Opinión

La fabulación como máscara de la realidad


— Erick Aguirre Aragón —

El cuento, ese género literario que Julio Cortázar juzgó de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, tan secreto y replegado en sí mismo como un caracol del lenguaje, es (bien lo decía el argentino) como un hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario. Más todavía si sus de por sí tan estrechos límites se ven reducidos al mínimo, es decir, si el autor se propone utilizar en su elaboración la máxima economía de medios. ;


Se dice que el autor de cuentos es como el poeta o el fotógrafo artístico: su trabajo consiste en recortar un fragmento de la realidad y fijarle determinados límites, de manera que ese fragmento haga de pronto explosión en el rostro del lector y abra ante él una realidad mucho más amplia, una visión dinámica trascendente que proyecte su inteligencia y su sensibilidad hacia dimensiones que vayan mucho más allá de la simple anécdota. Pero ese arduo trabajo debe concluir con un resultado magnífico y completo, cerrado dentro de sí mismo como una máquina infalible destinada a cumplir bajo cualquier lectura su sagrada misión narrativa, que es la de todo cuento plenamente logrado: “noquear” al lector más irredento, al más escéptico, al más cínico. ;


Por eso a veces imagino que ese trabajo ha de ser mucho más arduo cuando, además de asumir la voluntad minimalista de la extremada brevedad, se trabaja no con simples realidades sino con puras invenciones, o con una mezcla de ambas. Ese es el reto que Franz Galich asumió, siendo todavía un principiante, cuando escribió su primer libro de cuentos: Ficcionario inédito (1979). Reeditado ahora (más de veinte ańos después) por Anamá Ediciones, este libro nos muestra los primeros escarceos narrativos de un escritor nacido en Guatemala, a quien los nicaragüenses hemos visto evolucionar maduramente en la novela: Huracán corazón del cielo (1995) y Managua, salsa city. ĄDevórame otra vez! (2000). ;


Con excepción de quienes hemos estado atentos a la publicación de algunos de sus relatos en revistas locales y regionales, pocos lectores nicaragüenses conocían hasta ahora el trabajo cuentístico de Galich. Y es que sus otros dos libros de cuentos hasta ahora impresos, La princesa de Onix (1989) y El ratero (2003) fueron publicados en Guatemala y lamentablemente no contamos aquí con ediciones que permitan apreciar la evolución profesional de este sorprendente y lúdico narrador centroamericano. Sin embargo, algunos interesados que sí conocemos un poco la evolución narrativa de Galich podemos aventurarnos a especular sobre sus cuentos, cuyos personajes, por lo general, se mueven en la pobreza de los barrios urbanos o las pequeńas provincias centroamericanas olvidadas por la metrópoli. Cuentos que reflejan, de manera alegórica, casi nunca directa, las formas de articulación social basadas en la relación violenta entre los hombres, que me atrevo a asegurar caracteriza a casi toda la narrativa centroamericana de la segunda mitad del siglo XX.;


Ficcionario inédito, aunque de alguna manera perfila esta evolución ulterior en la narrativa de Galich, tiene una esencia más experimental y está más fundamentado en la voluntad ficcional, lúdica y de irónica fabulación del entonces joven e imaginativo escritor que era Franz Galich en la década de los setenta, cuando se aventuró a publicar su primer libro de narraciones. Si bien estos primeros cuentos de Galich no tocan directamente el tema de la violencia, lo cierto es que la contienen de manera indirecta, sumergida, alegórica. No se trata de relatos de denuncia social confrontativa, sino más bien insinuante y fabulesca, en los que (cuando se aterriza en “la realidad”) la violencia aparece disfrazada en el lenguaje, en la caracterización de los personajes y en la trama misma de los cuentos.;


La histeria colectiva y la superstición de un pueblecito rural convertidas en personaje; un famoso escritor olvidado que podría ser una proyección burlesca del derrotero personal inminente del autor; una mosca viajera o una cucaracha que pregunta por su amante, Gregorio Samsa, hijo de Franz Kafka; Edipo Rey, el Minotauro y Ariadna; Prometeo encadenado y su buitre (ambos víctimas y ambos verdugos); Galileo Galilei y Beethoven; un fraile misionero en la Centroamérica del siglo XV, atravesado por una flecha aborigen mientras elucubraba “naderías”; una mujer convertida en serpiente, un mico perseguido por un hombre que a su vez persigue al mico sin saber que el hombre es el mico mismo... ;


