Opinión

La tregua


Lo que más me gustaba de aquella casa era que cuando pasaba cerca, ya oscureciendo, al más mínimo ruido de unos pasos, asomaban curiosas, por la única ventana, las dos cabecitas de las hijas de Nicho. Si uno les sorprendía fisgando, no se aguantaban la risa al verse descubiertas y se ocultaban de nuevo, aunque sus risas nerviosas seguían oyéndose en la oscuridad y también, contagiando al que pasaba. Hace tiempo que Nicho ya no está en la casa. Tuvo que venderla por un poquito, no la casa, sino el terreno, porque la casa en sí no era mucho: unas paredes de tablones ya inclinados que sin embargo les habían cobijado durante toda una vida (los once años que tenía una de las hijas que asomaban su cabecita por la ventana) de la lluvia, de la sacudida de los temblores y hasta de las pesadillas por la noche. También habían soportado los golpes de la policía cuando venían en busca de Nicho para reclamarle viejas deudas pendientes. La casa no tardaron en derrumbarla en cuestión de segundos cuando vino el nuevo dueño. Nicho, con el dinero de la venta, pudo pagar las tres o cuatro primeras deudas más fuertes y aún comprarse una casita, mucho más pobre que la que tenía, en otro reparto mucho más pobre que en el que había vivido. Allí instalaron una mini pulpería con cuatro cosas que no les daba lo suficiente para mantenerse. El paso de Nicho y su familia de miseria en miseria era difícil de entender sino fuera por aquellas deudas que le tenían asfixiado. Creo que alguien le preguntó un día si aquel cambio merecía la pena, y él contestó suspirando que al menos significaba un respiro, que necesitaba una tregua por un tiempo.
Nicho había sido uno de aquellos hombres que cuando los ochenta fueron parte de una elite de combate del Ejército Popular Sandinista, es decir un grupo selecto entrenado para la guerra por los mejores en contra inteligencia, y muchas otras cosas. Pero cuando ya no hubo guerra, Nicho como tantos otros se hallaron en un mundo con el que tuvieron que aprender de nuevo a convivir. Ha estado trabajando en varias empresas de seguridad, vigilando casas, oficinas y dependencias de personas, algunas famosas, algunas, antiguos altos mandos en los ochenta, y él los ha visto ahora entrar y salir en sus camionetas sin más, los ha visto en el sinsentido con el que han acaparado lo que no tiene el pueblo de Nicaragua, sin ninguna justificación para esa riqueza, sin ninguna causa.
Algunos se están beneficiando mucho de la situación por la que pasa el país (ya no diré “este país”, porque de lo contrario Onofre Guevara me regañaría). Pero cuando el mismo Bolaños tuvo que acudir recientemente a acompañar a sus ministros al aeropuerto de Managua el día que iban a volar en busca del auxilio de Washington se terminó de evidenciar el desgobierno absoluto que reina en Nicaragua. Con un ex presidente, Alemán, en espera de juicio anunciando su venganza por las calles de Managua, con Daniel, otro ex presidente sordo y ciego al juicio que ya le hizo el pueblo en tres ocasiones por cada derrota electoral, lo cual no le impide seguir retorciendo las tuercas para ver si fija de una vez su vuelta al poder; y con las facciones liberales tratando de ganar terreno a uno y otro costado, pocas alternativas quedan ya a las que optar y pocas cosas en las que creer cuando vienen de esta gente. El cuadro se completa con la terquedad (en palabras de un periodista que lo entrevistó) del ingeniero Bolaños que está cometiendo el mismo gran pecado de los enfermos del poder: convertir la presidencia del gobierno en una cuestión personal (de aquí no me sacan hasta que terminen los años de mandato).
Después de todo, hay que dar gracias al cielo de que todos los caudillos, actores y líderes de estos juegos políticos que colapsan las noticias de prensa, radio y televisión no gocen ya de mucha credibilidad ante la mayoría de los nicaragüenses, porque eso sería lo realmente peligroso. Esto no quita que la situación actual generada por la desvergüenza de todos estos políticos que no ceden ni una uña de su dedo por el bien de Nicaragua, puede producir hechos violentos motivados por la desesperación que asola el presente y el futuro de muchas familias.
Para ejecutar un movimiento político se ejerce la presión social. Esto es inhumano e inmoral. Es decir para sentar la prepotencia del presidente, desde la oposición se paraliza la capital, el país o lo que sea. Es decir, se hace lícito utilizar el sufrimiento de la población para un juego de ellos. El presidente si no se asiste de la ayuda intimidatoria de Zoellick (quien no merece que se le atienda, ya se la jugó a Centroamérica con el Cafta cuando era responsable del tratado), sólo tiene dos salidas: o renunciar (porque no tiene sentido seguir gobernando un país donde no se deja gobernar y que tiene que hacer huir a sus ministros a Washington) o sentarse a dialogar a pesar de todo.
Después, del diálogo, sólo pueden salir dos cosas: o un adelanto de elecciones; o una tregua hasta el fin del período presidencial de Enrique Bolaños que, a estas alturas, tendría el único fin de hacer buena cara a la comunidad internacional antes que la situación se agrave más que para finalizar un plan de gobierno que no creo que dependa ya de la fecha de finalización del mandato de Enrique Bolaños. Sin embargo, queda muy poco tiempo para las próximas elecciones como para que la comunidad internacional ponga su confianza de nuevo en el país. Pero un año de ingobernabilidad más sería un sufrimiento largo que Nicaragua no se merece.
Sería difícil juzgar si un adelanto de elecciones puede ser conveniente o no, pero de lo que ya no hay duda es que nadie puede creerse cuando los líderes políticos hablan de sus “intenciones” de tranquilizar y servir a Nicaragua. La mentira es una costumbre demasiado arraigada en la Asamblea y en las mansiones de los políticos y de algunos jueces, y lo peor de esa mentira es que ensucia palabras hermosas puestas en boca de algunos. Cuando las palabras hermosas se ensucian con los actos, entonces es como que nos robaran esas palabras y sólo nos quedara silencio. Pero si, a pesar de todo, se insiste en respetar la fecha de elecciones para el año que viene, entonces la forma ideal para llegar a esta solución es el compromiso de una tregua de un año, una especie de alto al fuego en esta batalla de la que sólo pueden estar beneficiándose algunos malvados. Y si esto no lo quieren los que ahora tienen el control del Poder Judicial, del Poder Electoral y de tantas otras cosas, por favor, entonces, no dejen a nuestra Nicaragua sufrir esta lenta agonía. Lo que vayan a hacer, háganlo de una vez, y que conste que esto no es una incitación a un golpe de Estado, sino una invitación a que alguien ceda: o que Daniel o Alemán cedan un ápice de sus ambiciones o que Bolaños ceda un poco de su arrogancia, y renuncie o acepte seguir gobernando casi sin poderes. ¡POR LO QUE MÁS QUIERAN DENNOS UNA TREGUA! Que alguno dé el primer paso. Ya lo demás no importa, si Nicaragua está sufriendo. Entre miseria y miseria, únicamente se aspira a la posibilidad de una tregua, hasta que todos los caudillos se vayan, y entonces podamos rescatar las palabras de nuevo limpias, de nuevo hermosas, y sean las nuestras, pronunciadas con acento de pueblo nicaragüense, las que al decirlas se clavan en el corazón y se traducen en vida. Son las palabras de justicia y libertad que Nicaragua sabe mejor que nadie como se escriben, como se dicen, y como se viven.

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