Opinión

La otra corrupción


— Monica Zalaquett —

De ésta es la corrupción que menos se habla, como no sea el modo distante o sensacionalista en que se la convierte en la noticia del morbo cotidiano. Si alguien la menciona, la gente tose, mira hacia el lado y prefiere soslayarla. ;


Pero es la peor de todas, la que más destruye al ser humano y evidencia lo inhumano de una justicia que no llega a quienes no tienen posibilidades de reclamarla.;


Es la corrupción que cometen ricos o pobres, religiosos o laicos a puertas cerradas, encubiertos tras los vínculos familiares, educativos o espirituales. ;


Es la que se minimiza a diario, cuando el abuso sexual, el incesto y las violaciones son superficialmente abordados, a pesar de ser una práctica tan destructiva y generalizada. Se estima que una de cada tres nińas y uno de cada cinco nińos sufre alguna forma de agresión sexual, lo que obliga a aceptar que casi no hay hogares, comunidades, escuelas o iglesias, donde no se conozca un caso, aunque estos delitos se encubran o se callen. ;


Los nińos y nińas abusados crecen conviviendo a duras penas con su tragedia, sin entender las múltiples formas en que luego, en su vida adulta, las consecuencias mentales y emocionales repercutirán en una baja autoestima, depresiones, adicciones, disfunciones sexuales, intentos de suicidio, conflictos familiares y expresiones de violencia con que las antiguas víctimas muchas veces pasarán la factura a otras nuevas, perpetuando por generaciones esta cadena de atrocidades.;


Muchos creen todavía que las agresiones sexuales son situaciones extraordinarias que nunca llegarán a afectar a sus seres queridos, debidas a la ignorancia de cierta gente, a los efectos del alcohol o a las pulsiones inevitables de hombres enfermos, que actúan como víctimas al fin de una sexualidad incontrolable.;


Pero esta clase de abusos afectan a todos los sectores y representan la forma más común del abuso de autoridad. La cometen con frecuencia gente aparentemente Ťrespetableť: adultos de la familia, directores de colegio o maestros, sacerdotes o líderes religiosos, médicos, militares o policías, y no sólo hombres como se piensa, sino también mujeres con mayor poder que la víctima abusada.;


Estamos hablando de uno de los problemas más graves y más extendidos en nuestra sociedad, pero a la vez más subestimados. El impacto de esta clase de agresiones en la persona es inmenso, pero también lo son sus implicancias culturales, económicas, jurídicas y sociales. El abuso sexual es el producto más sórdido y extendido del sistema patriarcal y tiene su expresión crítica en la familia y la cultura autoritaria. ;


En una misma semana, por diversas razones, tres personas conocidas me mencionaron casos de nińos o personas adultas que han sufrido abuso sexual por parte de sacerdotes católicos, y cuando les pedí encarecidamente que hicieran pública la denuncia se negaron. Un hombre manifestó vergüenza de hablar, pese a que hace un tiempo encontró en la calle al sacerdote que lo violó de nińo y que aún continúa oficiando en su pueblo natal. La madre de otro nińo recientemente abusado por un párroco, prefiere pedir la intervención de líderes de la iglesia de su departamento antes de acudir a los juzgados. Otra muchacha que sufrió abuso sexual en su adolescencia por parte de quien consideraba su guía espiritual tiene mucho miedo de denunciar su caso porque ni su propia familia no lo conoció.;


Por ello es tan urgente romper el silencio, para darle al tema la relevancia necesaria e impedir que estos delitos continúen realizándose en la impunidad.;


En relación con los abusos cometidos por sacerdotes, el silencio ya se rompió en los Estados Unidos, México y en naciones centroamericanas como Costa Rica y Guatemala. El respetado periodista mexicano Jorge Ramos ha demandado sistemáticamente que en nuestros países se venza el miedo a estos poderes que invocando la religión pretenden evadir el peso de la justicia en nuestras sociedades. ;


Ahora que se está tratando de fortalecer las instituciones y combatir la corrupción en el ámbito público, debería emprenderse simultáneamente una batalla contra la corrupción en la esfera privada. No podemos asistir pasivamente al ritual generalizado de sacrificio de la nińez cometido en viviendas, centros de estudios, iglesias o templos, si pretendemos construir una sociedad más humana.;


El primer paso es darle prioridad a la protección de la nińez en la acción gubernamental y no gubernamental y en las políticas de Estado. Hay que divulgar las causas y consecuencias del abuso sexual a través del debate público y la reflexión ciudadana. Es fundamental incluir este tema en la educación escolar y estimular la voluntad individual y colectiva de impedir que esta escondida tragedia siga siendo minimizada. ;