Nuevo Amanecer

Tres personas distintas, una sola Juigalpa verdadera


La memoria
Bendición o maldición. La memoria es, al final, lo que terminamos siendo. La esencia de lo que hemos llegado a ser. La esperanza de lo que podríamos llegar a ser. Ahí radica, finalmente, la mortalidad o inmortalidad tuya y mía. Vivimos en tanto recordamos. Vivimos hasta cuando dejamos de ocupar espacio en la memoria de alguien. Después de la memoria, la nada. El cero Kelvin. La inanición absoluta. La muerte. Ni la memoria es capaz de superar semejante olvido.
Jorge Eliécer Rothschuh Villanueva se encarga de ser uno de los que crea y recrea para eternizar con su memoria en “Juigalpan tierra de caracoles” – y desea se convierta en tu memoria, mi memoria, nuestra memoria –, con el afán de que su aldea sea universal y de que quienes la han hecho posible continúen tan vivos como cuando estaban entre nosotros. Es un libro extraído de la memoria pero no habla del pasado sino de un eterno presente. Yo no conocí el Hotel Imperial en Juigalpa, como tampoco conocí la Tortuga Morada en Managua. Pero la memoria de Jorge Eliécer ha logrado que vea su arquitectura, escuche sus sonidos, oiga y vea a los personajes que lo hicieron, huela sus aromas y perciba un Hotel Imperial que era una fiesta perenne.
¿Qué queda de esa Juigalpa? ¿Sigue siendo, como decía el poeta, una vaca echada en el llano? ¿Una suerte de Comala a la que algunos sólo vuelven para morir? ¿O es un territorio fértil para la esperanza, como lo muestra Jorge Eliécer en esta obra? Es decir, para la creación, la imaginación y la memoria.

Gancho de culturas
Quienes viven en Bluefields tienen la sensación de estar atrapados. Frente a ellos, el Caribe. A sus espaldas, lo que aún queda de su selva. Frente a su rostro la cultura insular afro-anglo; detrás un Güegüence extraño. Su rostro reconoce más el inglés que el español que los anexó hace un siglo al estado nacional y que poco ha hecho por integrar su identidad a la otra costa del país. Pero más que eso, la incomunicación.
Juigalpa está incrustada en la Serranía de Amerrisque y aparenta ser una zona de paso. En cierto momento por acá llegaron aquellos pueblos precolombinos expulsados del Pacífico por las recientes oleadas de
migraciones del sur y del norte. Luego llegaron los españoles y el ganado. Desde entonces, el vínculo de Chontales con el resto de la provincia se desarrolló por la ganadería. Pero el resto del país estaba lejos y el país no aparentaba quererlo cerca. Chontales, en cierto momento, también era Caribe. E igual que la Costa, víctima del olvido cultivado desde la otra costa.
“Juigalpan tierra de caracoles” es el más reciente reclamo contra esa insana intención a que Nicaragua ha querido obligar a esta tierra. Lo hace Jorge Eliécer atendiendo ese rótulo que su padre colgó hace muchas fechas en su casa: “pinta bien tu aldea y serás universal”. De tal manera que no estamos frente a otro anecdotario. Es la tierra natal vista desde una perspectiva cultural universal, en la que tantas mentes prodigiosas de este y del otro lado del mundo tienen algo que decir. Rubén Darío la transita de punta a punta, entre otros. Esta obra no es costumbrismo ni costumbrista. Son crónicas, historias de la Historia en la que la persona, la familia y la comunidad son sujetos de la verosimilitud de una mente creativa y creadora de nueva esencia. Es chontaleñidad pura, es la identidad de la provincia ganadera.
La pregunta para ustedes, quienes han leído o van a aproximarse a esta creación es: ¿cuál es esa nueva esencia? ¿Cuál es su aroma, a qué sabe, cómo te quedará el gaznate después de degustarla?

Duelo literario
El béisbol tiene una estadística para cada caso y para cada cosa. Lo menciono porque somos un país beisbolero. Así, podemos saber quién fue mejor pelotero: Ken Griffey padre o Ken Griffey hijo, Bobby Bonds, el Gigante que no pudo ser un Yankee de verdad, o Barry Bonds, el jonronero de los esteroides. También menciono esta anécdota porque “Juigalpan tierra de caracoles” es la más reciente incursión de la familia Rothschuh en el mundo mágico y las posibilidades literarias que ofrece Juigalpa.
La pregunta que yo me hago, que yo les hago, es: ¿quién ha retratado mejor a Juigalpa? Guillermo, el maestro; Guillermo, el profesor universitario y referente de los estudios de las comunicaciones en Nicaragua; o Jorge Eliécer, un literato metido a veterinario? Tres personas distintas y una sola Juigalpa verdadera. Uno la hace desde su casa en Palo Solo; el otro la recrea desde Managua; y el tercero desde Chiapas. Cada caso tiene ventajas y desventajas. La proximidad ha producido piezas tiernas como “Letanías a Catarrán”, personaje mitificado por Guillermo Rothschuh Tablada y que también ha sido incluido por Guillermo Rothschuh Villanueva en “Asalto a la Memoria” y ahora por Jorge Eliécer en “Juigalpan tierra de caracoles”. La primera obra está en clave de poesía marcada por la ternura secular. La segunda desde el terreno infinito de las comunicaciones aderezadas por el bagaje literario y la cultura oral. Y la tercera desde la literatura transitada por distintas vías, para probar que todos los caminos conducen a Juigalpa.
Queda, entonces, abierta mi interrogante para ustedes. Me gustaría mucho conocer su respuesta.