Opinión

Nacionalismo


— Juan Diego García —

Cuando tantos factores parecen poner en duda la necesidad y el futuro de los estados nacionales y se habla de la ventajosa internacionalización de las economías, de la necesidad urgente de un gobierno global (con la OTAN como brazo armado) y de la disolución inevitable de las culturas autóctonas en favor de la cultura occidental, capitalista y cristiana, el nacionalismo se destaca inevitablemente como un arma eficaz para defender lo propio, así para muchos el nacionalismo sea tan sólo la reminiscencia de un pasado que felizmente vamos a superar muy pronto en aras de un mundo mejor e igual para todos los habitantes del planeta, y en el cual se realizará, por fin, el ideal sońado de una ciudadanía universal.;


La razón para reivindicar el nacionalismo es muy sencilla: todos los países lo practican con fervor. Y los países metropolitanos, aquellos que predican contra el nacionalismo de los demás, son precisamente los que lo hacen de una manera más clara y eficaz. Por contraste, los países de la periferia del sistema, el pobrerío del planeta, se contentan con un nacionalismo de opereta, absolutamente inofensivo y casi siempre carente de autenticidad.;


El caso de Estados Unidos es destacable (pero no le van a la zaga los europeos o los japoneses). Su nacionalismo es la expresión de un propósito nacional muy claro que incluye el mayor grado de dominación mundial que sea posible alcanzar. Su proyecto nacional supone un manejo de la ciencia y la técnica al más alto nivel, la producción material más exitosa y el predominio militar a toda costa; en fin, un sueńo imperial en toda regla. Los países ricos que compiten con los Estados Unidos buscan lo mismo, así de momento sean conscientes de su debilidad relativa y tan sólo intenten limitar la hegemonía de aquellos. Pero en este mundo de ricos y nuevos ricos nadie renuncia a la defensa a ultranza de los llamados “intereses nacionales”. No es entonces por azar que las manifestaciones de nacionalismo sean muy claras en las políticas de todos estos países, y de nuevo, en el caso de los Estados Unidos estas manifestaciones alcancen grados superlativos. En efecto, los Estados Unidos se han erigido en jueces y policías del mundo, en punto inevitable de referencia a la hora de tomar cualquier decisión importante y en la encarnación de lo verdadero y de lo correcto. Un país, según sus dirigentes, predestinado a “cumplir una misión en el mundo” y cuyo nacionalismo se lleva conscientemente a todos los extremos sin excluir las manifestaciones más pintorescas (la inevitable banderita que no falta ni en los lavabos...).;


Lo que en otros se entiende como tradicional y hasta reaccionario, en los Estados Unidos se debe asumir como la manifestación normal del comportamiento de una gran nación: izar la bandera, entonar el himno patrio o reaccionar con cierta vehemencia en defensa de los símbolos propios está bien visto si lo hacen los estadounidenses; es ridículo si lo hacen los demás.;


Resulta ciertamente paradójico que los profetas del nuevo orden universal, los amigos de la “apertura” sin límites ni control que hoy intentan seducirnos con sus prédicas neoliberales, se rasguen indignados las vestiduras ante cualquier manifestación de nacionalismo (por ejemplo, en defensa del trabajo nacional, del idioma y la cultura propios o de las tradiciones locales), pero no se inmuten en absoluto por el profundo nacionalismo que practican en todos los ámbitos los países metropolitanos.;


Por supuesto, un nacionalismo excluyente y agresivo no sólo dificulta las relaciones con los demás, sino que alimenta las peores pasiones entre la población, al tiempo que resulta un expediente muy útil para ocultar los problemas del país, desviando la atención de los ciudadanos hacia objetivos alienantes y falsos. Pero un “universalismo” ingenuo que desdeńe la importancia del factor nacional en aras de una fraternidad universal inexistente, o peca de ignorancia o es fruto de mentes interesadas. Un nacionalismo sano, abierto al mundo, pero claramente afirmante de lo propio parecería ser la opción más prudente en una realidad como la actual, en el cual las comunidades nacionales y los intereses nacionales siguen existiendo a pesar de los procesos centenarios de globalización del capitalismo.;


Por los mismos motivos y ante la evidencia de su debilidad relativa, a los países latinoamericanos no les queda otro camino que una integración profunda para poder solventar con éxito sus propios proyectos nacionales. Por supuesto que, además de seńas de identidad e intereses comunes, a estos países también les afectan contradicciones importantes, grados de desarrollo muy diferentes y problemáticas propias. Pero nada de ello constituye un obstáculo insalvable, y por el contrario, la integración regional parece el único camino para hacer frente a los retos del futuro.;


La integración latinoamericana y el nacionalismo tampoco excluyen la relación con los países metropolitanos y en particular con los Estados Unidos. Por el contrario, la afirmación nacional y la actuación conjunta le permiten a cada país en particular adelantar mejor la defensa de sus intereses propios, ya sean estos comerciales, industriales, agropecuarios, culturales o relativos a la deuda externa.;


Y para que el proceso de integración latinoamericana sea completo es indispensable devolver a Cuba el lugar que le corresponde. No es de recibo que mientras los Estados Unidos aumentan cada día sus intercambios comerciales, culturales y de otro orden con la Isla, cualquier acercamiento entre Latinoamérica y Cuba sea visto con suspicacia por Washington. Una política plenamente autónoma e independiente hacia Cuba se convierte así en piedra de toque para el sano y necesario nacionalismo de los países del área.;