Nuevo Amanecer

Poemas de Rosa C. Tünnermann Cassidy


MANAGUA 72

Te extrañamos Managua
tus hijos,
los que apenas guardamos
una pequeña imagen
de tu recuerdo.
Los que perdimos bajo
el peso de tu polvo
todos los recuerdos de la infancia.
Los que perdimos padres,
madres, hijos.

Te extrañamos Managua,
los que nunca conocimos
más que escombros y parques.
Los que apenas prestamos
atención a las historias de los viejos.

Te extrañamos,
Managua vieja,
Managua nueva,
los que desde lejos
apenas te recordamos.

Te extrañamos todos
los que no supimos
reconstruir tu pasado
y te dejamos sangrando
por veinte años.

Septiembre 1992.

NUEVA YORK,
11/9/2001. 8:45 a.m.

Nueva York
ciudad a la que me ligan
lazos de sangre,
amistades,
mi propio trabajo.

Washington, ciudad a la que conozco
como la palma de mi mano.

Sabor amargo.
Lo que pudo haber sido y no fue.

A los que Dios no había llamado ese día:
Mi hermano, a dos cuadras de la Casa Blanca,
Mi cuñado, en el edificio contiguo a las Torres,
Mi jefe, voló a California el lunes en la noche,
porque así se lo sugerimos,
y no el martes como se proponía,
saliendo del Washington Dulles.
Mi compañero de trabajo, a dos cuadras de las Torres,
sobrevivió en Ukrania,
y por unas horas nos preguntamos,
¿sobreviviría en Nueva York?

Sabor amargo lo que fue:
A todos aquellos a los que llamó, de forma inesperada.
Los veo incrédulos, aún amarrados a sus asientos,
pidiéndote que no sea más que un horrible sueño.
Cierran los ojos, sienten el impacto.
No queda nada, porque lo que pudo quedar
se ha prendido en llamas.

Los veo asomarse a las ventanas mientras
el fuego avanza y en un salto irremediable se arrojan
al abismo de concreto.

Ninguno deja una nota.
No estaba en la agenda del día reunirse con Dios.

Algunos corrían bajando escaleras muy angostas,
aprisionados entre el humo y la pared.
Un simple crujido
transforma la torre de concreto
en torre de naipes que se baraja a su antojo
y no queda nada,
salvo el dolor de las viudas
que aprisionan en su regazo a sus hijos.

Así aprisiono a los míos,
para que no se me escape un segundo sin ellos.
Así presto su dolor para sentir en carne propia
porque estoy viva
y aún puedo sentir amor por quien no conozco.

Perdona Dios mío,
pero esta mañana límpida y fresca de septiembre,
mi simple humedad
no me permite entender la universalidad de tu plan.

Washigton D C., 13 de septiembre de 2001.