Opinión

Los paisas


— Yazmín Ross —

Nos cuidan. Limpian nuestras casas. Las construyen. Las pintan. Cocinan nuestros alimentos. Les confiamos nuestros hijos, nuestras pertenencias.;


Cortan el pasto, chapean los campos, riegan los jardines. Vigilan el barrio.;


Nos van rodeando.;


Van y vienen todos los días a las ciudades dormitorio. Ven de lejos el parque de diversiones lleno de lucecitas y gritos infantiles. Fantasean con el día en que podrán traer a sus hijos a disfrutar. ;


Recogen el café que tomamos, los bananos que comemos, las naranjas, las pińas, los melones. Empacan las frutas que exportamos. ;


Ahorran lo que pueden. Pasan hambre, duermen en cuartos compartidos para enviar reales a los que quedan allá. Son los mejores clientes de las tiendas de liquidación y de los servicios informales de encomiendas que proliferan alrededor del parque de La Merced. ;


Se acuestan pensando cómo pagar los estudios de los chavalos, comprar un terrenito, arreglar la casa de la mamá. ;


Ellas atienden el teléfono, reportan el movimiento de cada miembro de la familia con ese acento inconfundible. ;


Si uno es curioso y tiene ganas de intimar, por ahí pregunta: ¿nica? Y entonces sobrevienen los instantes de duda. Esa fracción de segundos en los cuales ellas tratan de adivinar si hay simpatía o xenofobia detrás de la pregunta.;


Ellos construyen los cines, las tiendas, los supermercados, los malls por los que paseamos los fines de semana. Algunos se caen de los andamios, van a dar al hospital, y salen a pulsearla nuevamente. ;


Abarrotan los buses, las maternidades. Ocupan las radios. Poco a poco nos van imponiendo su dieta, sus dichos, sus costumbres.;


Crían a nuestros hijos mientras los suyos desertan de la escuela, vagan, se descarrilan, cobran la ausencia de los padres. ;


De vez en cuando nos asomamos a sus dramas. Escuchamos, chusmeamos, pero nos molesta que nos dejen “botados” si se les muere la abuelita, se enferma algún chavalo o se hace pandillero. ;


Sus problemas nunca son más graves que los nuestros. ;


Tratamos de protegerlos con leyes, jueces de familia, talleres de estima. Y ellos se matan. “Nica tenía que ser”, dicen los atribulados escuchas de los noticieros que transmiten en vivo y en directo las desgarradas versiones de los testigos. Linda educación la que brindan los medios. ;


¿Habrá sido siempre así la vida de los migrantes? ¿O será que ahora tenemos preferencia por exaltar lo peor de ellos? ;


Por suerte, lo peor siempre ocurre lejos de nuestros hogares. Fuera del vecindario. Lo que sucede en sus casas no nos incumbe mientras sean cumplidos en el trabajo. Vigilan a todo sospechoso por una paga mínima. Ellos tienen las armas y nosotros, la paranoia. Confiamos en unos. Despotricamos contra la mayoría.;


Diciembre y enero son los meses críticos. Agarran viaje. Cruzan la frontera cargados de cachivaches. Nos brindan la oportunidad de sentirnos generosos regalando todo aquello que ya no usamos. Cruzan sin hacerse problema por el regreso. Lo importante es llegar antes de Navidad. Una vez allá, el regreso es incierto. Una o dos semanas no bastan para enderezar las cosas, pero el bolsillo se encoge y las necesidades aumentan. Los nińos (muchos de ellos nacidos en Costa Rica) se resignan otra vez al abandono. La abuela vuelve a batallar con ellos y a estirar los reales. ;


Enero es el mes del reacomodo. Los que tardaron en volver, ya fueron reemplazados por otros igual de necesitados. Entre ellos mismos opera una red de colocaciones, una bolsa de trabajo que le consigue empleo a los que no se fueron, a los parientes o a los conocidos del pueblo que emprenden la ruta de los migrantes. ;


Nos hacemos fuertes en ese ejército de reserva. “Si no aparece el lunes, contratamos a otra”. No nos importa que sus familias se desarmen, con tal de tener la ropa limpia, la casa en orden y, ojalá, una platita extra para ver a Pavarotti.;


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La Nación, Costa Rica.