Opinión

Una raíz escondida - NUEVA GENERACION


A María Lacayo Terán,
un pequeño homenaje
por su nobleza y
distinción altruista

Trato de recordar cómo Oriana Fallaci describe a Henry Kissinger. Mas recuerdo que Kissinger es la antítesis de la persona a quien pretendo describir. Aún así, me parece que existe una extraña semejanza entre ambos: cada uno de ellos, y de forma diametralmente opuesta, ha librado una dura guerra. Él, a través de bombardeos y matanzas; ella, en un campo de batalla donde no hubo soldados ni armas. Tampoco hubo armisticio.
Tal vez pueda describirla a través de su nombre: María. Como María, la madre de Jesús, a quien la historia le concedió la mayúscula inicial, como dice Saramago. La María que mientras sufría la pérdida del hijo que entregó su vida por los pecados de la humanidad, cuidó fraternalmente de los discípulos. De esta María tuvo el coraje y valentía para defender los intereses de quienes adoptó como sus hijos: mendigos, ancianos, desposeídos y tuberculosos.
Trabajó de manera ardua y continua por el bienestar de los demás, de todo aquel que se acercó a la casa esquinera cerca de La Recolección y expresó su situación. Todo lo tuvo, pero su intención fue lo mejor. Decir que trabajó toda una vida por reconocimientos y honores es como afirmar que las guerras motivan la paz mundial. “Fue como la raíz escondida que no pide premio alguno por llenar de flores las ramas”. La prueba está en que murió sin gloria ni honores. Casi en el anonimato.
Ella es una María a quien la historia no le concederá un puesto ideal, pero que, como expresó Confucio hace dos milenios, ha muerto sin arrepentimientos porque “si un hombre escucha de mañana el camino correcto, puede morir por la tarde sin arrepentimientos”. Y eso hizo mientras vivió. Ayudó a conseguir el bien común: dio de comer a quien no tenía ni un ínfimo trozo de pan; ofreció estudios a través del Instituto Técnico Vocacional Manuel Ignacio Lacayo, de donde egresaron técnicos agrónomos y maestros de obra de gran calidad; construyó una clínica para albergar a enfermos de tuberculosis; además del Sanatorio Rosario Terán, del que todos los leoneses pueden dar fe; y hasta el día de su muerte alivió las carencias de enfermos con cáncer.
“La multitud es falsa”, decía el filósofo danés Søren Kierkegaard. Y yo he empezado a creerlo. Y me pregunto, ¿en dónde se hallará toda la gente a quien esta señora ayudó durante toda su vida? Ésta es una pregunta que con dificultad podré responderme, pero que inevitablemente me llena de disgusto. Tanta apatía e ingratitud es inadmisible. Inadmisible, porque gran parte de la ciudadanía leonesa fue beneficiada por sus obras. Y gran parte de la ciudadanía leonesa estuvo ausente en su despedida. Un solo sacerdote se hizo presente. Y muchos de ellos se congraciaron con ella en vida. ¿Acaso no era mínimo una Eucaristía concelebrada para una verdadera católica, para quien de verdad y sin demagogia practicó con fidelidad el precepto de “ama a los otros como a ti mismo”?
Al final, fue acompañada por quienes realmente se enardecen de haberla conocido. Por aquel triste joven que humildemente ofrendó las flores de narciso que colocó sobre su féretro y por quienes le acompañaron en su lecho de muerte. El descanso eterno está listo para usted Niña María. Las indulgencias están de más.

*mcordobanunez@yahoo.com