Opinión

El mono gramático*


El poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998) fue el hombre de letras más sobresaliente de su país y fue uno de los pocos ganadores recientes del Premio Nobel de Literatura (1990) que hizo honor al premio (el otro fue José Saramago). Aunque he trabajado la mayor parte de su poesía (con ayuda de traductores distinguidos y de varios diccionarios), no puedo decir que conozca toda su obra en prosa, sorprendentemente diversa a causa de la universalidad de sus intereses.
Me limitaré, pues, a buscar su genio en su poesía y en “El laberinto de la soledad”, donde intenta definir la identidad mexicana y en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, su biografía crítica de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), la primera poeta mexicana y latinoamericana importante. De sus numerosos escritos sobre poesía, el que me parece más útil como complemento a su propia obra poética es “El arco y la lira”.
Paz nació en Ciudad de México, de padre mestizo y madre española, y de su padre heredó la tradición revolucionaria. Paz escribía poesía desde niño y empezó a publicar a los 17. En 1937 fue a España a apoyar la República contra los fascistas, pero ante la presión para que no se uniera al ejército sino que trabajara por ellos en México, regresó a casa y se dedicó al periodismo político.
En 1944 pasó un año en Nueva York y San Francisco, y el año siguiente vivió en París, donde frecuentó a André Breton y el grupo surrealista. Desde 1946 hasta 1968, cuando renunció después de la violenta represión del movimiento estudiantil en Ciudad de México, Paz trabajó con el servicio diplomático de su país en París, Nueva York y Ginebra. Desde 1962 hasta el fin de su carrera diplomática en 1968 fue embajador en India, donde se casó.
Dedicó los restantes treinta años de su vida a la literatura y publicó más de cuarenta libros. Si se mira su obra desde afuera, da la impresión de ser de un misticismo erótico sumamente personal, una fusión de hermetismo occidental y surrealismo con las tradiciones orientales, en especial el tantrismo hindú y budista. El breve volumen en prosa “Conjunciones y disyunciones” (1969) es la declaración más prístina del erotismo visionario de Paz. El libro fue escrito bajo el resplandor de las rebeliones estudiantiles de 1968 y más de treinta años después su conclusión tentativa parece muy de su época:
“¿O la rebelión juvenil es un indicio más que vivimos un fin de los tiempos? Ya dije mi creencia: el tiempo moderno, el tiempo lineal, homólogo de las ideas de progreso e historia, siempre lanzado hacia el futuro; el tiempo del signo no-cuerpo, empeñado en dominar a la naturaleza y domeñar a los instintos; el tiempo de la sublimación, la agresión y la automutilación: nuestro tiempo se acaba. Creo que entramos en otro tiempo, un tiempo que aún no revela su forma y del que no podemos decir nada excepto que no será ni tiempo lineal ni cíclico. Ni historia ni mito”.
“El tiempo que vuelve, si es que efectivamente vivimos una vuelta de los tiempos, una revuelta general, no será ni un futuro ni un pasado sino un presente. Al menos esto es lo que, oscuramente, reclaman las rebeliones contemporáneas. Tampoco piden algo distinto el arte y la poesía, aunque a veces lo ignoren los artistas y los poetas. El regreso del presente: el tiempo que viene se define por un ahora y un aquí. Por eso es una negación del signo no-cuerpo en todas sus versiones occidentales, sean religiosas o ateas, filosóficas o políticas, materialistas o idealistas”.
“El presente no nos proyecta en ningún más allá abigarradas eternidades del otro mundo o paraísos abstractos del fin de la historia, sino en la médula el centro invisible del tiempo: aquí y ahora. Tiempo carnal, tiempo mortal: el presente no es inalcanzable, el presente no es un territorio prohibido. ¿Cómo tocarlo, cómo penetrar en su corazón transparente? No lo sé y creo que nadie lo sabe... Tal vez la alianza de poesía y rebelión nos dará la visión. En su conjunción veo la posibilidad del regreso del signo cuerpo: la encarnación de las imágenes, el regreso de la figura humana, radiante e irradiante de símbolos”.
Si la rebelión contemporánea (y no pienso únicamente en la de los jóvenes) no se disipa en una sucesión de algaradas o no degenera en sistemas autoritarios y cerrados, si articula su pasión en la imaginación poética, en el sentido más libre y ancho de la palabra poesía, nuestros ojos incrédulos serán testigos del despertar y vuelta a nuestro abyecto mundo de esa realidad, corporal y espiritual, que llamamos presencia amada. Entonces el amor dejará de ser la experiencia asilada de un individuo o una pareja, una excepción o un escándalo... Por primera y última vez aparecen en estas reflexiones la palabra presencia y la palabra amor. Fueron la semilla de Occidente, el origen de nuestro arte y de nuestra poesía. En ellas está el secreto de nuestra resurrección”.
Este texto no deja de darme un poco de grima, y me recuerda mi único encuentro con el poeta, en Nueva York en 1972, cuando nos enfrentamos por el asunto de la autenticidad espiritual de los acontecimientos de 1967 a 1970. Él invocó a Blake, a Novalis y a Breton y yo le repliqué que Blake había diagnosticado estos falsos amaneceres como producto de la rebelión cíclica del titán que llamó Orc, que al envejecer siempre se convierte en Urizen, un maduro dirigente de negocios, del gobierno y de los medios, y ese efectivamente ha sido el destino de mis propios estudiantes rebeldes de hace treinta años.
Pero Paz era un poeta-profeta, un genio que deseaba desesperadamente fusionar la poesía y la vida. Yo lo veneré en ese momento, en ese breve desencuentro, y quiero hacer ahora un acto de expiación, no tanto por mi profecía de que las últimas consecuencias del levantamiento destruirían los estándares estéticos, como por no haberme quedado callado y haberlo oído hablar más.
El tantrismo es un misticismo erótico intensamente vigoroso, cuya sola descripción es intimidante para la mayoría, aunque quizá subestime la extremidad y la persistencia de la religiosidad subyacente en todo. “Conjunciones y disyunciones” reúne a Calvino y a Sade, los budismos esotéricos y las diosas aztecas. Paz recuerda siempre el origen asiático de los aborígenes mexicanos y se trata de ir más allá, con Lévi-Strauss, hasta la supuesta Edad de Oro del Neolítico: nada de Estado, de división del trabajo, de armas o de escritura, y nada de sacerdotes.
Es un mito bonito, y conmovedor por eso mismo, y, de acuerdo con Paz, nuestros órganos sexuales nos indican que sí hubo una Edad de Oro. Blake pensaba lo contrario, siguiendo la versión de Milton del amor angelical (“El paraíso perdido”, libro VIII, 620-29) en su propio Jerusalén.
“Conjunciones y disyunciones” deja claramente establecido que Paz es un vitalista, con una extraña mezcla de erotismo occidental y oriental. Es el legítimo heredero de Góngora y de Quevedo, los escritores más perturbadores del barroco español. Su gran poema “Piedra de sol”, escrito en la Ciudad de México en 1957, se basa en el calendario circular azteca, de acuerdo con el cual el ciclo del planeta Venus tarda 584 días: Piedra del sol tiene 584 versos, de los cuales los seis primeros y los seis últimos son idénticos, de manera que el poema es circular e infinito (y maravillosamente desquiciante).

* Fragmento tomado del diario mexicano Reforma. Pertenece a “Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares”, el último trabajo del crítico estadounidense Harold Bloom, editado por Anagrama.