Opinión

La familia, nicho por excelencia de aprendizaje


IDEUCA
Aunque la familia, como célula fundamental de la sociedad, es reconocida en todos los países, la realidad práctica nos indica que, tanto su constitución y sostenibilidad como los roles que le corresponde jugar, han sido descuidados.
Si de hecho toda persona es educable y debemos considerarla en construcción y desarrollo permanentes, la familia se constituye en el nicho social y preferencial de aprendizaje, y en espacio natural básico en el que se asienta esta posibilidad.
Podríamos analizar a la familia desde distintas perspectivas, todas ellas apuntando a proporcionar a los hijos e hijas, desde la más tierna infancia, un desarrollo integral en el que se conjugan de manera compleja, factores de origen genético, psicológico, fisiológico, culturales, afectivo, espiritual y social. Indudablemente, cada vez está más claro que la sanidad de una sociedad descansa, fundamentalmente, sobre la base de la sanidad de las familias que la componen y los atributos y valores que las representan.
En el plano educativo, al que queremos referirnos, es importante reconocer el descuido en que el aparato educativo, en sus distintas manifestaciones formales, no formales e informales, tiene a las familias de los educandos. Tomando en cuenta el soporte fundamental que ha de proporcionar el entorno familiar para que los hijos e hijas, desde el vientre materno, desplieguen un conjunto complejo de resortes y capacidades que aporten al desarrollo gradual físico y de personalidad, los programas educativos institucionales suelen concebirse y desarrollarse, más bien, considerando a los educandos como simples entes “extraídos” de su nicho familiar, al margen de la historia y clima familiar que les acompañan, y del cuadro de valores que les sustenta.
Muchas disciplinas han estudiado la influencia que tiene en los niños, niñas y adolescentes la educación familiar. Desde el vientre materno hasta los cinco a seis primeros años de vida, la contribución de este entorno familiar representa el espacio por excelencia para desarrollar, de forma básica, el sistema neurológico, afectivo, interactivo y social. La ausencia o descuido de esta etapa, contrae profundas consecuencias insuperables para el futuro de hijos e hijas, para la construcción de su identidad, autoestima y logro educativo y social.
La educación, como la entidad institucional mejor organizada, en sus variadas expresiones, se constituye en una prolongación y complementación de la educación que proporcione la familia, lo que justifica la importancia de articular estas dos instituciones, de manera que, tanto la educación sepa aprovechar y desplegar los aprendizajes que los educandos han obtenido en su familia, y éstas se enriquezcan con el desarrollo que logran sus hijos e hijas en el entorno organizado del ámbito educativo.
Esta relación de complementariedad, cuando no existe o se desaprovecha, abre brechas insospechadas entre la educación formal y la educación no formal e informal que éstos puedan recibir en su familia, impidiendo una acción unificada que posibilitaría, no sólo una educación para los hijos e hijas, sino también una educación para los padres y madres. La “escuela de padres” constituye, en este sentido, un espacio privilegiado para superar esta brecha.
Frecuentemente las reformas educativas, con las transformaciones curriculares y pedagógicas que las concretan, parten de fundamentos generalistas, abstractos y poco contextualizados. En el mismo sentido, los estudios diagnósticos de los que debieran partir los centros educativos para elaborar su Proyecto de Desarrollo Educativo (PDE) y al interior de éste, su Proyecto Curricular de Centro (PCC), suelen convertirse, cuando existen, en rutinas formales desprovistas de sentido, que suelen quedar reducidos, simplemente, al documento que los contiene, perdiéndose la oportunidad de hacerlos realidad en la práctica. Raramente los centros educativos llegan a conocer y comprender la situación familiar y personal que envuelve a sus estudiantes, lo que limitará notablemente la consistencia de su acción educativa.
Para superar este desencuentro, es preciso que las políticas educativas incorporen con mayor fuerza y nivel de profundidad, la creación y fortalecimiento de vínculos entre la familia y la educación. Ya la Ley de Participación Educativa representa una buena intención a este respecto, si bien su excesiva institucionalización y formalización de la participación de la familia en la educación, no contribuye a superar tal desencuentro.
La familia se constituye, así mismo, en el mejor escenario de encuentro entre los valores o antivalores de los padres y madres, en carácter de modelizadores y ejemplo o contraejemplos de las conductas y actitudes a seguir, y el aprendizaje que desarrollarán sus hijos e hijas. Al igual que en el escenario de la educación, los contenidos de enseñanza-aprendizaje sobre actitudes y valores que escuchan en el aula los alumnos, pudieran entrar en contradicción con actitudes impositivas, irrespetuosas e inadecuadas de algunos maestros o maestras, también al interior de la familia, los comportamientos y actitudes de los padres y/o las madres pudieran entrar, en muchos casos, en contraposición con el contenido del discurso con que éstos suelen dirigirse a sus hijos.
Este desencuentro entre la teoría y la práctica, el discurso y los hechos, ha sido estudiado por investigaciones en el plano curricular y didáctico, concluyendo que, finalmente, la sustancia de lo que los alumnos aprenden, asumen y recuerdan al pasar de los años (para toda la vida), no son precisamente las lecciones cargadas de teoría, sino los buenos ejemplos, las actitudes de respeto, apoyo y reconocimiento hacia sus derechos y particularidades, por parte de sus propios padres y, por supuesto, de sus maestros y maestras. Esta contradicción entre el “currículum oculto-implícito” y el “currículum explícito” merece ser más atendida y superada por maestros-maestras, padres y madres.
Cuando esta contradicción no queda resuelta, no sólo se afecta negativamente el aprendizaje en todas sus dimensiones conceptual, procedimental y actitudinal, sino que se siembra la semilla de la mentira, la falta de transparencia y la esquizofrenia moral, las que, al correr del tiempo, fácilmente son trasladadas al entorno del quehacer político, la administración de los recursos públicos y del comportamiento social general del país. Como puede verse, la familia y la educación se necesitan y complementan, por lo que su encuentro requiere de apertura, flexibilidad, responsabilidad y sostenibilidad de las partes. En ello reside, quizás, la clave más relevante de un futuro de país promisorio.