Nuevo Amanecer

Es un clamor que aclara


¿Poeta rebelde?, no me lo parece. ¿Radical en sus expresiones? Tampoco. Tal vez maneja una pequeña porción de romanticismo al viejo estilo de los entregados, un poco de connotación política en algunos textos con tintes de inconformidad, pero para dilucidar el propio infierno a que lo orilla el desencanto amoroso, o el desprecio que padece de las mujeres, acaso la desilusión por ver herida su ciudad, el granadino Luis Enrique Duarte ha escrito: Es un clamor que aclara, libro de poesía publicado por el Centro Nicaragüense de Escritores, este pasado 2009.
Joven, no más de 35 años, y sin embargo posee en su ars poética: potencia expresiva, versos matizados sin declarar violencia a lo que alude, tal pareciera un escritor de mayor edad, con mucha experiencia de vida y una gran carga mundana, que lo induce en todo caso a expresarse con esa voz profunda, revolcada, de pronto como rozada por los efluvios de un aguardiente arrabalero.
Y entonces encuentro esa facilidad para construir imágenes, como un mago sacándolas desde el fondo de su chistera, una tras otra: “melodrama constante del agua/ dentro de los lechos marinos…”; o “…soy una palabra confusa/ con faltas ortográficas…”; “…y el tiempo se arrastra como serpiente/ moribunda…”, “…la tierra gira sísmica y profana/ sobre el círculo abierto de mi pupila…” En cada poema se percibe el don con el cual fue congraciado, y lo usa, impregnándole vísceras, piel y deseos, el yo poético de Luis Enrique descarnado, sin embargo, pese a la personalísima visión de los hechos, en el libro se deja sentir como un creador de más hondura que muchos poetas en esa edad, entrega versos de cuño inapelable con el sentimiento, que nos remite a un autor comprometido a manifestarse sólo después de haber probado la naturaleza del amor, sus placeres y los respectivos sinsabores, a la manera de Nietzsche: cuando pregona: “Siempre hay un poco de locura en el amor, aunque siempre un poco de razón en la locura”.
Clama y aclara. Sufre, más no se acongoja. Restriega sus palabras al lector en un acto de valentía, el yo poético se desnuda para que vean cuanto sufre después de la experiencia fallida, pero sin lamento, tratando de evitar la conmiseración, mostrando más bien, una suerte de premisa poética: “esto te puede pasar cuando te das por completo”, y es ese mismo acontecimiento amoroso con la ciudad, con las mujeres, con el deseo y la muerte, el conductor y leit motiv de los tres poemarios: Es un clamor que aclara; Mujeres; y Se quemarán las sombras, contenidos en el libro. Hay que tener presente, y en esto debemos ser considerados, por regla general a la poesía se le endilga el sambenito de estar construida con lenguaje abstruso, es decir, de difícil comprensión, originado por ofrecer –dicen algunos-, al altar del sacrificio el sentido del poema en aras de un sonido cadencioso, y por supuesto, escogiendo estremecer, conmover el espíritu a través de la emotividad, antes de buscar la armonía con la razón -Yo aún no puedo contestarme si tal concepto represente desventaja o beneficio, de cualquier modo no quiero meterme en embrollos teóricos-. El caso de Es un clamor que aclara, desde mi agradecida lectura, no padece semejante disyuntiva, Luis Enrique Duarte, su autor, permite ser comprendido y sentido, merced a su lenguaje exento de hermeticidades, y a la virtud de pergeñar metáforas e imágenes, cuya luminosidad aclaran el entendimiento sobre el meollo de sus intenciones, consagradas a sugerir sus padecimientos, bien detectadas aquí como recursos de suyo privilegiados del joven poeta en su andar lírico por las tres estancias propuestas.
Poesía lírica, arrebatada, la de Luis Enrique Duarte, cercana al sentimiento, con menos contigüidad a la reflexión: “…porque yo tengo la culpa de cada partida/ yo soy la causa del escurrir,/ la ocurrencia fatal en la penúltima noche…/”; “…Claudia, tu nombre es vómito de mi soledad,/ pero tu intrépida presencia en estas horas me/ calma…”. El paisaje explayado bajo su mirada no pertenece al de la naturaleza exterior de bosques, flores, ríos, o amaneceres “bonitos”, no es por nada la postal trillada acerca de un espectáculo visual, su interés se centra en el paisaje interior del corazón humano cuando es acechado –y flechado- por el ritual del deseo, del amor, la más de las veces le resulta espinoso, causante de arañazos, y en casi ninguna el yo poético sale bien librado: “…Me pregunto dónde está nuestro comienzo/ el principio de los naufragios,/ la soledad agredida por tu voz rala…”; …”¡Qué sé yo de mis mundos! Te perdí,/ como un perro atropellado,/ como gorrión que voló desde mis manos .
