Opinión

Matagalpa, los jesuitas y otra vez Carnevalini


— Erick Blandón* —

1881 está marcado en nuestra historia por dos hechos, a los que recurro cuando trato de entender el desarrollo de las ideas modernas en Nicaragua. Uno, la rebelión de los indios de Matagalpa, seguida del genocidio de más de quinientos de ellos; otro, la expulsión del país de la Compańía de Jesús. ;


Diez ańos antes, cuando los jesuitas llegaron de Guatemala, expulsados por el gobierno liberal de allá, fueron recibidos con entusiasmo y hostilidad, pero también con diplomacia. Entusiasmo de parte de los católicos, incluidos los indígenas de Sutiaba, Monimbó, Sébaco y Matagalpa; hostilidad de parte de la prensa anticlerical intransigente. La diplomacia observada durante los gobiernos de Vicente Cuadra y de Pedro Joaquín Chamorro terminó con el arribo al poder de Joaquín Zavala, quien ensangrentó los Treinta Ańos conservadores con la represión a los indios y se apuntó la “gloria” de haber cedido a las presiones internacionales, expulsando a los jesuitas para lo cual contó, entre otros periodistas, con el servicio de su pariente político, Fabio Carnevalini, de El Porvenir, a quien los católicos acusaban de escribir a sueldo no sólo del gobierno nicaragüense, sino de los de El Salvador y Guatemala.;


No es ocioso recordar que entonces se estaban sentando las bases de la modernidad en Nicaragua y parte de Centroamérica, con medidas económicas de corte liberal, y que los jesuitas representaban intelectualmente las ideas más conservadoras o retrógradas, según los liberales; por lo cual fueron perseguidos como enemigos por los gobiernos que adelantaban tales reformas. ;


Antes de que se llegara a su violenta expulsión de Nicaragua, fueron el centro de innumerables controversias, todas de orden ideológico, en las que Carnevalini fue el adalid. Se les acusó de cuanto se decía en contra de los esfuerzos del gobierno por modernizar el país. En la inauguración del Instituto Nacional de Occidente, el 6 de marzo de 1881, el racionalista polaco José Leonard, uno de los profesores traídos de Europa por Zavala, hizo levantarse de sus asientos a un enfurecido Cabildo Eclesiástico, cuando se comprometió a apartar a los estudiantes del oscurantismo e iluminarlos con las luces de la razón. Un cura local escribió en León en contra del discurso del profesor, y se acusó a los jesuitas de haberle llevado la mano al autor del libelo. Para terminar de amolarla, se les atribuyó la autoría intelectual del asalto de los indios a Matagalpa, el 30 de aquel mismo mes y ańo. Y ese fue el pretexto que le vino como anillo al dedo al gobierno y a los “expulsionistas”. ;


Nada de eso fue probado nunca de manera fehaciente. Pero en el alegato subyace el desprecio a la inteligencia local para argumentar en contra de un proyecto que asustaba a los partidarios de la religión católica, por un lado; y por lo que toca a los indios, denota la subestimación a su demanda en contra del maltrato y los ultrajes que padecían de parte del delegado del gobierno, el prefecto granadino Gregorio Cuadra, quien puso oídos sordos no sólo a los clamores de los indios, sino a las advertencias de los ladinos y jesuitas, de que se avecinaba una revuelta. Si de algo no cabe duda hoy, es que lejos de apańar a los indios, los jesuitas corrieron a avisar al gobierno tan luego supieron que se preparaban para venirse encima de la ciudad, y que después los persuadieron a deponer las armas. Cuando el padre Alejandro Cáceres y otro jesuita fueron a parlamentar con los indios, a petición del gobierno, el prefecto Cuadra no quiso que los acompańara un delegado oficial. Así cayeron en la trampa del gobierno, que los culpó de la beligerancia indígena.;


Los indios argumentaban, para no desmovilizarse, que ya no aguantaban la “tajona tan brava” de las autoridades que los obligaban a pagar nueve reales si no iban a trabajar al camino, seis si no iban a la construcción del cabildo, además de tener que trabajar de balde en los puentes y en el Campo Santo, sin contar su trabajo voluntario en la construcción del templo parroquial, que erigía la Compańía de Jesús. Ya se sabe que también tenían que cargar a sus espaldas los rollos del alambre telegráfico que comunicaría la montańa con la capital, y que esto les ocasionó innumerables pérdidas y muertes.;


La mediación de Tata Cáceres fracasó, y los indios se lo comunicaron en palabras terminantes: “nunca emos cido Criados ni esclavos de estas autoridades pues hoy le decimos a las autoridades que no le damos un solo Hombre para que ballan atravajar de balde” (SIC). El gobierno central comprendió que era urgente destruir la organización ancestral de los indios y, como los colonizadores espańoles, se propuso sacarlos de las cańadas y concentrarlos en las poblaciones donde estuvieran a mano para el trabajo obligatorio y la leva, para el servicio militar. Estaba en su apogeo la colonización interna, que llevó a cabo el Pacífico sobre el Norte.;


La rebelión indígena sirvió de pretexto a los enemigos de la Compańía de Jesús, cuya permanencia en Nicaragua, dijo el gobierno, “es inconveniente a su tranquilidad, desde luego que ellos han sido motivo para levantamientos tumultuarios”. Pero sigue siendo Fabio Carnevalini el que mejor ilustra la necesidad de aplastar a los matagalpa, pues empeńado en la persecución a los jesuitas acusó a Cáceres de haber sido “flojo” con los rebeldes y de constituirlos “en hombres que tienen derecho a expresar sus quejas y pedir reparaciones, bajo condiciones, o si se quiere, proponiéndoles una especie de armisticio, y no lisa y llanamente como debía, que se sometieran a la autoridad legítima”. Cierto es que los indios sentían respeto por los compasivos jesuitas, pero genuinamente se levantaron no porque alguien los azuzara, sino por los atropellos a sus vidas, a sus costumbres. Por la esclavitud a que los sometió el proceso modernizador, que significó el exterminio de su cultura étnica. ;


Los jesuitas salieron forzados del país. Los indios resistieron y perdieron. Fabio Carnevalini, finalmente, se reconcilió con Dios y con su Iglesia, y murió reconfortado por los sacramentos. Un polemista del siglo XIX dijo que la Iglesia era enemiga de la Compańía de Jesús, “y quisiera levantarle una estatua a Fabio Carnevalini”. Ese deseo ya fue colmado, a medias, en Managua por la “Alcaldía de Todos”. ;


El dato no es del todo inútil a la hora de reflexionar sobre los cambios operados en las ideas y las prácticas políticas de los que ahora besan la mano de Su Eminencia. Conviene que los electores incrédulos lo tengan en cuenta a la hora de votar.;


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*Profesor de Literatura Latinoamericana en Arkansas Tech University.;