Opinión

La página oscura


— Onofre Guevara López —

I.-;


Previamente anunciado con profusión, el martes 4 de marzo/03 circuló un suplemento (doce páginas) del diario La Prensa, diz que conmemorando el veinte aniversario de la primera llegada del Papa Juan Pablo II a Nicaragua (1983). Aparte del material fotográfico, el contenido lo componen tres artículos redactados por Eduardo Marenco Tercero, cuyo esfuerzo por ser objetivo y profesional es aceptable, en abierto contraste con la obvia intención del título y la presentación gráfica: “La noche más oscura. El Papa en la Nicaragua sandinista. 1983”. En efecto, la primera página tiene un diseńo tétrico, impresa a dos tonos no menos fúnebres: un rojo desvaído (“nocturnal”) impreso sobre negro, y un marco al centro con la foto de un Papa sonriente (abajo) con otra de Daniel Ortega (en lo alto y al fondo), cuya mitad derecha del rostro ensombrecida, más los anteojos oscuros, ofrece una imagen repulsiva. Todo deja muy evidente el interés manipulador de sus editores. Pero, por ese contraste de la presentación gráfica con la objetividad de los artículos de Marenco, el mensaje subliminal no parece haber sido logrado totalmente. ;


II.- ;


La intención manipuladora con tan fea impresión gráfica del suplemento resalta, porque también contrasta con el diseńo y con los tonos suaves, agradables, modernos del semanario que circuló en la misma edición. Pese a todo, no ocuparía mi espacio con estas observaciones y los detalles que describo me hubieran parecido irrelevantes si no fuera porque dos de las fotografías utilizadas “En la noche más oscura…” tocaron mis sentimientos de padre de familia. Casualmente — creo en verdad, esto fue casual—, en esas fotografías aparece la imagen de mi hijo Sergio Iván, muerto en combate con la guardia somocista en mayo del 79. Aparece una vez en la parte superior derecha de la portada y la otra en la foto de la última página — también en la parte superior derecha, y es la más grande entre todas las fotos—, donde aparece el grupo de madres con hijos caídos en la lucha contra la dictadura o en el enfrentamiento a la contrarrevolución creada y sostenida por el gobierno de los Estados Unidos. Para recordar a mi hijo, esa misma fotografía la tengo en mi casa, y, francamente, no me ha gustado verla en el suplemento referido. ;


III.- ;


Cuando Mario Tapia, compańero de trabajo entonces, tomó esa fotografía él no sabía que ahí salía mi hijo, y creo que aún no lo sabe. Lo que deben saber quienes lean esta columna, es que si de mí hubiera dependido la foto de mi hijo no hubiese llegado a la “Plaza 19 de Julio”, porque yo no creía ni creo ahora, que él necesita de ninguna oración del Papa, pues, joven generoso como era a los veintitrés ańos, no cometió pecado alguno por haber muerto luchando por lo que él estaba convencido sería para liberar al pueblo nicaragüense de la opresión dictatorial y las injusticias sociales. Ese día yo no estuve ni cerca de esa plaza, ni me di cuenta que su madre llevaría la foto, aunque no hubiera tratado de impedírselo, porque respeto sus creencias religiosas. Ella creyó que a su hijo le cubriría la bendición papal, pero, como miles de madres, encontró a un Papa ciego de “santa” ira ideológica y sordo ante su clamor, y la oración que pedían, nunca llegó. Respeto el derecho del medio referido de utilizar las fotos, aunque haya sido con intención nonc santa, porque, efectivamente, se trata de un hecho público y, además, histórico. ;


IV.- ;


No pasa inadvertido el hecho de que esa publicación no tiene solamente un fin informativo y conmemorativo. Este acontecimiento entró en nuestra historia y no sale de ahí, sino para rememorarlo o manipularlo, que es, efectivamente, lo sucedido veinte ańos después. Insisto en seńalarlo, porque este hecho y el estilo de hacerlo sí, que no parece casual. Ejercitando los recursos subliminales de los días de la guerra ideológica que acompańó a la guerra contrarrevolucionaria, en ese medio rememoraron la técnica transmitida por asesores financiados por el mismo gobierno que también financiaba la guerra. Un verdadero anacronismo; estilos que se creían superados y fuera del ámbito de la “transición” democrática, tocaron de nuevo las puertas de la discordia y la confrontación. ¿O es que la portada sombría es obra de algún editor cuyas pasiones no fueron aplacadas, porque su “exilio” lo tuvo alejado del teatro de los acontecimientos que aquí amargaban la vida de los nicaragüenses? ¿Acaso la portada es obra de alguien que, con espíritu trasnochado, quiere reconstituir la alicaída influencia de la iglesia atemorizando a la gente?