Opinión

Plomo que flota, corcho que se hunde


Que paguen justos por pecadores ocurre a menudo. Tan a menudo que ha sido codificado por la sabiduría popular en un refrán. Difícil es en nuestro país, a estas alturas, distinguir a los justos. Sin embargo, la desaforación de Vega y Salvo, ocurrida al mismo tiempo que se le brinda libertad a Alemán y mientras Byron Jerez hace rato goza de la suya –y hasta de su casa en el mar-, trae ese refrán a la mente. Después de todo, el delito por el que se ha desaforado a estos ministros es el mismo que se les imputó a los dos peces gordos que, por obra y gracia de las argucias políticas y los manejos de las cúpulas, van a salir, han salido, indemnes de los procesos judiciales a los que fueron sometidos.
La tragicomedia de la clase política de la que, a diario, somos testigos en este país, supera ya hasta nuestra capacidad de asombro. La filosofía de que el fin justifica los medios, la noción de que la ética puede y debe subordinarse a los intereses del momento, la ceguera de quienes, fascinados por su capacidad de maniobra, no se percatan del daño que están infringiendo a la institucionalidad y a cualquier idea de honestidad política que pueda quedar en una población sometida al engaño sistemático y descarado, será el legado de esta oscura época de nuestra historia.
Hasta el diálogo ha sido tan malversado que, siendo en principio una idea sana, se ha convertido ahora en sinónimo de negociación bajo la mesa, arreglos de “me das esto y yo te doy lo otro”, no importa si lo que se negocia implica pasar por encima de la legalidad, de los procesos democráticos o de cualquier otro principio de gobernabilidad.
El espectáculo de un torpe presidente acorralado, de un parlamento que, mediante el pacto ha eliminado todos los controles que debían ejercer los otros poderes del Estado, recetándose además atribuciones que alteran el balance entre Ejecutivo y Legislativo, y usando la desaforación como espada de Damocles, es sólo una muestra de lo que significa la máxima de que “el fin justifica los medios” en manos de dirigentes inescrupulosos. Un estado de desgobierno como el que atravesamos nunca se había visto en Nicaragua. De hecho, la situación en la que hemos caído es una burla para todos los nicaragüenses. Un gobierno malo usualmente puede cambiarse con elecciones, pero lo que han hecho, a partir del pacto, los libero-danielistas, es cambiar, sin nuestro consentimiento, todas las reglas del juego para descabezar la posibilidad de que el pueblo tenga una mayor incidencia en el tipo de políticos o de gobierno que vaya a regir los destinos del país. Ellos están prestos a decidir –con sus maniobras- quiénes o no correrán en las elecciones, qué tipo de gobierno vamos a tener, y cómo se asignarán nuestros votos para darle a ellos el tinte de legalidad que necesitan para seguir haciendo y deshaciendo como mejor convenga a sus ansias de poder y control político.
Del sueño y las ilusiones democráticas hemos pasado al autoritarismo y al caudillismo más nefasto. Doblemente nefasto, además, porque se vale de todo un lenguaje legalista y de cuanto resquicio encuentra en nuestra Constitución, para disfrazar su omnímodo poder bajo las apariencias del juego político de la democracia.
Que no nos digan que van a cambiarla por algo mejor. Lo que quieren es seguir usando su malversada idea de democracia como mampara para preparar su continuidad en el poder, independiente de quién salga electo. Mientras hacen esto frente a nuestras narices con el mayor descaro, no deberían olvidar que este es un pueblo políticamente sagaz que sabe pasar la cuenta cuando le llega su hora.
Septiembre 2005.