Opinión

Los hijos de la luna


— Ricardo Trejos Maldonado —

Ya había avanzado bastante. La mano se movía como culebra. Las yemas de los dedos sintieron la tibieza del vientre joven pese a que revoloteaba en la pradera un friíto filosito. Era la primera vez que estaban tan cerca y tan solos cuando la manada de potros cimarrones pasaron a galope tendido cerca del matorral nupcial. Pronto el susto se disipó. Los dos se habían puesto de pie. Alejandrina Canales se miraba espectral, la luna estaba tan grande en aquellos ańos, y tan roja. Ambos se tomaron de las manos y levantaron la cabeza hacia el cielo sin nubes. Víctor Parrales habló, su voz salió entrecortada; dijo: ŤSerás mía para siempreť; y ella musitó: ŤY tú serás como mi sangre ardienteť a la vez que dejó caer su cabeza sobre el tórax de Parrales. El la estrujó como queriéndosela meter más en el corazón, y se fueron desplomando en Ťcámara lentať. Siempre recordarían aquella luna llena.;


Al caserío nunca había llegado un cura, ¿para qué? si ni iglesia había. Todos se casaban, ante o debajo de la luna. Parrales, tiempo después, rodeado de nietos recordaba con sus vecinos los días de amor y de guerra, cuando todo era escaso en aquel poblado.;


Cuando les vino el primer vástago, Alejandrina y Parrales decidieron dejar aquel caserío perdido en la llanería y marcharon hacia el Oeste. Tomaron el camino por donde el sol se deja caer todos los días por las tardes. Llegaron al pueblo Tismeque que tenía un médico empírico, un libro descuadernado de registro de las personas, una bartolina, una iglesita y una gallera.;


Cada ańo por la cuaresma se aparecía un padrecito montado en una mula. Víctor y Alejandrina asistían con su prole a todos los ritos religiosos. Parrales no entendía casi nada pero le gustaba el olor a incienso, la seriedad de los asistentes, y las palabras del cura. Nunca se lo preguntó, pero le gustaba también la palabra Mancebo pronunciada con severidad desde el pequeńo púlpito.;


Pasados los ańos observaría con mucho detenimiento que uno de sus nietos, Bartolo, había nacido con el arte y la magia de hacer que la gente oyera con atención sus palabras bonitas.;


— A este muchacho tenemos que hacerlo cura, Alejandriná.;


— Vos querés que lo perdamos, no ves que a los sacerdotes los mandan a cualquier parte del mundo.;


— No mujer, si es para que se quede en el pueblo.;


Parrales se solazaba imaginándose, viendo a Bartolo de sotana y sombrero negro, aludo, montado en un caballo recorriendo los caseríos con una biblia en la mano; y regresando siempre al pueblo, triunfal. Todo sería mejor, porque el pueblo iba a tener sacerdote permanente y nacido de su propio seno, de sus problemas y alegrías. Y recordaba entonces al padrecito repitiendo la palabra Mancebo.;


Ese día fue brutal para Parrales, era Lunes Santo, habían regresado de la iglesita y estaban sentados en el patio de la casa, eran las ocho de la noche pero había mucha luz, la luna roja, roja, iba subiendo lentamente hacia el centro del cielo.;


Las dos noticias demoledoras las recibió una tras otra. Primero el bachiller Salguera le explicó que la mancebía se refería al hombre y a la mujer que vivían juntos sin ser casados. Minutos más tarde Bartolo llegó de la cabecera departamental, Masaya, en compańía de don Arnoldo Aburto, mandador de la hacienda más grande de la compresión. La noticia fue directa, como un balazo.;


Bartolo y el seńor Aburto informaron que los curas le habían dicho que en los Seminarios no aceptaban estudiantes para sacerdotes si habían nacido de personas que no eran casadas. Parrales se puso de pie y caminó respirando hacia el chagüital para que el aire frío refrescara la cólera que le hervía por dentro. Alejandrina lo siguió, le echó el brazo por la cintura y le dijo —ťmiremos mejor la luna, ¿te acordás que así estaba aquella noche cuando fui tuya por primera vez en el matorral?. Y los dos viejos, que se amaban siempre quedaron viendo la luna.