Nuevo Amanecer

Payasadas de un demonio


Género: Novela.
Título: Payasadas de un demonio.
Autor: Pedro Avellán Centeno
(Siuna, Nicaragua. 1961).
Editorial: Centro Nicaragüense
de Escritores
(1ª. ed. 2009).
Colección: Narrativa.

Cuando Amberta Rivera aceptó seguir los pasos de su marido Adeodato Granados, después que este hubo conseguido trabajo de cortador de caña en el ingenio azucarero Amalia, de Nandaime, nunca imaginó que su destino estaría marcado por la desgracia.
Amberta y Adeodato son dos personas cuyo origen humilde los hace presa fácil de las inclemencias derivadas del entorno mísero en el que se desenvuelven. Ambos, prácticamente analfabetas, exentos de anhelos utópicos, más que el de tener un trabajo que les aporte dividendos seguros, aunque sean pocos, para así proveerse de la canasta básica alimenticia, darle una adecuada educación a su pequeña hija quien les alumbra los días, hacerse de un patrimonio, aunque sea modesto, y de vez en cuando darse algún gusto.
Amberta, “cuerpo de amazona, de arisca cabellera negra y hebras espesas”, tiene un puesto de mercancías varias: caramelos, chicles, y cigarros, sobre la acera próxima a la entrada principal de la Universidad Centroamericana, mejor conocida como la UCA, en la caliente ciudad de Managua, pero prácticamente su negocio lo hace en la calle, para ser más preciso en la Avenida Universitaria, toreando automóviles y uno que otro piropo que le lanzan los choferes dados sus inocultables encantos. Pero ella sólo tiene un amor: Adeodato; bueno recompongo el camino, tiene dos: su hombre y su pequeña hija Milagro de la Concepción de María, por ellos daría la vida.
Lo anterior es un preámbulo, que insinúa desde sus comienzos el contexto físico y social donde se desarrollan las acciones de la historia propuesta por Pedro Avellán Centeno, en este su segundo libro Payasadas de un demonio, después de su ópera prima Balastro.
Como ustedes pueden darse cuenta, resulta ya lugar común encontrarse en las lecturas de los narradores nicaragüenses cierta fascinación por el uso de los nombres completos y apellidos de sus personajes, Payasadas de un demonio, la novela de Pedro Avellán Centeno, no es la excepción; a lo ancho y extenso de la historia los nombres aparecen, supongo con la intención, de parte del autor, por reconocer con mayor acercamiento a sus protagonistas, y hacerlos, de ese modo, más cercanos al lector, en un afán de identificación. Habla además, del descubrimiento de un código sencillo representando una forma en que los lectores suelen identificarse o desconocerse,
Desarrollada en cuatro ambientes distintos: Acahualinca, miserable barrio de Managua, la Avenida Universitaria como ya lo consigné, el área circundante y las entrañas del ingenio azucarero Amalia, y el cuarto, la ciudad de Nandaime.
Pedro Avellán Centeno, plantea la insuperable visión de tres factores que vinculan de manera estrecha a los protagonistas y personajes secundarios: la pobreza, la fe religiosa y la creencia en asuntos de brujerías, elemento este último, consustancial del religioso por cuanto el creyente, cuando no se ve favorecido de la gracia de Dios para resolver sus problemas, acude a los enviados del Demonio representados en brujos, adivinos, clarividentes, u otros de la misma calaña. Mientras Adeodato se acomoda en sus labores de cortador de caña, que después ayudado por su amigo Endinomio Morales se convertirá en guardián de los plantíos, con la supuesta superación de jerarquía, Amberta decide emprender su propio negocio poniendo un puesto de baratijas y dulces, justo en la misma zona del ingenio donde Bernabela Rosales, originaria de Nandaime, tenía su tramo de bisutería y ropa de segunda que vendía a precios de estafa a los cañeros. Bernabela avistó en la empresa recién iniciada de Amberta, un verdadero peligro para sus intereses económicos, de tal suerte que decide hacerle la guerra hasta sus últimas consecuencias, es decir, acabar con el negocio de la hermosa “amazona, de arisca cabellera negra y hebras espesas”.
Es tan poderosa la fijación de Bernabela por aplastar a Amberta que no mide consecuencias, y en algún momento de las vidas de estas mujeres se enfrentan en una lucha sin cuartel, la una movida por el egoísmo y la envidia al no soportar que otra emprenda negocios donde ella era la única, y la otra al defenderse y considerar estar en su derecho por ejercitar su proyecto de vida con la venta de baratijas. Así las cosas quien paga las consecuencias de esta pugna es Aderito, hijo de Bernabela, quien muere apuñalado accidentalmente por su misma madre. Bernabela culpa a Amberta de su desgracia y desde entonces emprende su funesta venganza en contra de la que cree culpable. La vida de Amberta, Adeodato y Milagro de la Concepción, sufre una profunda transformación. .
