Nuevo Amanecer

Un traje de boda nuevo con olor a naftalina


En el otoño del 2004 residía en España y tuve la oportunidad de participar en una conferencia sobre la ciudad de León Santiago de los Caballeros como espacio mítico-literario de los narradores nicaragüenses. Una ONG de Zaragoza organizó una semana de actividades sobre el trabajo que realizaba en mi pueblo y contactaron conmigo gracias a que obtuve un premio internacional de esta Comunidad Autónoma. Le confesé a la líder de la organización solidaria que mis conocimientos sobre los narradores de mi pago eran muy magros, pero intentaría documentarme un poco para hacer algo honesto, decoroso.
Gran parte de mi decisión de participar la debí a que compartiría el estrado con Sergio Ramírez, escritor al que había visto cuando era chavalo (situación que ya toqué en END en defensa de nuestro narrador vivo más importante) y que, por supuesto, entonces había leído en su totalidad.
Cuando terminó la conferencia, literalmente lo rapté para visitar Huesca, mi ciudad más querida fuera de León. En el camino, el autor de “Margarita está linda la mar” comentó mi participación y, discreto como siempre ha sido, agregó que había olvidado a una escritora que narraba cosas interesantes sobre la Ciudad Universitaria.
No la conocía, pero el nombre tan largo de la colega, debo confesarlo, me creó un enorme prurito: ¿cómo una escritora puede firmar algo tan kilométrico y convencional? Sin embargo, el último de sus apellidos estaba muy ligado a mis afectos adolescentes: un amigo que hacía 35 años dejé de ver. El poeta Francisco Ruiz Udiel me ayudó a buscar a Luis Alberto Tercero y lo que siguió ha sido un feliz reencuentro con un amante de la literatura que, como vendaje, tiene una esposa creativa (¿de qué otra manera ubicar el quehacer de Gloria Elena Espinoza de Tercero?)
En el corto tiempo de nuestro nuevo encuentro pude darme cuenta que “Tito” (para los amigos cercanos) Tercero es un estudioso, promotor, crítico, conferencista y hasta bohemio de buen talante (con León como base y Costa Rica como tribuna). Y que el “De Tercero” de Gloria Elena es un claro homenaje a la pareja solidaria y al concupiscente amante hasta en lo literario.
Pero había que abordar a la narradora. Me hice de “La casa de los Mondragón” y, a través de Luis Alberto, de “Túnica de Lobos”, “El sueño del ángel”, “Stradivarius” y “Aurora del ocaso”, la reciente novela que, por ahora, intento reseñar. También me consiguió un texto académico sobre la zaga de los Mondragón -las tres novelas aludidas-, artículos de la UNAN, etcétera.
Tras leer lo anterior y saber que Gloria Elena ya era miembro de la RAE nica me entró una tremenda preocupación: estaban a punto de convertirla en un objeto de estudio que con el tiempo habría que descifrar a partir del carbono 14. Académicos ticos herederos del estructuralismo más aberrantemente cientificista y sociológico hicieron “sesudos” y muy poco inocentes comentarios sobre las novelas de nuestra autora. Gente que, con un prejuicio o pre concepción, adecuan cualquier tema, preocupación, teoría, necedad académica no exenta de méritos, manía, etc., a lo que la currícula universitaria exige como investigación.
Entonces, me propuse esta sugerencia de lectura, una mini crítica que parte de la biografía personal -cuando se es leyente- para abordar la obra novelística de Gloria Elena desde la perspectiva lúdica de cualquier lector que se adentra en sus páginas.
Debo aceptar que el libro “La casa de los Mondragón” no ha sido santo de mi devoción (ojo, para reseñar a GEET también hay que utilizar lo que más le agrada, el lenguaje coloquial): es una novela que tiene todas sus virtudes en ciernes, pero también todos sus defectos en vivo, y a todo color, como reza la estupidez televisiva. En principio, señalaré que, navegando entre los siglos XVIII-XIX y el XX, su lectura resulta tediosa para cualquier lector incipiente, por la desmesura conque la autora intenta recrear minuciosamente el principio de la lógica familiar más conservadora leonesa: una casa solariega de falsos blasones; la necesidad de listar exhaustivamente todos los elementos de la culinaria chapiolla. Con el tiempo, esta desmesura cede ante la estructura más conseguida, más hecha, en “El sueño del ángel”. Y logra su término medio en la confesionalidad de la protagonista de “Túnica de lobos”.
