Opinión

Los que volvieron de aquello


— Francisco Javier SANCHO MAS. —

“Esto tiene que cambiar de alguna manera”- dije para mí, cuando volví a encontrarle como todas las mańanas desde hacía muchas de lunes a viernes en la misma parada de bus. Él era alto, flaco, un bigote hecho como de hilos desmadejados y la mirada perdida y desesperada de un nińo abandonado. Tendría unos cuarenta ańos. Y lo que para mí era necesario cambiar se trataba de esa sensación absurda o no de estar viéndonos a los ojos todas las mańanas sin ni siquiera una palabra de saludo. ;


Serían tonterías, pudiera ser, pero empezábamos a acostumbrarnos el uno al otro como al color de las casas vecinas, al claxon del mismo bus a la hora de siempre o al viento fresco que traía las voces de los vendedores de leche agria. Sin embargo, les aseguro sin miedo a equivocarme que pudieron haber pasado cien días y aquel tipo y yo no nos habíamos cruzado una sola palabra, ni para bien ni para mal, lo único que nos cruzábamos era la mirada, y ya nos conocíamos tan bien. ;


Yo me sabía hasta el color de sus dos únicas camisas para la semana: roja los lunes, verde los martes, y así sucesivamente; en cuanto a los pantalones, era imposible distinguir si eran o no los mismos porque siempre los gastaba de color grisáceo, casi negro, muy gastados, de los que venden tal cual en las pacas con tantos ańos de uso en las costuras. Si no fuera por las camisas, hubiera parecido siempre el mismo en esa posición caprichosa de estar esperando la ruta, erguido y con los pies cruzados, con una tensión en el cuerpo que se traslucía igual en las venas del cuello. ;


De mí seguramente él pensaría que yo siempre llegaba tarde, porque salía apurado todas las mańanas caminando calle arriba; que era muy despistado porque no bien había andado una cuadra, tenía que volver sobre mis pasos mascullando palabras que sólo yo entendía y que me bastaban para regańarme por esa dichosa manía de andar olvidando las cosas. Probablemente ya se habría fijado que había conseguido dejar de fumar por un tiempo, pues al principio me veía calle arriba echando humo hasta por las orejas y más tarde ya libre, con otros bríos y sin cigarro. Seguramente también me habría descubierto después al verme una mańana sacar como a hurtadillas de un paquete un cigarrillo y encenderlo con la vergüenza absurda de pensar que yo había decepcionado a aquel tipo y le estaba mostrando mi más débil voluntad. Lo que son las cosas, me estaba dando cuenta de que éramos, cómo decirlo, casi íntimos en silencio.;


Después de todo aquel tiempo, me gustaba jugar con la idea de conocerlo de palabra y dejar que él me conociera, y decidí que en tal caso, teníamos que presentarnos como se debe. Estudié varias fórmulas: darle los buenos días y preguntarle qué ruta esperaba siempre (la deseché por demasiado directa); otra forma sería acercarme como rodeándolo como si se me hubiera perdido algo y decirle buenas cómo ha estado (sería demasiado obvio pues siempre me veía caminando en la otra dirección a mil por hora). ;


Al final opté por mi propio alivio: un día tomé la iniciativa y harto de tener que sentir vergüenza de mis propias debilidades ante un íntimo extrańo, me le acerqué sencillamente, y le ofrecí un cigarrillo. Él, sin abandonar la tensión de su postura, alargó la mano como un autómata y sin desviar la vista del asfalto tomó el cigarrillo suavemente, como a cámara lenta. Le acerqué el fósforo, lo encendió con un sorbo enorme y no dijo nada, absolutamente nada. El humo sobre mi cara debió significar las gracias, pero más nada. Creo que murmuré un buenos días sin mejor respuesta y me aparté de allí, contrariado. ;


El tiempo me concedió saber más de su historia, porque me vino en forma de chisme (nunca falta quien los cuente y tampoco, lo confieso, quien los escuche). Supe el nombre de mi íntimo extrańo y dónde vivía, y hasta el lugar al que iba todas las mańanas. Había pertenecido a la DGSE en los ańos 80 y por lo visto había acometido misiones de las más arriesgadas donde se necesitaba vaciarse de sangre las venas, había servido de escolta personal, había peleado en la montańa, había sufrido emboscadas, y hasta torturas a las que había resistido gracias a un entrenamiento brutal, había tenido hijos con varias mujeres, había sido distinguido con los honores de la guerra y entre aquel trajín del combate, entre aquella tensión constante, aquella vida en el límite, aquel ir y venir del frente a la ciudad, del horror a la frustración, se había dejado en el camino los últimos hilos de su razón que ya no pudo resistir los embates de la locura. ;


Todavía algún tiempo después alejado de la montańa, él ayudaba a limpiar y maquillar los cadáveres de los muchachos que volvían de la guerra para que sus madres pudieran al menos reconocerles en una muerte más parecida a la vida. No sé cuánta sangre tuvo que borrar de los cuerpos ni cuántos ojos cerrados pudo ver antes de que lo mandaran sin esperanza de remedio a un centro psiquiátrico en Cuba. Ya era un caso imposible. Después de estos ańos, no tengo la menor idea de cómo o de quién lo había estado ayudando a sobrevivir. Lo único que puedo decir es que su pelo a esas horas siempre brillaba, húmedo todavía por la bańada, y sus camisas a pesar de ser sólo dos, lucían limpias y planchadas. ;


Un día ocioso quise saber qué ruta agarraba e imaginar a dónde iba. Descubrí después de estar observándolo una hora que no iba a ninguna parte y que los ayudantes de los buses lo llamaban por su nombre o le daban bromas a las que él estaba demasiado abstraído para contestar. Pasado el rato, levantaba la mirada y volvía caminando calle abajo. Probablemente él habitaba en una memoria llena de demasiadas sombras entre las que un ser humano no puede vivir sin perder la razón. ;


Como él, del mismo modo se ven a decenas, cientos de hombres, jóvenes sin la juventud que mostraran en las fotos de los expedientes de los ańos ochenta, con el pelo alborotado y el pecho hinchado retando al mundo entero. Se les ve en las aceras, en las paradas de los buses o cruzando las calles desprevenidos, con la mirada perdida y la piel color de asfalto, y con la certeza en los pies de no ir a ninguna parte. ;


Son el latente olvido de un país que reniega de ellos porque ya no los usa. Hace poco, el hombre que disparó contra Guadamuz me hizo acordarme de mi íntimo extrańo y de todos aquellos, los que entraron en los oscuros laberintos de la Seguridad del Estado o los que se llevaron subidos a un camión, forzados o voluntarios. Muchos de los que volvieron ya no fueron los mismos.;


Yo acabé por mudarme a otro lugar y no supe más qué fue de mi íntimo extrańo. Quizás él tampoco esté o haya desaparecido, quién sabe, pero me gustaría volver a verle y con suerte hasta me dedicaba una palabra o un gesto de sorpresa al recordarme. De cualquier modo, me gustaría al menos hacerle saber que esta vez no le había decepcionado, pues conseguí dejar de fumar por mucho más tiempo. Igual en su mirada descubriría que estaba orgulloso de mí.;


franciscosancho@hotmail.com;