Opinión

El régimen político, el sistema socioeconómico y la civilización


El régimen político, el sistema socioeconómico y la civilización, son las instancias que dominan nuestras vidas. El régimen político es la forma en que se ejerce el poder del Estado. El sistema socioeconómico es la forma en que se generan y se distribuyen los excedentes. La civilización es el conjunto de valores que moldean nuestra vida y nuestro quehacer cotidiano. Todos ellos conforman lo que se conoce como el orden establecido.
Las revoluciones se hacen contra el orden establecido. En un principio las revoluciones se hacían para cambiar un régimen político, por ejemplo, una dictadura, o para cambiar al grupo que ostentaba el poder, dejando intacto el sistema socioeconómico y la forma civilizatoria en que todos vivían. Posteriormente, las revoluciones escalaron al cambio del sistema socioeconómico, para lo cual tomaban el poder y establecían las normas jurídicas que regularían las relaciones económicas. Últimamente, las revoluciones se han propuesto cambiar el régimen político, el sistema socioeconómico y, además, cambiar los valores y reglas de conducta cotidianas.
Los cambios en el régimen político implican cambiar de gobierno y a la clase gobernante; por ejemplo, desplazar una dictadura y al grupo que la sustenta. Los cambios en el sistema socioeconómico implican cambiar la clase que domina las relaciones económicas y ostenta el patrimonio económico; por ejemplo, desplazar a los grupos económicos que dominan la economía y cambiar las reglas del juego de la distribución (tierra, fisco, presupuesto, etc.). Los cambios civilizatorios implican sustituir las normas, cambiar a la clase dirigente y alterar la conducta cotidiana; por ejemplo, desplazar el poder del macho en las relaciones familiares, políticas y sociales en general.

Los proyectos de cambio
La derecha se propone cambiar a la elite gobernante, pero no necesariamente cambiar la forma de gobernar. En presencia de una dictadura o de un régimen autoritario, los demócratas pueden tener un comportamiento radical a fin de cambiar al grupo que gobierna y además la forma de gobernar. Incluso, el comportamiento de los demócratas puede ser revolucionario por su forma, recurriendo para ello a levantamientos armados. Sin embargo, la derecha se cuida mucho de no alterar las reglas del juego en el sistema económico y mucho menos los valores que rigen la conducta cotidiana. Es así que la derecha, por muy revolucionaria que sea desde el punto de vista político, son los mayores reaccionarios desde el punto de vista socioeconómico y civilizatorio.
La izquierda política se propone cambiar el régimen político, es decir, a la elite que gobierna, cambiar la forma de gobernar y además reformar el sistema social y económico establecido. No necesariamente están interesados en cambiar los valores cotidianos. Es por ello que hasta ahora hemos podido observar a una izquierda muy revolucionaria desde el punto de vista político y económico, pero con un comportamiento muy reaccionario desde el punto de vista civilizatorio; por ejemplo, desplazan militarmente una dictadura política, expropian a una clase económica, pero en la familia y en la sociedad se rigen bajo las formas patriarcales. Una de las contradicciones en que se ha visto la izquierda es que una vez que toma el poder e intenta cambiar el sistema socioeconómico, regresa a las formas autoritarias en que las viejas clases gobernantes administraban el poder.
Hoy en día ha nacido una nueva izquierda llamada izquierda social, orientada por el cambio en las relaciones civilizatorias, enarbolando como bandera las injusticias arrastradas por la derecha y por la izquierda. Por ejemplo, lucha contra la depredación del medio ambiente, contra el machismo y contra la discriminación racial, étnica o social, contra la corrupción política, económica o civilizatoria. En esta izquierda social encontramos también muchas contradicciones. A veces tienen un comportamiento muy reaccionario, incluso mucho más que la propia derecha y que la misma izquierda política. Por ejemplo, por insistir en la democracia participativa, descuidan la democracia representativa, otras veces se centran tanto en la democracia representativa que soslayan las injusticias de clase y se vuelven elitistas en su apreciación económica.
Todos estos proyectos de cambio se expresan a su vez en el nivel internacional, lo que suele complicar aún más las cosas. Es el caso, por ejemplo, de una izquierda que una vez en el poder, tiene que recurrir a un esquema de unidad nacional para poder enfrentarse al imperio, lo que muchas veces debilita las posibilidades de cambio del sistema socioeconómico. Por ejemplo, una burguesía nacional que a pesar de tener el poder político y ser dominante económicamente al interior de la nación, tiene que enfrentarse a las clases dominantes del imperio, para lo cual entabla alianzas con la izquierda política, teniendo que hacer concesiones que debilitan su propio poder político. Por ejemplo, movimientos sociales que por desentenderse del poder político y de las contradicciones socioeconómicas, son masacrados por el poder político dominante o cooptados por las reglas del juego del sistema socioeconómico.

En busca de una síntesis
Hoy en día, la humanidad y sus impulsos revolucionarios andan en busca de una síntesis que resuelva las contradicciones anteriores. Una síntesis que paradójicamente empuja tanto a posiciones cada vez más radicales o cada vez más conciliadoras.
La derecha y la izquierda, por ejemplo, pueden optar por una estrategia para enfrentarse al injerencismo norteamericano o bien dejarse arrastrar por las contradicciones internas y subordinarse a una globalización neoliberal que los aplasta a ambos. Brasil, por ejemplo, está intentando una alianza entre un partido de izquierda obrerista y un partido liberal, alianza que se extiende a los gobiernos de izquierda que están tomando el poder en América Latina, incluyendo Venezuela y Uruguay. La lucha es claramente contra el injerencismo del gobierno norteamericano que representa a las empresas transnacionales, las que afectan tanto a los empresarios nacionales como a las economías nacionales en su conjunto. Esta síntesis puede emprenderse sacrificando las reivindicaciones populares, como en Brasil, o redistribuyendo los excedentes, como en Venezuela.
Encontramos asimismo relaciones entre la izquierda política y la izquierda social, donde se tejen o bien políticas de alianzas o por el contrario distanciamientos y hasta enfrentamientos, tal es el caso, hasta ahora, del Partido Revolucionario Democrático (PRD) y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), quienes no han podido llegar a un entendimiento. En otros casos encontramos fuertes alianzas entre ambas, como en el caso de los movimientos políticos de izquierda y los movimientos indígenas en Ecuador o Bolivia.
Las diferentes combinaciones se multiplican y generan todo tipo de contradicciones según sea el criterio que predomine: la democracia representativa, la democracia participativa, la justicia social, el antiimperialismo, la emancipación femenina, los derechos autonómicos, los derechos humanos, etc., convirtiendo así la política en un arte de ubicarse en cada momento y en cada contradicción de acuerdo a los principios o a las estrategias. En este difícil camino van quedando sinsabores, amarguras, envenenamientos, pero también lecciones, aciertos, análisis y posibilidades.