Nuevo Amanecer

El patio del convento


Era ya tarde cuando descubrió que la pared había sido demolida. Al otro lado, un amplio jardín lleno de plantas tropicales, loros, guacamayas y franciscanos. Hacía más de tres siglos que habían sido construidos el monasterio y la iglesia. Más de tres siglos de rutina transmitida de generación en generación. El primer franciscano, la primera guacamaya, el primer loro hicieron lo mismo. Dieron vueltas sobre los caminos trazados por ladrillos en aquel patio. El padre repitió las oraciones aprendidas en algún convento español; la guacamaya buscó trozos de semillas en el suelo; el loro, sin ninguna devoción, repitió algunas frases aprendidas no hacía mucho en el convento de los franciscanos de León. Y hasta hoy, unos ojos que no eran ni de loro ni de guacamaya ni de franciscano se paseaban sobre todo aquello. El patio todavía guardaba el esplendor de sus primeros días. La fuente de estilo barroco, los arcos y columnas con motivos religiosos y la frescura tropical, algo ya olvidada en aquella cuidad castigada por la sequía y el calor. A un lado el comedor y las habitaciones amuebladas con sencillez por los votos de pobreza; al otro lado, el lavadero donde serían liberados del polvo y los pecados oídos en el confesionario, los hábitos franciscanos. Al fondo, las dos puertas de ébano tallado que recuentan la vida de San Francisco de Asís, ejemplo y guía para todos aquellos que decidían vestirse de marrón y entrar al mundo silencioso y rutinario de las oraciones en el patio.
Detrás de las puertas está el mundo, el mundo conocido por todos: la iglesia de los franciscanos, con su colección de santos que ya eran antigüedades cuando llegaron a León. La Virgen de La Dolorosa con su daga en el pecho, su semblante pálido y la sangre en las manos. Frente a frente están los confesionarios, mudos testigos de crímenes, violaciones, robos, fechorías y de la benevolencia de Dios dada a conocer a través de los labios franciscanos. Frente a ellos, en filas que van desde la puerta principal hasta el altar, con sus placas de bronce donde se encuentran tallados los nombres de las familias adineradas, que en un intento más por ganarse el reino de los cielos los donaron, están los bancos de la iglesia. De espaldas al altar y con los ojos fijos hacia el cielo que ocasionalmente se filtra en la iglesia al abrir las puertas, están el mal ladrón, el buen ladrón y, en el centro, el Cristo crucificado: verde, delgado, ensangrentado, con la expresión en los ojos del último suspiro. Cerca del altar mayor la única imagen de San Francisco de Asís hecha en yeso y en este siglo.
En una esquina y en nicho especial, Jesús con la Cruz a cuestas. Hay miles de velas encendidas a su alrededor. Todos los días algún inválido roza su cuerpo en el manto púrpura, reza un Padrenuestro y se retira con la esperanza de la recuperación. Muchos traen después las muletas gastadas al santuario para que den fe del milagro ocurrido. Es la única imagen que conoce el exterior. Sus ojos adoloridos por el peso de la cruz han visto los adornos en los muros, las telas de araña que van de lo alto de la pared hasta el alero del techo que da sombra en la acera. Ha visto los nidos de golondrinas en el campanario que a las seis de la tarde llama a los fieles a congregarse y a los ni muy creyentes a corregir la hora en el reloj. Conoce las calles principales de la ciudad y se ha dado cuenta de que el convento y la iglesia surgieron a siete cuadras de la Catedral, tímidos ante la impotente obra arquitectónica pero con la determinación de permanecer allí muchos siglos e influir con su presencia en la vida de León. Ha estado cerca de la Universidad, centro de la cultura del país, donde se han graduado ciertos hombres prominentes, muchos aprovechados y pocas mujeres. Ha recorrido la calle de la Recolección y ha sentido el olor del agua de las fuentes de la Iglesia de La Merced. También se ha estacionado cerca del Museo–Archivo Rubén Darío, a rendir tributo al padre de la poesía modernista.
Todo eso y más existe al otro lado de las puertas de ébano. Pero en el mundo silencioso del patio sólo existen las plantas, las guacamayas, los loros y los franciscanos que dan vueltas como muñecos de cuerda, cada quien abstraído en su propio mundo. Una vez más los ojos ajenos al jardín se posan en el fraile que aún recita el Avemaría, en el loro que contesta amén, amén, y en la guacamaya silenciosa que mira al cielo. Se repetirá mañana, pasado mañana y al día siguiente de pasado mañana, aunque los ojos intrusos no lo vean más.
Poco a poco un franciscano joven va reconstruyendo la pared y va quedando guardado el mundo silencioso, perturbado únicamente cuando el loro contesta las oraciones del sacerdote que da vueltas en el patio.
¿Volverán a ser estos ojos, que no son ni de loro, ni de guacamaya ni de franciscano, los que vean otra vez el patio?