Nuevo Amanecer

Poemas de Rodolfo Sánchez Aráuz


PIEDRA ÍNGRIMA

Creciente y rebosante se impone el sol, pasando
de naranjal color a oro amarillo. Hay movimiento
pendular de nidos. Hay oropéndolas.

El astro penetra en los árboles. Se regocija
con la brillantez de chilamates y acetunos.
Salto a la arena lagunar por el sendero
que me lleva al pequeño desierto donde una piedra
sola derrama un singular silencio. Cuando más fuerte
le da el sol parece una monja de espaldas. Su costado derecho
es de arriba hacia abajo en párpado caído. En el otro costado
como hechas con hacha de otra piedra están desdibujadas
dos columnas con penacho roto. Sin agujeros de pájaros
y sin brizna alguna de hierba, es una piedra íngrima,
sacerdotisa desapercibida entre pedruscos y zarzas.
Sus heridas denotan el ejercicio sacro y yugal de la espera.
En verdad que estremece su larga agonía casta.

Un día me fui lejos. Contemplé inmensos roquedales,
crucé laderas angulosas y quebradas, estuve al pie del Aconcagua
en Puente del Inca, Tiahuanaco, el Ilimani.
Cuando volví mi piedra íngrima no estaba.
Un sismo la hizo rodar hacia otras rocas entre árboles
y una raíz cruzó airosa bajo su párpado, hizo un lecho de helechos
con musgos sonrosados, creció del vientre de la roca un árbol
donde posan las nubes, brotan los pájaros y antes
del naranjal amanecer luceros diminutos presurosos
se esconden o se acurrucan entre raíces y ramas.

Un lucero amatista demorado cayó sobre mi hombro
y al apagarse dijo: poeta viajero dile al mundo
que la roca virgen ama.

EL GRAN POETA Y LA PIEDRA ÍNGRIMA

Para Álvaro Urtecho

El tímido y gran poeta avistó desde el camino
la íngrima piedra. Se acercó y la observó conmovido
desde varias distancias y al esculcar el dolorido párpado
hubo en el aire circundante un olor no de cal, no de arena,
sino del templo soleado ardiente sin flores y velas.
Después caminó en círculo. Debajo de las esbozadas columnas
creyó ver una tumba y en un pequeño hueco colocamos dos copas
con el licor más fuerte del que rápido llega
a los pliegues menos soñolientos y más desplegadizos.
Luego a hondonadas con salientes picos de cóndores con quenas.
Arde el grafito con oquedades de amatista de donde
en intermitentes saltos se desgranan estrellas reprimidas.

En mi rincón de libros desvelados, con señales y notas varias
está el Neruda de Guayasamín en póster, hay carabelas,
espada, plumas de cóndor y sólo un libro a la vista
que permanece despierto y abierto página a página con cintas
cifradas.
Están dos copas, una de vidrio con vino rojo y otra vacía
-como quedó el pequeño desierto sin el párpado doliente
que rodó por el sismo y desposó con un árbol-
íngrima su cavidad de madera para siempre vacía.
No queda el olor indefinible de la piedra, hay deserción
constante y rápida de la arena. Es más desierto.
Sí queda en múltiples calles y senderos el eco
del paso despacioso como temeroso del gran poeta.
A Rivas se marchó dejando todos sus títulos abiertos
y cierto olor de santidad sólo por él impreso
en la copa de madera de ñámbar. Crece el desierto.