno, se apoyan los dudosos derroteros del poder temporal y todo bien.
Por eso, sé que San Agustín debió tener mucha razón para escribir así:
“Hablar conforme a la realidad no es posible. Me atrevo a decir, hermanos míos, que ni el mismo Juan dijo como es, sino como él pudo. Es siempre un hombre el que habla de Dios. Ciertamente inspirado por Dios, pero un hombre. Porque estuvo inspirado dijo algo; sin la inspiración no hubiera dicho nada. Porque el inspirado fue un hombre, no dijo todo lo que hay, sino lo que puede decir el hombre”.
He de pensar que una verdad se difunde más con la vida que con la doctrina.