Opinión

Espero me hayan perdonado


— Sergio Ramírez —

A veces es terrible sudar las vergüenzas ajenas, pero qué terrible es más aún sudar las vergüenzas propias. Eso me ha ocurrido con el título de uno de mis artículos, “Ya no hayan que inventar”: espero que los amigos correctores de pruebas dejen la frase de la manera errónea que ahora la escribo otra vez, para entendimiento del lector, y penitencia mía. Hallan, del verbo hallar, es diferente que hayan, del verbo haber. Me lo enseńó mi madre, mi profesora de gramática castellana en el instituto de secundaria donde me eduqué.;


He revisado algunos de los periódicos donde se publicó el artículo y, en casi todos, el corrector de pruebas me hizo el favor de eliminar mi yerro, seguramente con sonrisa de condescendencia. ¿No se supone que los escritores deben dominar a fondo el instrumento de su oficio, que es el idioma? No ocurrió así con la Página Dominical de El Nacional, de Caracas, lo que despertó la justa protesta de algunos lectores avisados. A ellos también les agradezco que se hayan tomado el empeńo de escribir al Defensor de los Lectores de ese periódico, seńalando esa injuria mía contra el idioma. También, otro lector de El Nacional, con ojo de lince, me ha cogido en otra grave falta: escribir a la saga de...y no a la zaga de...en lo que tiene también toda la razón.;


Por supuesto que no trato de excusarme. Peor, en mi condición de académico de la lengua, siendo como son mis colegas tan estrictos en sus cánones. Pero mi acto de penitencia pública me da pie para hacer algunos comentarios. ;


El primero de ellos, tiene que ver con los correctores de pruebas, digno oficio emparentado con la aparición de la imprenta sobre la faz de la tierra, y a quienes no pretendo de ninguna manera utilizar como chivos expiatorios. ;


Cuando yo era editor adolescente de la revista Ventana mientras estudiaba en la universidad de León, aprendí ese oficio. Recibía las galeras aún húmedas, porque la tira de papel se mojaba antes de pasarle encima el rodillo para imprimir los caracteres de la plana en realce, y me dedicaba a sacar los errores con un severo lápiz rojo, para lo cual había todo un sistema de símbolos que no he olvidado. Y los verdaderos correctores trabajaban en parejas, uno leía, y el otro corregía, y jamás dejaban que alguien los distrajera.;


Es un oficio que el levantado electrónico de los textos ha hecho variar de naturaleza, y es el texto electrónico, que se origina en los dedos de quien escribe, y puede pasar así directamente a la plana en la pantalla de edición, responsable de muchos errores que se dejan sin corregir en el camino; seguramente porque el corrector no corrige en plana escrita, sino en la misma pantalla, que es mucho más engańoso que el santo y viejo papel. Me ha pasado con mis libros. Y es que, además, el corrector, o el editor, confían en mí más de lo que deberían.;


Porque viene a resultar un mito que los escritores tienen muy buena ortografía. Conozco algunos de los grandes, que la tienen pésima. Yo, por mi parte, me precio de tenerla buena, aunque de pronto me vea exhibido en pańos menores, como en este caso. Quizás, y tampoco es una excusa, me he dejado engańar por uno de esos espejismos de la lectura, del que en este caso hemos sido víctimas tanto yo como los correctores de El Nacional. Mi madre explicaba en su clase de gramática que existe lo que se llama la “ortografía estética”, y es cuando el ojo del lector no resulta ofendido por los errores del texto. ¿Cómo no darse cuenta de que hayan por hallan, rompe con toda la estética? Por un espejismo, o traición de la memoria.;


Ahora vengo con algunas filosofías: Juan Ramón Jiménez, premio Nóbel de literatura, quiso desterrar la G cuando suene como J, y en todos sus textos escribía jente, jemido, jélido. Era su propia estética. Y cuando García Márquez, otro premio Nóbel, en ocasión del Congreso de la Lengua de Zacatecas de hace varios ańos propuso una serie de cambios ambiciosos en la ortografía, muchos se asustaron, y tocaron las campanas a rebato.;


Lo que quiero decir más bien es que la lengua, siendo un organismo vivo, cambia siempre, y las verdades ortográficas de hoy, habrán sido destronadas mańana. En los valles del norte de Nicaragua, cercados por las montańas, y aún en las comarcas rurales de la costa del pacífico, los campesinos hablan como en el siglo de oro, y dicen agora por ahora, vide por vi, endenantes por antes: yo te vide endenantes y agora otra vez... Es como leer el paso del tiempo por el idioma, asomándose a sus cortes geológicos represados en el pasado. En el siglo XIX aún se escribía relox, por reloj.;


Y ahora viene, por tanto, la pregunta que expreso no sin temor, y con osadía, el temor y la osadía que suelen embargar al pecador la siguiente vez que, después de haber hecho acto de contrición, se propone pecar de nuevo: ¿no llegará el día en que la ley de la economía de la expresión, imponga cerrar esa brecha entre hallan y hayan? ¿Y no llegará a pasar lo mismo con saga y zaga, errar y herrar, yerro y hierro?;


Se me podrá responder que semejante uniformidad vendría a crear confusiones; pero, por ejemplo, ¿no se dice razón tanto para entendimiento, como para recado: dale la razón de que tiene razón; y ganas como conjugación de ganar, y a la vez ganas de algo?: tú me ganas, tienes más ganas. ¿Y no ha desaparecido ya la manera de escribir por qué, separado, al preguntar, para ser sustituido por un porqué junto, igual al porque afirmativo, salvo el acento? Las letras tienden a caerse también de las palabras, como hojas muertas, tal el caso de sicología, siquiatría, siquis....;


La cosa es que la Academia de la Lengua sólo debe certificar después los cambios en el idioma que la vida ha producido. La letra CH ya no existe por separado en el diccionario, y agregada a la C se ha quedado en dígrafo; y lo mismo ocurrió con esa letra doble exclusiva de nuestro abecedario, la LL, que pasó a ocupar un lugar segundón en el listado de la L. Suerte que no le deseo de ninguna manera a nuestra emblemática Ń, amenazada de muerte por los teclados de las computadoras.;


Y después de esta pública confesión comentada, espero que mis lectores, tanto los que son severos como los que no lo son, hayan hallado la voluntad de perdonarme. ;


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Masatepe, febrero 2003.;


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