Nuevo Amanecer

Francisco Valle / Prosemas


Espejo en el aposento

El espejo en el aposento deja caer, siglo tras siglo, pequeños derrumbes de ceniza.
En ese espacio del espejo se refleja una pena herida por la luz, y en los corredores del fondo se vislumbra, fugazmente, el paso de la soledad que se pierde en las sombras envuelta con sus profundos perrajes.
El espejo del aposento guarda toda la vida en su historia, y una noche cualquiera te dirá: “Ese eres tú”, señalando con una mano de vidrio la flor más alejada del jardín.

Convocatoria para escribir el silencio
o El triunfo de los desastres
En ese lugar sombrío nadie pasaba; solo el viento, como un ángel oscuro, abría sus grandes alas sobre el extenso triunfo de los desastres.
La noche dormía encantada en la garganta de los peores inviernos.
Mi paraguas, con filo de espíritu, me acompañaba cuando faltaba nadie y mi edad penetraba rodeada de recuerdos en las calles humedecidas por la desolación y las lluvias.
Distancias castigadas por los tatuajes del alba.
En actitud de oración yo levantaba mis brazos como dos sangrientos muñones del ser hacia lo más alto del cielo (Orfeo ya sin rituales y la voluntad en fracaso) ---después de haber intentado escribir los ámbitos de aquella tierra indecible.
En ese lugar sombrío, el silencio callaba.

Un tren pasa en la noche
1
Un tren pasa pitando lejano, con hierros de espesa melancolía.
Un tren de vagones polvosos y camastro de huesos viejos, que viene de recorrer un espacio infinito como un dolor en las provincias de arena.
Un tren pasa en la noche con la cabeza bañada de astros, con hambre de horizontes y con la envejecida memoria de los
caminos.
Hacia Despeñaperros inmenso, un tren lleno de secretos se dirige vestido con las raíces más antiguas para la misma muerte.
Un tren que pasa en la noche como una redención para los corazones vencidos, y al que le digo adiós desde lejos moviendo la mano sin huellas en el aire solo.

2
En la extensión desierta rodeada de viento soñoliento, sólo quedó el recuerdo de una mujer perdida, como una estatua de arena lenta y obligatoriamente destituida por las heridas del alma y la elegancia del olvido.