Opinión

Clavar un clavito


— Rodrigo Fresán —

UNO Clavar un clavito y después tres más y, sí, la mano empuńando martillo que aparece en primer plano hundiendo el metal en la carne de Cristo --interesante cameo justificado por el dueńo de esa mano con un “Todos nosotros matamos a Cristo, y yo el primero”-- es la de Mel Gibson. Sí, ese: el alguna vez ultraviolento Mad Max y ahora ultraviolento predicador de los evangelios en versión ultraviolenta y titulada The Passion of the Christ. ;


Y, sí, hubo un tiempo en que las películas eran escandalosas porque mostraban a un hombre y a una mujer calientes como conejos en un departamento de París o a una pandilla comandada por un joven adorador de Beethoven matando viejitos a patadas en las calles de Londres. Y no sé si es buena noticia que el escándalo pase ahora por la más grande historia jamás contada. No es la primera vez: pasó con Pasolini y con esa ópera-rock y con Monthy-Pyton y con Godard y con Scorsese. ;


Pero la diferencia es que esta nueva conversión de la sangre del Seńor en celuloide produce problemas por lo descarnado y lo cruel y lo bestial del asunto y dicen que el Papa la vio y dijo: “Es como fue”. Pero, teniendo en cuenta la condición física del Papa, vaya a saber uno a qué se refería. Billy Graham, líder evangelista, se limitó, por las dudas, a llorar. Pocas cosas más ambiguas y maleables que las lágrimas. ;


DOS En cualquier caso, The Passion of the Christ --rodada, como corresponde, en los estudios Cinecittŕ de Roma, como aquellas grandes superproducciones de intenciones literalmente bíblicas-- se estrenó el Miércoles de Ceniza, en 2000 cines norteamericanos. El lanzamiento está más que bien acompańado por una intensa campańa de merchandising (que incluye la venta de crucifijos y clavos para la cruz) y está claro que Gibson --Ąaleluya!-- no demorará nada en recuperar los 25 millones de dólares que puso de su bolsillo. ;


Y la mitificación del asunto ya está servida y en los tiempos que corren ya no alcanza con hacer una película sobre un hombre mágico: también tiene que haber magia durante la filmación. Así que ya han sido debidamente reportados y asentados prodigios del tipo dos hombres recuperaron la vista, uno el oído, y un rayo cayó sobre el actor James Cavieziel (el Cristo más sangrante en toda la historia de la Creación) y Ąno le pasó nada! ;


Gibson --mientras tanto-- no ha dejado de evocar en micrófonos varios, con intensidad de sermón autoflagelante, su intento de suicidio y su descubrimiento salvador de la religión mientras afirma cosas --dicen que el también redimido Bush Jr. no duda en decir palabras parecidas-- como “el Espíritu Santo actuó a través de mí en la película”. Y, después de todo, a la altura de la tercera parte, Mad Max acababa siendo un mesías postatómico, una nueva religión para un planeta de arena y fuego.;


TRES Y a la hora de Braveheart, Gibson también era sometido a un tormento divino. Y en seńales hacía de un sacerdote que recuperaba la fe luego de enfrentarse a extraterrestres muy malos. Así que lo de Cristo era, casi, escala inevitable. Lo que Gibson no se esperaba --o tal vez sí-- era la tormenta que ha desatado su sentido “casi documental sobre las últimas horas de Cristo”. ;


Por un lado las acusaciones de antisemitismo (la película culpa a los judíos del magnicidio mostrando a los romanos como personas confundidas o algo así; y desentierra ideas peligrosas enterradas en su momento por el afortunado Concilio Vaticano II); por otro las inevitables libertades hollywoodenses que se han tomado a la hora de contar el mismo cuento de siempre. ;


Un tan ácido como clarificador artículo de Christopher Hitchens en la última edición de la revista Vanity Fair se encarga de enumerar numerosas imprecisiones históricas (perdonables y hasta entendibles porque el show debe continuar), pero seńala un problema grave y, sí, peligroso: “Gibson parece creer, por lo que se lee en sus declaraciones, que los evangelios fueron escritos por testigos oculares y no muchos ańos después, por muchas manos, y en griego (...) Gibson parece no comprender, entre otras cosas, que los propios discípulos de Jesús (a) no eran estrictamente cristianos y (b) no sabían leer, por lo que (c) mucho menos podrían haber firmado los evangelios”. ;


Pero no importa: el mantra invocado una y otra vez por Gibson es “Está en la Biblia”. El problema es que en la Biblia hay muchas cosas. Y no todas sucedieron. Es para eso que se creó el término/ cláusula simbólica. Los mejores políticos suelen utilizarlo.;


CUATRO El que el padre de Gibson --Hutton Gibson-- sea una especie de viejo loco extremista y católico que asegura que “jamás pudieron morir seis millones de judíos a manos de los nazis porque los alemanes no tenían tanto gas”; y el que su hijo-estrella actúe -Hitchens dixit-- como “ángel financiero” de un grupo de católicos ultraortodoxos a los que les construyó una iglesia en Malibú para misas sólo en latín, no resulta de mucha ayuda a la hora de emitir un veredicto. Todo esto, claro, ocupa y preocupa a cultores de varias religiones. ;


No es mi caso; yo no maté a nadie, Mel. Lo que a mí sí me molesta es que ciertas discusiones espirituales tengan lugar a partir de la filmación y el estreno de una película donde, por más que a Cristo lo entierren a latigazos y patadas y golpes y escupidas, el taparrabos que cubre su humanidad permanezca Ąmilagrosamente! en su sitio. Y que Cavieziel nos acerque, de nuevo, más a la estampita guapa y milagrera que a la seriedad terrena de estas jornadas que estamos viviendo y tan cercanas --a la hora de la fácil e irresponsable lectura gibsoniana-- de lo que se lee en esa otra parte de la Biblia titulada Apocalipsis. ;


Y, se sabe, toda versión de algo sagrado que se presenta como definitiva, bueno... tal vez habría que esculpir un onceavo mandamiento: No filmarás su pasión en vano. Y así --por lo que se ve en las colas, por lo que cuenta Hitchens-- tanta sangre acaba consiguiendo la inevitable insensibilidad que produce todo exceso. Y --otra vez Hitchens-- le roba al gran público la posibilidad de que “cristianos y judíos puedan estar equivocados; y de que Jerusalén no sea una ‘ciudad sagrada’ sino, apenas, un sitio arqueológico que suele inspirar mal comportamiento.”;