La perversidad de Bernabela no tiene límites, acostumbrada a una forma de vida malévola se cree representante del Demonio en la tierra, con esa creencia acostumbraba a tomar baños al aire libre en el patio de su casa durante las medianoches de luna llena, en tanto los dos perros de su propiedad Barrabás y el Diablo la lamían y poseían y ella invocaba al Maligno. Por otra parte el lector se da cuenta del espíritu demoníaco de Bernabela pues en su negro historial cargaba el asesinado de su madre: Pretilda Rosales, a la que encerró en el sótano de su casa manteniendo ahí su esqueleto.
Avellán Centeno apuesta al símbolo de la venganza para delimitar la premisa de su novela, es aquí donde desenvuelve las redes de su imaginación para dar rienda suelta al entramado de una historia con personajes que se debaten en la marginalidad y la ignorancia, cercados por los temores de la religión y sus acercamientos con la magia negra y la brujería, y que se ofrecen al amparo de los perfiles que Pedro Avellán traza con especial mirada, con nombres como: Toribio Somoza, afanoso cortador tradicional de caña, compañero de Adeodato y degustador de ratas y zorros cola pelada, Endinomio Morales, alias Guarapito, amigo y jefe de Adeodato en las labores de seguridad, Columbana Mendoza, nana de Milagro de la Concepción, Walburga Adalsinda, gitana de Tortosa, municipio de Tarragona, España, cuyos ojos verdes despedían fuego y que cargaba en sus espaldas la maldición de la muerte, Apolonio Huerta, administrador del ingenio, Adonías Uriarte muchacho noble, sacristán de la iglesia cuyo reverendo era el padre Atotonilco Sisebuto, Carmelo Peralta esposo de la susodicha Bernabela, Doroteo Soto su sirviente además de chofer y correveidile, el brujo Montano Colindres, tan astuto que valiéndose de la ingenuidad de Amberta, la posee, y claro, sin dejar de mencionar a la Virgen de la mata de caña, imagen de la Virgen María con los brazos alzados y la mirada triste, mientras de sus iris, destilaban lágrimas de sangre, imagen que había sido encontrada entre las llamas de un cañal, entre todos ellos el Demonio campeando a sus anchas, se carcajea a expensas de su credulidad y se burla haciéndoles un fin de payasadas. Es hermoso que podamos experimentar la fantasía, lo misterioso, el talento de la invención, sobre todo cuando hay escritores como Avellán Centeno, duchos en urdir, argumentar y revolver los intríngulis de las vidas para originar historias subyugantes, que penetran en la psique del lector ofreciendo un camino que conduce al arte y a la belleza de la narrativa. A fin de cuentas qué es un hombre sin sueños, qué es de aquel que mantiene su mentalidad cerrada a las invenciones, seguramente se cierra las puertas a las posibilidades infinitas de la imaginación. Y si bien es cierto que en esto de la fantasía uno puede inventar lo que se ocurra, también es imprescindible hacerlo de manera verosímil, o sea, creíble desde el punto de vista literario, recordar que la verdad literaria no es igual a la realidad real, por tanto hay algunos elementos que se me hacen no estar de acuerdo con la atmósfera de la novela, sobre todo cuando acude a elementos de la modernidad, entre ellos la Internet que parecen metidos con calzador, también a fuerza de ser sincero, debo decir que me encontré algunas erratas de ortografía y de dedo, que estoy cierto son ajenos al autor y no lesionan lo sustantivo, ni la estética del corpus narrativo, pero que si llegan a hacerle ruidos extraños al lector.
Payasadas de un demonio, parece que esculca más allá de la simple “vendetta” de una mujer dolida por la muerte de su hijo, poseedora de un espíritu avieso que le desea el mal a sus congéneres, a mí en lo personal, me alumbra sobre el significado del concepto de Albert Einstein, cuando proclama que sólo hay dos cosas infinitas, el Universo y la Estupidez Humana, pero dice no estar seguro de la primera, y de la segunda puede observarse cómo nos destruimos sólo por demostrar quien puede más.
Sí querido y fiel lector, con Payasadas de un demonio, del nicaragüense Pedro Avellán Centeno, estamos ante un refrendo de cómo la estupidez de algunos seres humanos llega tan lejos, que estos pierden la dimensión de la belleza de la vida por atenerse a cuidar egoístamente el obsesivo acopio de los bienes materiales y por ser víctimas de las circunstancias de un entorno en el que, a decir de Francisco Arellano Oviedo: “se describe el trabajo de los obreros del azúcar cuyo dolor es degradante, múltiple y superlativo por la presencia del hacinamiento, el adulterio, la zoofilia, la envidia…”.

COREA TORRES. PUEBLA, PUE.
MÉXICO. 31 ENERO 2010.
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