El poeta incide detenidamente con pausas conseguidas a golpe de paciencia y de aceptaciones, a esas sus realidades con las cuales se envuelve, para luego rumiarlas, rememorar a solas los desencuentros y expresarlos en poemas, al amparo de una ciudad decadente, que como cualquier madre con sus hijos, los deja hacer por sus recovecos, en un intento de impregnarle su levadura, conferirle los aromas, atraparlo en su retícula, y desde ahí entablar el maridaje inevitable de la paradoja amor-odio: “…estos pies largos y venosos, blancos y sucios/ por las zapatillas rotas,/ son como surcos que me atraviesan,/ como historias dejando señales en la ciudad…”; “…mi edad viciada y cancerosa/ como una ciudad en movimiento…”; “…esa ciudad está muy lejos,/ como entre dos cejas y unos labios. Mis labios…”.
La comunicación versalisada –por favor acéptenme el término-, en la pretensión del autor se realiza de forma natural, las frases son resultado fidedigno de las descargas emotivas, de su querencia por la contraparte femenina, pero además, entrañan la intención consciente de dejar plasmado su sentimiento en el estado de ánimo de los lectores, es entonces donde se percibe a un Luis Enrique más pleno, es decir, cuando establece esa entrañable comunicación, la magia del encuentro, explícito en el poemario Mujeres, por ejemplo. Al principio era sin nombre, una alusión con encantos y decepciones, primero “asfalto” y luego “ella azul plateada”, acaso una “silueta en la mañana” como mi “líquido aceitoso/ tirado después de la lluvia” con “aire de calle desierta” capaz de “salar mi lengua en el placer que desagua/ los poros”, hasta que el poeta decide nombrarlas: Alondra, Claudia, Virginia, Madeleine y Clara. Todas las mujeres y ninguna. De pronto aparece un poema declarativo, Declaración de amor para Virginia, el del amor ingenuo, el de la infancia, por el que los hombres suspiramos cuando ya adultos, desbarrancados, sacudidos por otras manos femeninas, nostálgicos de primigenios quereres, nos debatimos en el recuerdo. Aquí en Mujeres el desbordamiento lírico llevado a sus íntimos circunloquios, un decir, a instantes, desesperado, no buscando lástimas, no anhelando amores platónicos, más bien sentarse, abrevar del desamor, para aprender a vivir sin ella, con ella.
Con vocación implacable por las palabras de su gusto, Es un clamor que aclara es un libro donde no hay tanta riqueza del lenguaje, como de consecución de imágenes, agrupamiento de símiles, y un ritmo cansino que penetra por intermedio del concurso de una serie de sustantivos cuyo gran acierto estriba en el acomodamiento para potenciar las connotaciones. Me lleva a pensar en la figura de un poeta, la de Luis Enrique Duarte, sentado frente al escritorio, con un puñado de palabras a su diestra, clasificadas y escogidas escrupulosamente, para utilizarlas cuando le sea preciso, de ese modo armar diferentes cuerpos poéticos cuyo resultado final son poemas encarnados con: agua, beso, ciudad, deseo, fuego, hombres, labios manos, miedo, muerte, noche, palabras, piel, polvo, rostro, silencio, soledad y sueño, con un ritornello perenne: muerte. Pocos poemas se salvan de estas palabras repetidas.
A ciencia cierta no sé si el abuso es premeditado, de cualquier modo hablan de un creador que delinea la arquitectura de sus propósitos con versos cargados de “esta maldita manía de regresar/ a las mismas palabras y negarlo todo…”
Por último me llama mucho la atención la obsesión por la referencia a la muerte, se esmera en develarla no sólo como algo que expresa el cierre de un capítulo humano, sino también como un concepto aledaño a su discurso con el cual quisiera proclamar, el fin de las cosas, producto de una existencia equívoca, carcomida, corroída desde sus adentros por las desilusiones, los desencantos en su joven vida, los desencuentros y el enfrentamiento con la ciudad. El bullir de la sangre de Luis Enrique ante lo anterior, permite atisbar en un yo poético empeñado en enfatizar la decadencia del espíritu inflingido por el castigo del desamparo. Está sólo con su dolor, lamiendo heridas, consumiéndose en la desgracia particular, observando su propio decaimiento, planteándose distintos finales: “…mi muerte se parece a la mirada del perro…”; …“muero por verte”; “…Cansado e imbatible/ muerto y con ganas de seguir muriéndome…”; “…manía de perder la vida…”; “…aves perdidas en picada se suicidan…”; “…para nada han servido tantas muertes…”
Creo que Luis Enrique Duarte ha sabido cantarle en Es un clamor que aclara, a esos instantes enamorados y desamorados de los hombres. Su mirada abarca la vastedad que implica dicho sentimiento en ambos aspectos, sin despeñarse en el lamento facilista o en la cursilería ramplona, las estribaciones y centros de sus poemas apuntan justo al compromiso por referir su periplo en el itinerario del deseo.

Género: Poesía.
Título: Es un clamor que aclara
Autor: Luis Enrique Duarte (Granada, Nicaragua, 1975).
Editorial: Centro Nicaragüense de Escritores (1ª.ed. 2009).
Colección: Poesía.
Opiniones y comentarios:
coreatorres@yahoo.com