Opinión

Un vicio temprano


— Sergio Ramírez —

El libro que mejor recuerdo de mi temprana adolescencia en Masatepe es La condesa Gamiani. Era un libro clandestino, más bien un cuaderno mecanografiado con pastas de papel manila y cosido con hilo como los folios judiciales, que amenazaba deshacerse de tan manoseado. Su dueńo era un lejano primo por parte de mi madre, llamado Marcos Guerrero, de pelo y barba rizada y ojos de fiebre, como un personaje de D.H. Lawrence. Vivía solitario en una casa desastrada, sus gallos de pelea por única compańía, desde que su hermano Telémaco se había suicidado de un balazo en la cabeza.;


Marcos Guerrero guardaba la copia a máquina de La condesa Gamiani en un cajón de pino, de esos de embalar jabón, junto con libros tan dispares como El Conde Montecristo, Gog de Giovanni Papini, o Flor de Fango de Vargas Vila. Esa era su biblioteca secreta, y la primera a la que tuve acceso. De modo que mi lectura de La condesa Gamiani, que pasaba de mano en mano entre mis compańeros de la escuela, fue una iniciación no sólo en el rito de la lectura, sino también en el de la sensualidad.;


Trataba de una condesa muy refinada en sus juegos sexuales no sólo con hombres de cualquier calańa, criados o nobles, y con otras mujeres, sino también con animales, principalmente perros de caza. Sólo muchos ańos después, en mis correrías por tantas librerías, volví a encontrarme con La condesa Gamiani, y descubrí que aquel libro inolvidable no había sido escrito por una mano anónima. Era una obrita de Alfred de Musset, no por menor no menos deliciosa para un adolescente ansioso de penetrar en los secretos de la carne, con todo lo que entonces tenía para mí de mito y adivinación a ciegas.;


Esa sensualidad de las lecturas ha permanecido intacta en mí desde entonces, y se ha trasladado al cuerpo mismo de los libros. Siempre entro en ellos oliéndolos, y no dejo nunca de recordar aquellos tomos en rústica de cuadernillos cerrados que era necesario romper con un abrecartas porque en la imprenta no los refilaban. Por eso es que desconfío tanto de esas horribles predicciones de un futuro en que no habrá más libros que acariciar y que oler, y esas caricias deberemos traspasarlas a las frías pantallas de cuarzo.;


Las lecturas primeras persisten siempre en la memoria, como las huellas de un camino que todavía no sabemos adónde habrá de llevarnos. Y volvemos a veces a andar sobre esas mismas huellas, volvemos a encantarnos, o nos desencantamos. A El Infierno de Henry Barbousse regresé ańos después, encandilado aún por los fulgores que me dejó su primera lectura. Mejor no hubiera regresado. Sentí el libro pobre, lleno de lugares comunes, y sería seguramente porque cada lectura está teńida en cada momento por un aura particular, y por el estado de ánimo que nos domina, que tiene que ver con las carencias, o con los que excesos de la edad.;


También están los libros desaparecidos, extraviados o robados, que echaremos siempre en falta, como aquel pequeńo tomo de la editorial Aguilar con las poesías completas de Rubén Darío, empastado en cuero e impreso en papel biblia, como un misal, que me regalaron una vez las autoridades del Ministerio de Educación Pública porque participé en la eliminatoria nacional de un concurso escolar de declamación. Gracias a ese obsequio aprendí de memoria a Darío, y pude repetir sus poemas desde mis tiempos de estudiante, o contradecir a otros que se precian de conocerlos tan bien como yo, en justas de cantina, o en tertulias hasta el amanecer. ;


También a Chejov regreso con toda confianza, como quien visita una casa a la que se puede entrar sin llamar porque sabemos que la puerta no tiene cerrojo, y lo imagino siempre sosteniendo sus quevedos de médico provinciano para examinar a las legiones de pequeńos seres que se mueven por las páginas de sus cuentos y sus piezas de teatro, tan tristes de tan cómicos, y tan desvalidos, repartidos en las catorce categorías del escalón burocrático fijado por las ordenanzas de Pedro el Grande, cada quien vestido con su uniforme de rigor, y todas aquellas mujeres que envejecen mientras esperan. ;


Son los que me enseńaron a escribir, como O´Henry también, ahora tan olvidado, pero cuyo cuentos, que repasé tantas veces, siguen siendo para mí una lección de precisión matemática, como perfectos teoremas que se resuelven sin tropiezos, qué mejor ejemplo sino que Los Reyes Magos; y lo imagino aburrido en su exilio del puerto de Trujillo en la costa del caribe de Honduras, adonde había huido después de defraudar a un banco, y donde escribió su novela De coles y reyes; y Horacio Quiroga y sus cuentos de Amor, de locura y de muerte, que me hicieron aprender que el arte de escribir es tantas veces el arte de suprimir.;


Y La perla, de John Steinbeck, el primero que leí en inglés, como tarea, esforzándome en noches de desvelo con el diccionario Webster de bolsillo, durante aquel curso de verano en al escuela de idiomas de la Universidad de Kansas en Lawrence, en 1966. Y la vez que tirado sobre la hierba bajo un tilo en el Volkspark de Berlín en 1973, cerré el ejemplar de La metamorfosis y le dije triunfalmente a Tulita, mi mujer: ŤYa puedo leer a Kafka en alemánť. ;


Tengo más libros de los que alcanzaré a leer durante mi vida, y sin embargo, cada vez que entro en una librería me domina la avidez de quien no es dueńo de uno solo y regreso siempre de cada viaje con más, o me los hago enviar por correo, como la vez que compré en una librería de viejo en Clermont-Ferrand La Comedia Humana de Balzac, treinta tomos empastados en amarillo por novecientos francos, qué vicioso desde nińo puede perderse de una ganga así, me dije, y cuando ya cerrado el trato le pregunté al librero porqué una colección tan barata, dio una chupada a su Galoise y me respondió que porque ocupaba mucho espacio en sus estantes. Allá él.;


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Barcelona, marzo 2003. www.sergioramirez.com