Opinión

Cliterectomía


— Gioconda Belli —

Un doctor de origen africano acaba de convertirse en noticia en Italia al proponer una suerte de cliterectomía “moderada”. El doctor, que trabaja en una clínica en Florencia ideó este sistema como una medida desesperada para mitigar una triste realidad: cada semana le llegan a su clínica casos y casos de mujeres afectadas por la brutal y sanguinaria mutilación genital femenina, una práctica cultural arraigada en más de una docena de países africanos. Su propuesta, dice el doctor, al menos reduciría el sufrimiento y dańo infringido a las nińas a quienes se les practica. Los inmigrantes africanos llevan a sus hijas menores de diez ańos de vuelta a Africa para que les corten sus órganos genitales o recurren a practicantes “caseros”. Cuando estas nińas crecen sufren de terribles dolores, inflamaciones, infecciones y problemas menstruales, además de la evidente pérdida de su capacidad de experimentar placer. ;


El caso ha suscitado gran controversia en Italia. Varios grupos de mujeres se han opuesto a la legalización de esta alternativa aludiendo que la práctica en sí es inadmisible y que debe ser condenada y perseguida criminalmente como ya lo es en Dinamarca, Inglaterra y Suecia. Hay quienes afirman, sin embargo, que penalizar esta costumbre podría interpretarse como el “ataque frontal a una cultura”. ;


Leyendo sobre este caso insólito y difícil, me puse a pensar en la contraparte masculina de una práctica semejante: la castración. Quienes hayan leído Las Mil y Una Noches conocerán de la existencia de los eunucos, hombres castrados a los que se encomendaba la vigilancia de los harenes en tiempo de los Califas y los Sultanes. Los eunucos no eran personajes de ficción. Existían en realidad y eran esclavos destinados a esta tarea. En los conventos medievales en Europa existían también los “castrati”, jovencitos de voz angelical a quienes se castraba en aras de la música para que nunca perdieran el tono agudo y femenino.;


La castración masculina desapareció del mundo igual que tantas cosas que sucumben a la modernidad y al avance de un pensamiento más civilizado. A los hombres del Medio Oriente y de Europa no se les ocurrió que continuar con estas prácticas era inevitable expresión del respeto a una cultura o una tradición. El asunto no fue sujeto de debate ni nada parecido. Los eunucos y los castrati simplemente dejaron de existir y la tradición murió igual que canibalismo, la hoguera y otras prácticas bárbaras de la historia de humanidad. Desdichadamente, cuando las mujeres somos las víctimas de estas prácticas brutales, los poderes y las instituciones que deberían abogar por el fin de estas costumbres, vacilan. Se pone en discusión el asunto de si condenar -desde la burkha hasta la lapidación- no es entrometerse en las tradiciones y culturas de los pueblos. A menudo se predica la tolerancia a prácticas criminales como el derecho del padre a matar a la hija por perder la virginidad o esta salvaje castración femenina, por considerar que obedecen a preceptos religiosos. El derecho humano de adherirse a una fe determinada se antepone al derecho de las mujeres a su integridad física. ;


Este tipo de doble estándar que se disfraza como tolerancia cultural es una muestra patente del pensamiento patriarcal que todavía priva en nuestro mundo. Que en los tiempos modernos existan naciones donde a las mujeres se las mata, se las mutila, se las esclaviza o se las obliga a existir sin autonomía y en absoluta dependencia y obediencia de los hombres, es una vergüenza para toda la humanidad. Esas naciones deberían ser excluidas de la comunidad internacional, sancionadas y amonestadas hasta que no se ajustaran a normas de convivencia que otorgaran a las mujeres la libertad y el respeto a sus derechos elementales que les corresponde como seres humanos. Que esto no suceda nos tiene que llevar a cuestionar la ética humanitaria de la mitad masculina del planeta.;


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Santa Mónica;


Febrero, 2004