Opinión

Palabras para Juan


— Francisco Javier SANCHO MÁS. —

Te pregunté el nombre, bueno, le pregunté el nombre a tu mamá porque tú estabas muy ocupado bebiendo tu leche del pecho de ella. Tu primer nombre era muy extrańo y no pude escribirlo. Tu segundo nombre es Juan. Ése me es más fácil. ;


Con tu boca afanada en conseguir su alimento, estabas con un gran ojo abierto mirando el mundo. Y el mundo era esa noche de Managua, una noche ya avanzada con su silencio tenso roto por las llantas de los carros o por algún grito de no se sabe donde. La mujer te amamantaba en el suelo junto a otra mujer que decía ser su prima, y que también amamantaba otro bebé, pero éste cubierto hasta la cabeza oculto del mundo. Así que sólo me fijé en vos y en tu mamá. ;


Ella era enclenque y te juro Juan que te daba desde su pecho la última comida que le quedaba en el cuerpo. Era a las puertas de un automarket, yo iba a comprar el periódico tardío y tú fuiste mi noticia, con tu gran ojo abierto vigilante de que aquellas luces diminutas que se veían en el techo del cielo no se te cayeran encima. Luces que se encendían y se apagaban.;


Tu mamá, pequeńo Juan no pedía dinero con su voz. No le hacía falta. Su misma postura, sentada en la acera, dándote el pecho casi seco, era suficiente para saber que mendigaba junto a su prima con su bebé y junto a ti. Supe que no tenía costumbre de pedir dinero en la calle porque agachaba la cabeza cuando alguien pasaba por su lado. Y lo supe también cuando me acerqué y pregunté sobre vos, me contestó con la enorme dignidad de tu nombre completo y de dos lágrimas tan grandes como sus ojos, mientras tú seguías cuidando que las luces de arriba no se cayeran. Juan, a vos no te dolía pero yo me fijé que cientos de ronchas pugnaban por arrebatarte los pequeńos pies de recién nacido, y tu mamá guardaba en la mano como una pregunta la receta de un médico. Un pańo pobre no lograba cubrirte y dejaba tus llagas a la intemperie de la noche.;


Tu mamá no tardó en saber que mis preguntas eran sinceras y me contó que estaba allí porque su compańero, el hombre que habitaba junto a ella, le había expulsado a patadas amenazándole de muerte a ella y a vos. Antes, él no era así, me decía tu mamá, pero desde que no sabe qué hacer se ha vuelto violento. ;


Y tú Juan, ajeno a todo, seguías apurando tu leche y vigilando las estrellas en lo alto que tiritaban como tú. La historia de tu mamá no era la primera vez que yo la escuchaba, ni probablemente será la última. Es la misma de esas mujeres nicaragüenses con la piel color de la arena, huesudas y en pie, barajando la vida de más de un nińo que son objeto del ruido y la furia de los hombres que vienen y que van por sus vidas haciendo de ellas el recipiente de sus desahogos. Tú no eras el único Juancito que tiene que soportar la violencia de otros, ni el único que arrastra consigo las frustraciones y la amargura de sus mayores. Pero para ti, Juan, era la primera violencia y la primera amargura, igual que parecían para tu mamá que mendigaba en silencio. Sin embargo, vos, Juan, vigilá que no te caigan las luces de arriba, no cerrés tu enorme ojito abierto.;


Yo iba a escribir sobre otra noche de Bagdad, donde a muchos como vos, sí se le caen las luces y les explotan en la cara. Iba a escribir, pero no pude, pues te cruzaste en el camino de este artículo y de este corazón que quiere recordarte hace unos días de esta misma semana. Porque vos sos el dolor de este pueblo que mira al cielo con miedo, mientras el mundo entero se está volviendo loco, mientras Iraq es incendiado, mientras los medios de comunicación se centran en el campo de batalla, aquí hay otra guerra más lenta y socavada pero que se da día a día, y es la de la miseria. Los últimos datos y los que están por venir dan cifras aterradoras. ;


Nunca en su historia de los últimos cincuenta ańos Nicaragua parece haber estado peor. Nicaragua se arrastra en la calle con sus pies descalzos llenos de ronchas y se está dejando venir una hecatombe humana que amenaza con invadir hospitales y dispensarios, una muchedumbre hambrienta y enferma sin precedentes reclamando su derecho de ser nicaragüenses y vivir en un país con un poco de dignidad, la misma dignidad, Juan que mostraba tu mamá con su silencio de lágrimas en los ojos, y su falta de costumbre a la noche en que fue expulsada de su propia casa. Nos estamos dejando morir y nadie pone el grito en el cielo. ;


Sólo vos, Juan, sólo vos, que por no poder todavía por estar buscando algo de leche, lo que pones es tu enorme ojito abierto.;


Hoy te pido, Juan, que no lo cierres, que no cierres tu ojito bien abierto. Que yo te prometo poner tu grito aquí y ponerlo en cualquier parte. Que quizá un día, el mundo no sabrá de más Bagdad bombardeada ni más Nicaragua hambrienta, que vamos a darnos las manos para no dejar que nos venza la pesadumbre, y que en medio de todo vamos a prestarnos la alegría como si guardáramos una buena noticia que vamos a dar muy pronto. Que habrá algún lugar donde podamos cantar victoria sobre la tristeza y ya no haya más ruido ni furia. Yo te prometo lo que está en mi mano y en mis palabras. Pero tú, Juan, mi Juan, nuestro Juan, tú, pequeńo no cierres tu ojito, no lo apartes ni un momento del cielo de la noche, no dejes que las estrellas se caigan. Aunque tiemblen, aunque tiembles, no lo cierres Juan. ;


franciscosancho@hotmail.com;
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