Pero, como mi sugerencia va dirigida a los lectores de Gloria Elena Espinoza de Tercero, fuera de los que intentan hacer de la literatura una ciencia, diré que lo mejor que he encontrado en la colega es el disfrute del lenguaje coloquial. Si Gloria hubiese vivido en el Medioevo, habría sido un juglar que de pueblo en pueblo reuniría las diferentes historias y voces para, en una plaza, contar lo que le hubo a la gente. Y no contenta con ello, mandolina en mano musicalizaría las nuevas églogas de sus amigos poetas, y, como es tozuda, hasta dirigiría (hay que leer “Stradivarius”) cualquier percance que pasara por la esfera de su pensamiento. Nuestra leonesa putativa es una directora de orquesta, o una pintora de frisos (quizá por eso se le da el primitivismo), o una novelista que estructura ad hoc, es decir, de acuerdo con la materia novelable de su obra. Por eso todas sus historias son tan diferentes aunque embargue onerosamente en ellas a algunos personajes. Vamos a ver.
Dije que no me gustó “La casa de los Mondragón”, que se excede en detalles al estilo Zolá, que sus intertextos sobrepasan el límite de la sugerencia, que sus personajes populares son casi de relleno. Sin embargo, en esta novela me agrada ese León totalmente atemporal (en el mito, ahistórico). Está tan cerca de “Tiempos de fulgor” como que ella y yo somos Padilla, pero yo soy mengalo. GEET es muy pipe del mejor Camilo José Cela cuando echa a andar a sus personajes principales.
De Tercero, en “Túnica de lobos”, roza la novela norteamericana hija de Sthendal, Faulkner, Morrison et al., pero con un problema mayor: hay en ella demasiada ternura y condescendencia, y eso no vale para ser big leaguer. No obstante, hay muchas novelas gringas –como “Fried Green Tomatoes”, de Fannie Flagg- que decorosamente hablan, en tono menor, de .lo que hubo en esa literatura que no le es ajena a Gloria Elena.
Sé que ella no estará de acuerdo con mi comentario, pero tendrá que cruzar esa línea vivencial tan cerca de sus ideas y de la esperanza judeocristiana, alejarse tanto como pueda, para acercarse a “El sueño del ángel”, su mejor novela, un edificio novedoso para la novelística local, con rupturas espacio-temporal cinematográficas, en donde convergen muchos géneros y la economía del lenguaje está a la disposición de la materia narrativa. Aunque aquí los personajes populares pierden color, su presencia es tan real como que GEEP está empecinada en hacer de ellos lo que Silva logra en el río San Juan y Omar Cabezas (ayudado por SRM) vislumbra.
Ahora quiero enfocar mi discurso hacia la última novela, “Aurora del ocaso”. Tras leerla, me dio la desazón que debió de tener el público del Estadio Nacional en el cuento “Juego perfecto”, de Sergio Ramírez. Gloria Elena entreteje esta novela sustentada en la mejor técnica de que dispone: metanarración, intertexto, ruptura temporal, cambios de narrador, desarrollo cíclico, lirismo epistolar cuasi poético, información sobre la época y la geografía europea, etc. Todo ello debía conducirnos hacia una gran novela… Pero algo se malogró.
Hablaba yo de que mi favorita es “El sueño del ángel”, una mezcla entre las películas “Tan lejos, tan cerca” (Win Wenders, 1993) y el “Festín de Babette” (Gabriel Axel, 1987), novela corta, muy cinematográfica y cuyos personajes son un epítome de la sociedad leonesa de finales del siglo pasado.
