Opinión

De vuelta a la política de la desesperación cultural


Hace algunos años el historiador Fritz Stern escribió un libro sobre Alemania titulado The Politics of Cultural Despair (La política de la desesperación cultural). Utilizó el ejemplo de tres (ya olvidados) exitosos autores de finales del siglo XIX y principios del XX para mostrar la profunda aversión de muchos alemanes hacia el mundo moderno, particularmente hacia la economía de mercado y hacia la política democrática. Para Stern, esto fue parte de la tierra cultural en la que floreció el nacionalsocialismo.
Mucho ha cambiado desde la era nazi. Al triunfo asesino y la derrota sangrienta de la política de la desesperación cultural les siguió un milagro económico que hizo de Alemania uno de los países más prósperos del mundo, con cerca de seis décadas de democracia cada vez más estable.
Sin embargo, en Alemania todavía hay rastros de una actitud que encuentra desagradable la economía moderna y amenazante la apertura de todas las fronteras a un mundo globalizado. El “capitalismo puro” y la “globalización” evocan imágenes horribles. Para citar la desafortunada metáfora que utilizó en un discurso reciente Franz Müntefering, presidente de los socialdemócratas en el poder, nubes de “langostas” capitalistas amenazan con caer sobre la gente indefensa y trabajadora.
Por supuesto, la repugnancia hacia la economía liberal y los mercados globales no se limita a Alemania. Un sentimiento similar fue uno de los motivos por los que los franceses e incluso tal vez los holandeses rechazaron el Tratado Constitucional de la Unión Europea, que algunos consideraron demasiado “anglosajón” en su liberalismo económico.
Para muchos, la alternativa al capitalismo y la globalización es una imagen idílica de un “modelo social europeo” que nadie ha definido aún. En efecto, sería difícil hacerlo. Las políticas sociales en Europa --como todo lo demás-- varían mucho, y las actitudes populares cubren una gama que va del proteccionismo cansado y el anhelo por los subsidios en partes de la “vieja Europa” al entusiasmo por el libre mercado de los miembros más recientes de la UE al Oeste (Irlanda y Portugal) y el Este (Polonia y Eslovaquia).
De hecho, el tan aclamado modelo social es más un sueño que una realidad, el sueño de un mundo acogedor en el que un Estado benévolo nos cuida. Este mundo ha dejado de ser viable en gran parte por motivos de demografía, a medida que un número cada vez mayor de solicitantes de asistencia hace que los costos sean inaccesibles.
Algunas personas --e incluso algunos políticos-- están sacando las conclusiones correctas de esto. Saben que a fin de cuentas todos debemos confiar en nuestra propia iniciativa y esfuerzo y hacen uso de las oportunidades de los mercados abiertos. Pero otras personas en Europa tratan esas actitudes como si fueran una caricatura cuyo pie en francés o alemán pudiera ser: “Confiar en uno mismo es de importancia absoluta, para ello confiamos en la política”.
Detrás de esas diferencias hay profundas tradiciones políticas y culturales sobre el papel del Estado en la vida cotidiana. Es en esto donde los Estados Unidos son verdaderamente distintos de Francia y Alemania, mientras que Inglaterra tiene una tradición similar de desconfiar del Estado.
De manera distinta, esto también es cierto en el caso de Italia. Ese país ha tenido desde hace mucho un partido comunista grande y la izquierda puede estar en el poder de nuevo; pero no existe un antagonismo visceral hacia las libertades que el capitalismo alienta. Polonia es otro país en el que florece la iniciativa individual --hasta el punto de que en Francia el apócrifo “plomero polaco” llegó a ser el epítome de las amenazas de la globalización.
No hay que decir que no existen tales obsesiones en muchas de las economías de alto crecimiento de Asia. Es cierto que en la India hubo que superar la inercia de una versión local del socialismo fabiano: pero eso ya sucedió. De hecho, es posible que en algunos de los países que han adoptado el manto de la globalización estén surgiendo modelos nuevos para encontrar la cuadratura del círculo del crecimiento económico, la cohesión social y la libertad política.
El arraigado sentimiento anicapitalista y antiglobalizador que priva en otros lugares es motivo de preocupación. Después de todo, Fritz Stern escribió su libro para advertir sobre los peligros que plantea el aborrecimiento romántico de la modernidad. El desempleo elevado y a menudo de larga duración junto con los recortes en las prestaciones sociales nutren, pero no provocan estas actitudes; sus profundas raíces culturales importan mucho más. Al igual que sus consecuencias.
Un sentimiento de frustración resultante de las percepciones anticapitalistas y antiglobalizadoras conduce a una combinación letal de sueños de la Arcadia (“Francia para los franceses”) con la realidad de líderes despiadados, aunque seductores, de derecha (Jean-Marie Le Pen en Francia) y de izquierda (Oskar Lafontaine y su nuevo partido en Alemania). Las víctimas serán la prosperidad y la libertad a menos que triunfen quienes aprovechan las oportunidades del nuevo mundo.
* Ralf Dahrendorf, autor de numerosos libros aclamados y ex comisario europeo de Alemania, es miembro de la Cámara de los Lores del Reino Unido, ex Rector de London School of Economics y ex Decano del St. Antony’s College de Oxford.
Copyright: Project Syndicate/Instituto para las Ciencias Humanas, 2005.Traducción de Kena Nequiz.