Nuevo Amanecer

La herencia romántica en Ernesto Mejía Sánchez


Escribir
un poema es como recordar
el futuro. Es engendrar un hijo
en la tumba.
Ernesto Mejía Sánchez

En De Baudelaire al Surrealismo, el crítico francés Marcel Raymond advertía: “Quien quiera buscar los orígenes de la poesía de nuestro tiempo y señalar el sentido profundo de sus tentativas, debe remontarse más allá de Baudelaire”. Para tener al menos una noción de la aventura emprendida por un poeta contemporáneo como Ernesto Mejía Sánchez, tendríamos que escudriñar en los referentes poéticos inscritos en su obra. Una primera avanzada nos lleva a suponer que este poeta aprovechó y asimiló conscientemente la lección de los poetas románticos europeos: desde el primer romanticismo presente en la influencia de Federico Leopold von Hardenburg, mejor conocido como Novalis, hasta el segundo y tercer romanticismo en la influencia de Charles Baudelaire, padre del simbolismo, y Stephan Mallarmé, artífice del verbo, obsesivo precursor de la página en blanco.
Comprender la influencia del romanticismo en la poesía de un autor nicaragüense de mediados del siglo XX, conlleva primero a conocer el concepto y las características de este movimiento. El romanticismo, como toda expresión revolucionaria, nace como oposición a un ideal clásico en la vida y en el arte. Frente a la creciente dictadura de la Razón del siglo XVIII los poetas románticos reaccionan con la irracionalidad, el sueño y la magia. La creación poética para los románticos estará exclusivamente en el lenguaje como logos, es decir como Verbo engendrador y mágico, y no en la inteligencia suprema del intelecto. Y el lenguaje, según Heidegger, es la casa del ser. El lenguaje para los románticos tiene poder demiúrgico, “Poesía es fundación mediante la palabra y en la palabra” advierte el filósofo alemán en su estudio sobre Friedrich Hölderlin. Tres etapas pueden identificarse en este movimiento: la primera, marcada por la exaltación del sentimiento, la rebeldía contra las normas clásicas de la poesía y la liberación del lenguaje poético. Estará representada por poetas como Hölderlin, Novalis, Lord Byron, Jean Paul, entre otros. La segunda manifestación se dará en la cuna del neoclasicismo: Francia. Charles Baudelaire, con sus flores del mal será quien socave los cimientos de la doble moral burguesa; junto a Rimbaud, Verlaine y Lautreamont, Baudelaire preparará el terreno para el surgimiento de la poesía moderna. Padre del simbolismo, vidente y mago, Baudelaire construirá un lenguaje poético en el que la voluntad creadora (o perfección formal) y la inspiración pura serán capaces de crear analogías y correspondencias con el universo. Baudelaire, nos dice el poeta argentino Eduardo Azcuy, “penetra entonces en el más allá espiritual y establece contacto con el mundo... construido con imágenes y símbolos significantes, que luego transmutará en poesía”. La tercera manifestación romántica se da con el surgimiento poético de Stéphane Mallarmé. Consciente del poder sugestivo de la palabra, llevará a los extremos la “alquimia verbal” rimbaudiana. Diferente a sus maestros, el rechazo de Mallarmé no es contra la sociedad capitalista, sino contra su lenguaje. El de éste será hermético, desvinculado de todo contacto con la realidad, como si el poeta, libre de las amarras del significado, se propusiera encerrarse en sí mismo y dar solamente su silencio.
La herencia romántica en Ernesto Mejía Sánchez puede rastrease en casi toda su obra poética. Desde el más puro romanticismo, social, sentimental, elegíaco y desbocado, presente en La Vela de la Espada y en los poemas Long Play/Boleros y La Amortajada, hasta un romanticismo hermético, simbólico y sugerente presente en sus libros fundamentales: Ensalmos y conjuros, El retorno, La impureza y Contemplaciones Europeas. Tres poetas serán las principales influencias de Ernesto Mejía Sánchez: Novalis, Baudelaire y Mallarmé.
De Novalis tomará la concepción de la poesía como magia y conjuro. Para el poeta alemán, afirma Hugo Friedrich en su importantísimo libro Estructura de la lírica moderna, “Toda palabra es un conjuro, es un modo de provocar y subyugar las cosas que nombra.” En sus Fragmentos Novalis reflexiona sobre el acto poético y dice: “Escribir un poema es engendrar. Ese espíritu al que se llama, aparece”. Fórmula mágica, el poema es oración y rito, encantamiento por medio del cual el poeta evoca, invoca y revive a los fantasmas del deseo. Mago, poeta y adivino serán la misma persona en esta poética que siembra sus raíces en los oscuros laberintos de la ensoñación, como nos recuerda el propio Novalis, cuando nos dice:
“El sueño nos enseña en una forma extraña la facilidad con que nuestra alma penetra cualquier objeto: se convierte inmediatamente en él”.
Ensalmos y conjuros (1947) La carne contigua (1949) y La impureza (1950) serán las obras en las que Mejía Sánchez dejará plasmada su cosmovisión poética. Para el poeta la palabra es fundación, enunciar no es solamente trazar sobre la página o el aire signos vacuos, es corporizar el verbo, hacer tangible lo intangible, hacer real el pensamiento o, como nos sigue recordando Novalis “cuánto más poética es una cosa, tanto más real es”. En Ensalmos y conjuros el poema opera como exorcismo verbal o, en palabras de Barthes, como ejercicio metatextual:

Yo concluía las noches con un sueño. Yo 1
conjuraba a alguien en un sitio secreto. Yo
contaba unos números. Y alguien,
que no sospechas, nacía entre la sombra,
no formaba su cuerpo con lo oscuro; sino que 5
de aire limpio, separado, se construía. Yo
seguía contando.
Se acercaba a mis labios. Amorosamente
se adhería a mi carne. La más exacta
piel, la más exacta, me envolvía. Yo 10
seguía contando. Repetía,
ahora con su voz las mismas cifras.
Y como cada noche nacía con forma diferente,
para no equivocarme, yo coloqué a este ángel
en un sitio secreto; y le puse su número. 15

Leo Spitzer, en La enumeración caótica de la poesía moderna, nos dice que el recurso de la repetición de palabras como la anáfora, los estribillos o leimotiv recuerdan las “letanías rituales” de brujos y chamanes, por medio de la repetición de una fórmula mágica el mago conseguía aquello que deseaba. Consciente de esto, Mejía Sánchez, a través de esa reiteración o repetición diseminada en todo el poema del “Yo concluía, yo conjuraba, yo contaba, yo seguía contando” encausa el hilo conductor del poema que será engendrar a ese ser que nace entre las sombras, ese ángel de vidrio que cada noche surge con forma y número diferente: el poema. Además, si observamos bien, tanto el paralelismo sintáctico (Yo concluía las noches con un sueño / yo conjuraba a alguien en un sitio secreto / yo contaba unos números…/ yo seguía contanto / yo seguía contanto /) como los encabalgamientos (V1-V2, V2-V3, V6-V7, V10-V11) acentúan la función del verbo en el poema, ya que este será el encargado de llevar a cabo el conjuro.
En el primer apartado del poema Isabel del poemario La impureza, encontramos la siguiente revelación:

Isabel, el amor es un crimen.
A nadie, se lo digas. No me perdonarían
que te quisiese tanto como para decírtelo.
Estamos en lo cierto. Tú lo sabes también.
(El amor es un crimen.) Isabel, es un crimen.
Pero, a nadie se lo digas; harías
que se cumpliesen mis palabras.

Todo el poema gira en torno a la repetición diseminada de “el amor es un crimen”, pero al contrario del texto anterior, lo que el poeta pretende con la resonancia de ese verso no es la materialización de lo enunciado, sino el ensalmo o el hechizo verbal para que no se cumplan sus palabras.
La carne contigua será el poema en el que Mejía Sánchez configure con precisión y belleza su poética del conjuro. El asunto (la historia bíblica de Thamar y Amnón) será un pretexto para la ejecución de un poema que reúna por sí mismo los elementos de la poética mejíasanchiana, a saber: la poesía como conjuro evocador, la transmutación del verso a la prosa y el uso de tópicos bíblicos y culturales. De igual forma que el poema anterior, en éste también está presente la concepción del verbo como engendrador, como acción para producir aquello que nombra. Con la única diferencia de que en La carne contigua ya no es el poema conjurando al poema, nombrándolo y bautizándolo con un número, ni tampoco como exorcismo para invocar o alejar al maligno; sino la palabra como conjuro para detonar acontecimientos. “Mi hermana está desnuda” son las palabras con las que Amnón desencadena la historia de una pasión trágica. Y es también a través de las palabras que Thamar “había perdido algo. Algo más valioso que la túnica. Con unas cuantas palabras quebrara la más alta esperanza… Había abierto los ojos más de lo necesario. Ya estaba viendo lo que no estaba viendo; esto es, veía lo que veía que no veía, más lo que no debía ver. Y eso, ya no estaba del todo bien. Más que insinuación o sugerencia, la palabra es acción y fundación, rito, embrujo y conjuro que tiene el poder de quemar con el simple ejercicio de nombrarla: Amnón al enunciar “mi hermana está desnuda” desvelaba el cuerpo voluptuoso de su carne contigua. Sus palabras, dichas sin ninguna vaguedad, “ya lo estaban quemando; no podía dormir. El Maligno las martilló sobre su corazón y cabeza: una blanca luna de carne se paseaba en sus ojos”
Manuel García Torres afirma que para Baudelaire “el universo es un todo viviente cuyos componentes se relacionan “eróticamente” entre sí, atrayéndose, fundiéndose y disgregándose”. Esta forma de pensar, que Baudelaire bautizó con el nombre de Analogía y que Octavio Paz define como “una mediación… que establece relación entre términos distintos… metáfora en la que la alteridad se sueña unidad y la diferencia se proyecta ilusoriamente como identidad” será el elemento que más influya en la poética de Mejía Sánchez. Todo el libro de La impureza gira en torno a la lucha que se establece entre elementos contrarios, lucha que no es dispersión sino comunión y búsqueda de la armonía universal o la belleza. Ejemplo más que evidente de lo que afirmamos se encuentra en el hermoso soneto que pertenece al apartado cuatro del poema titulado “La poesía”:

Si la azucena es vil en su pureza
y oculta la virtud del asesino,
si el veneno sutil es el camino
para lograr exacta la belleza;

engaño pues a mi amor con la nobleza
y confundo lo ruin con lo divino,
hago de la cordura desatino,
de la sola mentira mi certeza.

Nadie sale triunfante en la batalla,
ni angélica promesa en que me escudo
ni humana condición que me amuralla.

Contra toda verdad he de quererte,
equilibrio infernal. Nací desnudo:
solo contigo venceré a la muerte.

Construido a base de antítesis o contrastes, el poema refleja esa lucha que se da entre vida y arte en la conciencia del artista. La pureza de la azucena simboliza el arte y para lograr su exacta belleza es necesario tomar el veneno sutil que pone fin a la preponderancia de la vida en el arte. Al igual que en Baudelaire, para Mejía Sánchez la poesía es un ejercicio de salvación personal, y para lograr su redención tendrá que inclinar su balanza hacia el “equilibrio infernal”, tendrá que descender y vencer a la muerte.
Entre lo incesante y lo discontinuo / entre lo inmutable y lo pasajero, / permanezco…/ entre una verdad que hiere y una / mentira que satisface ahí es donde / perpetuamente oscilante, verdadero / encuentro mi ser ahora. Por medio de la analogía, el poeta ordena y reconcilia el caos que lo rodea, o como dice Paz, “la analogía vuelve habitable el mundo”. El sujeto-poeta se instala en esa región conquistada por la palabra mágica que es capaz de recuperar la Unidad perdida “me quedo / donde la entusiasmada, enloquecida / palabra de este mundo reina, / y me desdigo, y pierdo.
Más que su poesía, serán las ideas que Mallarmé tenía acerca del acto poético las que influirán en la actitud poética de Mejía Sánchez, al igual que el poeta francés, el nicaragüense también cede la iniciativa a las palabras para buscar la pureza o la belleza ahí donde sólo reina lo ruin, para esto el poeta tendrá que negar y excluir lo real “porque es vil”, como dice Albert Beguin en su intenso monólogo sobre El Alma romántica y los sueños: “los tormentos de la criatura, las sordas y pesadas rebeliones del instinto de la carne, de los sufrimientos, las bruscas apariciones de los fantasmas interiores, no tienen lugar en esta magia que sólo conoce lo que es transparente”. Mallarmé concibe a la poesía como lengua sagrada que sólo es capaz de transmitir el misterio, el silencio o la nada. De ahí que en dos poemas que llevan el mallarmeano título de “Pagina Blanca”, pertenecientes al libro Poemas Intemporales, Mejía Sánchez exalte el acto de la escritura como un fin en sí mismo, por encima de la vida y su patética tragedia:
Lucidez y/o borrachera del poema. Insolencia del ser que desborda de si propia mirada, plenitud o más, derroche, por el ocioso estremecimiento del favorito, pues que los dones ni siquiera están contados y los prodigas con generosidad viciosa. Aleluya. Alabado quien venga en nombre del despilfarro, que sólo quiera entregar el exceso de poderío. Yo te celebro, salud, fruto de la tierra, parto sin dolor, fluyente leche tibia, vino rebosante, imaginación de la sangre, porque significas el Sí que sobrepasa la mera existencia; porque nadie merece lo que no puede dar.
El ejercicio poético es despilfarro, exceso de poderío, y sólo tiene valor como lo que es: un poema, y no lo que significa, lo que comunique. Al desvincularse de toda condición vital y humana el poema es un ser ensimismado, un ejercicio que recuerda la tragedia de Narciso enamorado de su reflejo. Esta experiencia del encierro, de la autoexploración, nos recuerda Blanchot: “priva al poeta de la seguridad física de vivir, lo expone por fin a la muerte, muerte de la verdad, muerte de su persona, lo entrega a la impersonalidad de la muerte”; entonces nace ese poema, que frente toda “condición humana que lo amuralla” exaltará lo bello, la pureza, la blancura y el silencio de la página en blanco: “Contra toda verdad he de quererte, equilibrio infernal”, belleza inmaculada.

irato1982@yahoo.com

Víctor Ruiz nació en Managua, en 1982. Con su poemario “La vigilia perpetua” obtuvo el Primer Lugar en el Concurso Nacional Interuniversitario de Poesía “Carlos Martínez Rivas”, 2005, convocado por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). El libro fue publicado en 2008 por Leteo Ediciones.