Respecto a “Aurora del ocaso”, inevitablemente se me viene a la cabeza “El amor en los tiempos del cólera”. Pero decía yo que algo se había malogrado, y tras darle tres vueltas al perro del desvelo caigo en la cuenta de que su problema es de visión, de imago mundi. Vamos a ver: Andrés Neuman, en “El viajero del siglo”, pone a sus personajes a dialogar bajo un ambiente decimonónico (pasada la guerra de Napoleón); sin embargo, la discusión es totalmente posmoderna; o sea, una atmósfera vieja para un nuevo cuestionamiento filosófico. En Espinoza de Tercero se da al revés: la arriesgada y novedosa técnica narrativa está al servicio de un pensamiento demodé: salvo en “El sueño del ángel”, todas sus novelas están muy cerca del romanticismo latinoamericano: relación idílica amo-servidumbre, moral maniquea o doble-moral; la culpa judeo-cristiana como leit motiv recurrente, etc. A la cabeza se me vienen “María”, de Jorge Isaac, y las películas mexicanas de mitad del siglo pasado, epígonos de dicho romanticismo, con hacendados pijudas gentes y sirvientes simpáticos como Cantinflas y el Chicote, en “Águila o sol”.
Un autor puede o no tener religión, sin embargo no debe hacer de un texto el pretexto para subir al presbiterio. Por ejemplo: está bien que la madre de Guillermo, Cándida, sea mujer devota, pero hacer de la catalana Rocío un alma pía y rezadora es ya el acabóse. Al final de estas novelas uno va tanto a misa que queda curado para no volver a pisar una iglesia más en la vida. Por ello es más aceptable para un lector medio que Florentino Ariza y Fermina Daza consumaran su diferido amor surcando el río Magdalena, y no que se desposaran en la Catedral, como lo hicieron Guillermo Rivera y Rocío Barral.
Cuando el narrador está cerca de la gente pudiente es cuando más falla: es demasiado clasista ya que el trato hacia los patrones es obsequioso, abundan los “doña” y el fulana “de” tal, lo cual vuelve dificultosa la lectura. Aunque Espinoza de Tercero tiene el oído muy fino para expresar el habla coloquial, se regodea demasiado en la servidumbre para decir cómo hablamos; lo cual considero un equívoco ya que cuando platico con la gente de mi país detecto los mismos sonidos que ella sólo atribuye a los pobres (no en balde somos los mucos centroamericanos).
En “Aurora del ocaso” hay un tratamiento inacabado de los personajes, como que se quedaron a medio hacer: Guillermo, quien al principio es presentado como mundano, culto y hasta bohemio, termina reducido a un simple y estereotípico finquero leonés; Regina, que pudo ser una gran antagonista, es tratada como una caricatura vulgar y soez. Y luego está el inefable Fito, quien ha campeado a sus anchas por las novelas de Gloria Elena, pero que nunca ha logrado cuajar como el verdadero frenáptero que el colombiano-mexicano Marco Tulio Aguilera Garramuño creó en “Los placeres perdidos” (EDAMEX, 1990). No he leído “Conspiración”, sin embargo pienso que en todas su apariciones Fito resulta el clásico peladito o de medio pelo, sabihondo, imprudente, retórico e hiperbólico que, como el bolito, es capaz de hacer el encave en casa ajena. En este último libro, Espinoza de Tercero nos suelta la posibilidad de que Fito sea Eddy, el amigo desaparecido del protagonista y pariente venido a menos de algún oligarca leonés.
Con un discurso tópico es natural que ciertas situaciones no resulten; por ejemplo, cuando Rogelio, el padre, es visitado en la finca por el poeta Iván Uriarte uno siente que esa plática la ha escuchado muchas veces y con el mismo enfoque. El encuentro de Regina Castellón con los poetas del café La India fue desaprovechado totalmente como crónica sustanciosa de una época irrepetible, devino en broma, vulgareo, situación bufa que en nada ayudó a la novela. Aunque estas situaciones bien pueden aparecer como viñetas o anécdotas que a la vez son textos narrativos en ciernes (no olvidar al médico Maradiaga del barrio Campo Bruce como posible tema para futura creación), deberían ayudar a conformar ese edificio llamado novela para que no quede cojo en ninguna de sus bases.
Hay un público joven que ha visto cómo el discurso canónico del poder se estanca en su propia miseria, que ahora cuestiona la “dichosa” ley anti aborto terapéutico, y que siente anacrónico el tratamiento que reciben los personajes femeninos de GEET. A guisa de consejo yo le diría a Gloria Elena, parafraseando a Joan Manuel Serrat en “Canción para despertar a una paloma morena de tres primaveras”: “Todo está listo, el agua, el sol y el barro, pero si falta visión no habrá milagro…”

“Aurora del ocaso”
Gloria Elena Espinoza
de Tercero
Editorial Universitaria,
UNAN- León, 2010,
363 páginas.