Opinión

¿Por qué no los abogados?


— Onofre Guevara López —

I.- ;


La doctora Ada Luz Ramos, presidenta de la Corte Suprema de Justicia, en entrevista con la periodista de END, Eloísa Ibarra (10/03/03), habló de un hecho conocido, pero que, oírlo desde la altura de su cargo — el más elevado dentro del ámbito de la justicia—, se vuelve irrefutable: “La Corte no tiene capacidad para tener un control constante y permanente sobre la actuación de los jueces (…); si los jueces cumplen los procedimientos, si no actúan contra ley expresa (…); conocemos las situaciones a través de las quejas y de los medios de comunicación”. Como sabemos, hay quejas de parte interesada en los juicios, hechas por los abogados a nombre de sus clientes, aunque éstos no tengan la razón, y, por ello, son quejas de dudosa validez, pura argucia. Objetivamente, las quejas que adquieren valor ante los magistrados son las transmitidas por los medios de comunicación. Así lo dio a entender la doctora Ramos. ;


II.- ;


Si a las quejas del público se suma la investigación propia de los medios, y cada investigación es como una queja ampliada y profundizada, y socialmente compartida, resulta que el periodismo asume el mérito de ser la voz de la ciudadanía en la lucha contra la corrupción. O contra la burla a la justicia, que es la otra cara de la moneda, y que motiva la acción de algunos jueces en el sentido correcto. Si no lo hacen, los jueces pasan a ser objetos de la vindicta pública, como se dice. Siendo esta columna parte de un medio combativo, hay razón para sentir satisfacción por el desempeńo de esa función gremial de servicio social. Pero, en justicia y razón, no deberían ser los medios ni los periodistas los que carguen solos esa responsabilidad. Entonces, ¿a quiénes les toca por lógica y derecho ejercer esa misión, o, por lo menos, encabezarla? Teóricamente, no existe gremio más idóneo que el de los abogados, el gremio de los “doctores de la ley”. ;


III.- ;


Sin embargo, como dice una frase hecha, los abogados “no son parte de la solución, sino del problema” que tiene la justicia. No todos los abogados están en condiciones de asumir su responsabilidad como correspondería a quienes tienen las leyes como sus medios de trabajo profesional, están preparados para ello y son tenidos como agentes de la justicia. Es paradójico que siendo los abogados, entre todas las profesiones el más ligado al andamiaje jurídico que sostiene al sistema social, sean, al mismo tiempo, vulnerables en su ética y, por ello, los menos capaces de ser, con su actuación profesional, los garantes de la justicia. Debe ser porque en la lucha social por definir “el tuyo y el mío”, los abogados toman partido por los intereses económicos dominantes. Aunque sucede igual con otras profesiones, éstas causan menos dańo social. He ahí por qué no es el gremio de los abogados el que encabeza la lucha anti-corrupción. ;


IV.- ;


Si, como sucede, se asocia el jurisperito avispado con el político mańoso en una sola persona, el resultado puede ser negativo para la parte económicamente débil de la sociedad. Los cargos públicos más relevantes — cuando no la misma presidencia— son ocupados por abogados y, por lógica profesional, tienen en sus manos la estructura del poder judicial y casi todo el poder legislativo. Tener un abogado en la familia, ha sido como tener un profesional con bate de aluminio en un juego de ligas menores (valga el símil: eso es un abogado entre ciudadanos legos en asuntos legales). Sólo lleva las de ganar. Lo vemos en el poder político, en la gran empresa (nacional o extranjera, como dueńo o apoderado), litigando en pro de los poderosos, muy poco en las causas populares y aún menos en la lucha contra los corruptos. En la lucha política, progresista y ética por erradicar la corrupción en el poder judicial, vemos pocos abogados. Una desgraciada paradoja.;