Toda esta confusión de personajes podría parecernos extrańa, pero contemplándolos en perspectiva y examinando cada cuento, nos llevarán a percatarnos de que, aunque se trate de personajes convencionalmente clasificados por el conocimiento o el estereotipo, Galich los desclasifica, los enmascara y los descubre al mismo tiempo, fiel a un viejo principio ficcional que obliga a describir con “naturalidad” los rasgos extraordinarios de los hombres más inverosímiles y hasta de algunos animales humanizados u hombres animalizados, en el caso de la fábula. La complejidad de estos personajes (que a veces son tomados de la realidad o de la historia, y otras de la mitología o la imaginación individual o colectiva; o a veces mezclando todas ellas), así como de los contextos en que se desenvuelven (a veces aparentemente reales y a veces totalmente imaginados), no ofrecen soluciones fáciles al lector que se aventure en las narraciones de este puntilloso, aunque aparentemente ingenuo narrador.;


Los cuentos de Ficcionario... ofrecen casi siempre, cuando más, uno o dos planos narrativos, con mínimas descripciones de antecedentes históricos y contextos literarios o mitológicos. Por lo general, también, conducen rápidamente a un episodio cúspide que resulta siendo el nudo de cada cuento, donde el lector, lejos de encontrar un desenlace teleológico, preanunciado, choca de pronto con la confusión y el desconcierto. “¿Qué carajo?”, se pregunta uno al terminar de leer cada cuento, y vuelve a emprender (ahora más atento a los detalles y las descripciones) una nueva lectura del texto, cuyo estilo, por demás, es escueto, casi seco, sin abundancias descriptivas ni alardes líricos, lo cual hace más difícil la localización del “sentido oculto”, hábilmente escamoteado por el autor.;


Siguiendo las enseńanzas de su paisano Augusto Monterroso, maestro del relato corto hispanoamericano, Galich cultiva el minimalismo, la brevedad y la ironía. Los cuentos de Ficcionario... muestran una imaginación extrańa, entre inocente y cínica, por lo general resuelta en formulaciones enigmáticas muy sutiles que denotan una gran capacidad de observación que luego, en el texto, se transforma y se desarrolla en la brevedad y en descripciones precisas, de una sorprendente concisión. Definitivamente, una forma muy particular de observar y transmitir la realidad vivida, leída o imaginada. La paradoja y el humor fino heredados de Monterroso, en estos cuentos se proyectan con un poco más de crudeza, con una descarnada visión del mundo que, sin embargo, se refleja a través del alejamiento de cualquier exceso y de la anécdota gratuita, y de cierta amargura o desgarramiento mezclados con ironías punzantes pero a la vez tiernas o aparentemente ingenuas. ;


Decía Cortázar que un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Se suele decir también (a veces erróneamente) que el buen tema para un cuento debe ser excepcional, insólito, extraordinario. Ya hemos visto en algunos de estos cuentos de Galich que ésta no es ni debe ser una regla invariable. Galich demuestra que se pueden hacer buenos cuentos partiendo de anécdotas perfectamente triviales y cotidianas. Los cuentos de Ficcionario... también demuestran que su autor es un oficiante aventajado de la brevedad. Muchas veces me ha confiado, en largas conversaciones amistosas, que independientemente del tema, él trata de inclinarse por la brevedad: “No hay mayor riesgo de arruinar un cuento que alargándolo demasiado”, me ha dicho, sin duda después de muchos días de batallar con alguno de los cuentos de su nuevo libro “Perrozompopo y otros relatos”, que aún mantiene inédito. ;


También me insta, con cortesía pero con evidente insistencia, a no empeńarme en identificar en sus cuentos a Monterroso como única fuente de influencias. Y así, después de entretenidas discusiones, manejos de citas y cotejos, terminamos corroborando las diversas influencias: García Márquez, Cortázar y Borges, por ejemplo. Y en eso se nos fueron muchas tardes: recordando las ideas de muchos escritores sobre los misteriosos procedimientos que producen la magia de un cuento bien logrado. ;


“Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto”. Esa frase certera, recurrida con frecuencia por García Márquez, nos acercaba un tanto bruscamente al acertijo de la narración corta. La leíamos y repetíamos junto a aquella otra de que el cuento es acertar una flecha en el centro del blanco y la novela es como cazar conejos. Pero el recuerdo de esas discusiones, aunque ofrecen una buena ocasión para intentar comprender las diferencias entre dos géneros narrativos distintos pero extremadamente cercanos, nos lleva finalmente a las virtudes de este libro como su primer paso literario: la escogencia entre cuento corto y cuento largo y su decisión inicial por el primero. Y de nuevo nos topamos con la recurrente influencia de su paisano inevitable, Augusto Monterroso.;


Y es que me parece inevitable mencionar al diestro narrador guatemalteco después de leer estas sorprendentes fábulas y extraordinarios juegos ficcionales de Galich. Sin embargo, finalmente se me ocurre terminar la conversación preguntándole cómo es, en realidad, que se fragua un buen cuento. Pero ante mi pregunta calla y, como lo esperaba, sólo atina a citar, no sin cierta resistencia, a Monterroso: “La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista”.;


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