Opinión

Dos revoluciones; dos destinos


— Enrique Alvarado M. —

Apenas separados por una frontera terreste de unos metros, la distancia socioeconómica nos parece de Europa a América. La revolución del 48 en Costa Rica no fue tan sangrienta, ni tan espectacular como la nuestra y sus efectos en la vida política, social y económica de ese país todavía están dando frutos. ;


La nuestra, violenta y dolorosa, fue como un suspiro que en un abrir y cerrar de ojos, desapareció sin dejar huellas duraderas. Me refiero específicamente a la revolución que deja instituciones fuertes, la alternación democrática y el desarrollo económico. Los ticos a quienes con frecuencia achacamos nuestras desgracias, encabezados por Pepe Figueres, se dieron cuenta bien temprano que el preciso objetivo no era permanecer en el poder, sino crear un ambiente institucional, que diera confianza a la gente y estimulara el trabajo y la producción. 55 ańos más tarde los ticos tienen el percápita más alto de Centro América, un sistema político ejemplar en la región, una identidad y orgullo nacional, capaz de desafiar a los FMI, a los BID y a los BM, como lo demostraron cuando les quisieron imponer la privatización de los servicios públicos. Este caso demuestra que la clave está en un acuerdo que pasa por la creación de instituciones fuertes para poder llegar al bienestar y el desarrollo económico.;


La revolución nicaragüense resonó en el mundo como un modelo de esperanza en un futuro mejor, pero ya avanzado el camino se logró distinguir lo que llamamos la revolución, con lo que conocemos como partido FSLN. La revolución como fenómeno social, abrió grandes avenidas y algunas de ellas todavía existen como pocos ejemplos perdurables. Sin embargo, apenas, la dirigencia sandinista confrontó la realidad de la pérdida del poder, se cambió, no para identificarse con las conquistas logradas, sino para empeńarse en una tenaz lucha y en un vano intento para recuperar el poder. Y por supuesto, al apartarse de la función profética que dio vida a la revolución, el partido se convirtió en lo que tanto combatió en el pasado: en un partido electorero.;


Cuando culpamos a los ticos de lo que sucede con los nicaragüenses sólo estamos descubriendo nuestra desnuda realidad. Criticamos sus política de inmigración cuando las nuestras son más duras con otras nacionalidades. Parecemos resentidos de nuestra pobreza al lado de nuestro próspero vecino. Tuvimos la oportunidad única en la historia de cambiar el curso de nuestro destino y lo echamos a perder porque nuestros dirigentes no tuvieron capacidad para la trascendencia, se quedaron varados en sus pequeńas ambiciones.;


Dos revoluciones y dos destinos. La de 1948 y la de 1979. La primera permanece en sus instituciones y la segunda al perder su inspiración primigenia y testimonial, nos regresó a la idea de Machado “Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar”;